Una promesa masiva, o el arrollamiento de “fugapermanente”.

Sobre mi escritorio, atrapado entre los pétalos de una flor de metal hay un talonario de lotería. Lo veo a diario, para eso está la flor, para recordar las cosas pendientes; en este caso, el premio posible. El rectángulo de papel color rosa y amarillo me habla en un idioma que no entiendo. No sé cómo conocer mi suerte, cómo es que se sabe que se ha ganado un premio. Tal vez soy millonaria y no estoy al tanto.

Miro la flor, el recibo, y acto seguido me pregunto qué es de los premios abandonados. Y también cómo es que hay quienes dejan de reclamarlos. Qué constitución conforma a la persona que deja abandonado un premio, me pregunto.

Pienso en la curiosidad ante una puerta sin abrir, en la perspectiva amplia una vez perdido un tren o un avión. En las llamadas pendientes y el placer de planearlas, en los horarios y las citas que no pueden o no quieren cumplirse. Reflexiono sobre los amores de último momento, esos apegos porosos que pronto acaban y dejan un sabor desconocido e inexplorado en la memoria imposible. Visito mentalmente las amistades encalladas sin justificación en alguna costa oscura. Se me ocurre que la única parte que no debe uno perderse en una película es el inicio. Más allá del ticket de lotería y las posibilidades materiales que encarna, pienso en la misteriosa gracia de las historias incompletas. En ese dolor y ese placer. Viene a mi mente la palabra tránsito. Vivimos en tránsito.

Algo me inquieta: el desapego, la tirria por la tradición que un párrafo como el que acabo de escribir trasluce. Interpelo mis sentidos y encuentro en ebullición la sensación de siempre. Nostalgia. Busco un poco más, para hallar en el placer por la continuidad y en el afecto por las resoluciones, los responsables de mi afición por lo inconcluso: no se trata de desamor al curso correcto, a la acumulación o colección de eventos ordenados y consecuentes. A la completitud. También puede uno, y en efecto intenta hacerlo, ver la película completa, desde las luces encendidas en la sala, hasta el último crédito y el aplauso final. Algo me inquieta.

Pienso en mi hijo Mateo. En mi vientre hinchado. En mi existencia (física, mental) abierta a su destino. La espera de un hijo se hace de días continuos y permanentemente acumulados. De una realidad in crescendo. Una patada dentro de mi vientre sigue a la siguiente. Y a la siguiente y a la siguiente, hasta la completación del ciclo, hasta el clímax en el parto, la mirada en estreno y el primer acto amoroso por venir. No es posible aún mirar a Mateo con los ojos, tengo que imaginarlo para poderlo ver, pero ya me enseña que más allá de la suerte y su devenir, más allá de los eventos encallados irremediablemente, y de lo difuso y etéreo con su huella y su sombra, y su poesía -esa poesía que como un culto he venerado- hay siempre una promesa. Una promesa masiva. Una promesa de vida que no se deja a la suerte.

Toda la Noche


Toda la noche ha sonado el viento
Entre los árboles
Toda la noche te he amado
Fuego laborioso prendo el instante
Doy curso al tiempo
Eres este momento de tu vida
Que entre todos arde y me pertenece
Cambia el sol de la estación
Cambia tu mirada
Ráfaga ciega también brillas
En este oscuro sonido del mundo
En esa silenciosa lámpara
Que parpadea entre tu cuerpo y mi sombra.

Guillermo Sucre