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El jueves pasado salí a la consulta periódica con mi obstetra, llevando en mi bolso un libro, las Obras Completas de Jorge Luis Borges, y tres hojitas impresas en computadora: el cuento Fragmentos de la Primera Infancia, de mi libro pronto a publicarse “Ana no duerme”. Del consultorio me dirigía a la librería El Buscón, para leer mi selección en el II Atentado Apendicista. Luego de una hora de exámenes que a partir de cierto momento dejaron de ser rutinarios y comenzaron a preocuparnos, supe (intuí primero, entendí luego, y por último recibí la noticia) que Mateo estaba por nacer. Mi hijo, a quien esperaba desde casi nueve meses atrás, llegaba antes de lo esperado. Esa noche hice el recorrido montañístico más delicado y amoroso. A las nueve y cuarenta nació mi hijo. Hoy cumple dieciséis días.
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Hoy escribo con unas cinco horas intermitentes de sueño. Él duerme, yo duermo. Él emite unos soniditos o él llora, o yo comienzo a mojar mi camisa de leche, y es hora de comer. Media hora. Una hora. Pañales, palmaditas en la espalda, más llanto, más caricias, más pecho, más corazón. Él duerme. Yo duermo.
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A veces mi hijo abre los ojos. Pero sé que no puede verme.
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El miedo más aterrador de mi vida lo experimenté el domingo al llegar de la clínica: no ser lo suficientemente buena para Mateo, ese milagro que traía a casa envuelto en una cobijita.
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Mi querida profesora Milagros Socorro presentó mi lectura de ayer en la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana. Luego de los saludos, de la espera y de las introducciones de la noche, mientras leía el primer participante, Milagros susurró a mi oído: ¿estás pensando en Mateo? Yo le respondí: por primera vez en toda la noche, no. Pasaron dos segundos, o tres. Entonces le dije, o le pregunté: Ya nada va a ser igual, ¿verdad? Ella respondió negando con la cabeza y sin mirarme: No. Ya nada va a ser igual.
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No hay relato, no hay ficción que compita con Mateo. El gran relato se desarrolla ahora en el tiempo y la vida real. Javier Marías debe esperar.
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Este post está en proceso. Ojos abiertos. Caricias. Asombros. Un hijo crece.

