showtime

es hora de la ficción. siento las voces sin comprender lo que dicen y me inquieta, ¿habré olvidado el idioma? me asomo y guardo silencio tras el parabán del desorden, de las versiones perdidas de quien no soy pero pude ser. va siendo hora del despliegue. de convertirme. esta historia me pisa los talones. me sabotea el silencio. si me descuido se me atraviesa. me empuja con el hombro. me zarandea. aquí estoy, me dice. en ella voy yo, y yo estoy en ella. a la vez, se me escapa. no entiendo el juego así que por lo pronto continúo en la vida como si los personajes pudieran acompañarme sin voz y no morir. como si hubiese tiempo.

hay que sobreponerse. hay que perder el miedo. atreverse y ordenar el nudo. que quede bien hecho. bien armado. que no falte cuerda pero que tampoco sobre. como un ocho.

hago falta completa para esta historia. llegó la hora. showtime.

es necesario
contar
el
viaje.

y recuerdo a cinzia y recuerdo a kira y lo sé. la ficción es mentira. que es lo mismo que decir que es en parte verdad. así que me pregunto, más allá de las palabras y el tecleo, ¿qué fragmento de mí anuncia su re-creación?

las 11 y 08

 

Un reloj sobre mi escritorio marca las 11 y 08 desde hace un par de semanas. Desconozco si son las once de la mañana o de la noche, no sé si el reloj está en 24h o en 12h. Hay un botoncito pero claro, no lo he revisado. No he tocado el aparato, eso es obvio. Son las 11 y 08.

Pasan los días y cada vez me sorprenden los números y lo que me parece que sugieren. Sobre todo me sorprende que me encuentre a mi misma siempre asombrada o preocupada o extrañada de que sean las 11 y 08. Todavía? me pregunto. Ya? me cuestiono en otras oportunidades. A veces siento que se ha hecho demasiado tarde muy pronto. El reloj me asalta. Son pocos milisegundos, si es que la medida existe y vale en este caso. No lo sé, mi reloj no los mide. No sé cuánto dura el apuro, pero nunca paso mis ojos sobre los números digitales sin que ese barrido genere una extrañeza y un susto. La sensación de estar quedándome atrás. De no estar al día. El tiempo jamás me ha sobrado, así que la posibilidad opuesta no se me ocurre. Nunca es demasiado temprano. El apuro dura poco, en seguida recuerdo la fijeza del aparato. Esa permanencia terca.

De pronto descubro que estoy ante una venganza sutil, mi venganza dulce, el reloj es la evidencia de mi resistencia al tiempo que pasa, mi negación a correrle atrás. Siempre me han fascinado las resistencias pacíficas. El reloj detenido debe ser eso: cierta forma de poder que ejerzo sobre el tiempo y su yugo. No salgo a las horas pico. No tengo más horarios que los que me imponen quienes lo tienen. En efecto, no llevo reloj atado a mi muñeca. Igual están las computadoras y los celulares y los hornos microondas. Las horas no se dejan postponer tan facilmente.

Al final comprendo. Vendrán otras épocas pero por los momentos me despiertan mis bebés. Trabajo en el tiempo que me dejan libre, que aprovecho emocionada y no se mide en segundos ni en minutos ni en horas. No tengo horarios, tengo un día lleno que se marca por sí solo y sin preguntarle o preguntarme cuándo es hora de qué. En fin. Me gusta mi reloj a las 11 y 08.