I wish (n.4 del Inventario de primavera)

Antonio Muñoz Molina nos ha preguntado un par de veces qué novela, qué texto ya publicado por otros nos hubiese gustado escribir. Con cuál libro les ha pasado, nos pregunta él, que al terminar de leerlo, dijeran: ¡Ah! Me hubiese gustado escribir esto. ¿Por qué no se me ocurrió a mi?
Leyendo a Marosa di Giorgio me he encontrado con varios poemas en prosa que hubiese querido escribir. Que fueran míos. No sólo porque me gustan, si a ver vamos me gustan muchas novelas, versos, estrofas o líneas, y no por eso quisiera haberlas creado. No me hacen falta, ni continúan ni terminan nada mío. Las contemplo, las admiro, me llevan a desear, en ciertos casos, cierto estilo, cierta calidad, cierta maestría. Uno lee poemas o novelas de las que sale muchas veces revolcado, mirándose a sí mismo como un bebé que apenas gatea frente a la línea de salida de una carrera de cien, quinientos metros. Cuarenta y dos kilómetros. Da igual.
Pero esto es distinto, en este caso se trata de un texto que me ha interpelado porque genera una atmósfera emparentada con mi búsqueda en la serie de poemas que escribo para la entrega final de Forms and Techniques of Poetry con Mariela Dreyfus. Se trata de una serie poética (en verso y en prosa) que busca instalarse en la fisura entre mística y erótica, entre orfandad procurada y liberación del ser femenino, y que suele tener la noche, el hielo, la selva como entorno. Acá hay que hacer una pausa. Jacqueline Goldberg dice: Todo viaje es intento de orfandad. Se trata de un verso hermoso y muy verdadero, siempre lo repito, siempre lo recuerdo.
El caso es que acá en este post tan extrañamente poblado de nombres propios (¡cuántos invitados!), copiaré un texto de Marosa di Giorgio. Y con él, instauro una nueva práctica, la de copiar fragmentos de textos que “me hubiese gustado escribir”. Mi memoria es extremadamente caprichosa, me juega sucio, cuando me preguntan cosas así en clases nunca sé qué digo, algo se altera en mi cerebro y lo cierra. Pensaba que era la amígdala, pero leyendo sobre el asunto descubrí que no tiene nada qué ver o no tanto. Sobre las referencias literarias, en todo caso, me parece que hay dos opciones: o no tengo libros “de mi vida”, o los olvidé. Se queda la historia, el ánimo, el gusto por la lectura, el aprendizaje vital: el aprendizaje vital y literario, se quedan. Pero los nombres vuelan como dientes de león.
Así que ahora, aunque no esté ya en clases, aprovecho de responder con un fragmento la pregunta de Muñoz Molina, y de respondérmela a mí misma. Quiero abrir un sub-blog dedicado a esto. No sé si tal cosa existe, me parece que para eso debería tener una página web y no creo que me pueda plantear algo así en este momento. Así que mientras tanto, acá en fugapermanente, aparecerán de vez en cuando fragmentos similares. Para que no se (me) fuguen, claro, para que permanezcan.

Tenía que salir de noche y andar. En casa decían que una ascendiente lejana había hecho lo mismo. Y yo lo creía y no lo creía. Seríamos la misma?
Tenía que salir en la alta noche y andar; con paso apresurado o muy lento. Mirando hacia delante como quien persigue un confuso objetivo. Mirando hacia los costados y detrás, como los que tienen miedo.
Muy pocas veces lloré. Iba impávida, iba nerviosa. Había algo santo y sexual en todo eso. Alguno me espiaría por la ventana. Alguno rezaría o se escondería ante mi paso inevitable.
La noche era serena, era levemente tormentosa. Cruzaba por los montecitos de malva, los eucaliptus, los rosales bañados de rosas.
Se oía el feroz y amable aroma de los zorrillos.
Algún huevo crujía, hacía pío. Se sacudían los ramajes y la luna volaba sin tener alas.
Inconscientemente medía el tiempo. Volvía antes del alba. Delante de algunas casas había unos santos agudos, oscuros, hechos con cartón negro y cartón rojo. Y estaban vivos.

Diafragma (Poema de Julia, o Cajón n.3 del Inventario)

En este tiempo he escrito algunos poemas para uno de los personajes principales de la novela. Los he escrito buscando saber qué siente ella, quién es, para ponerme en su lugar, en su diafragma. Este fue el primero de la serie y creo, sin ánimos de cantar victoria,  que funcionó, que gracias a él logré hacerla respirar y continuar creando su ficción. Desde entonces cuando me hace falta le escribo otro, le enciendo su vela. Me está pareciendo que los mecanismos de la ficción son misteriosos, terapéuticos, sí, y ocultos también. Y creo que cualquier medio vale, depende de la historia, depende de la voz y del momento a la hora de escribir.
Hoy al terminar mi clase de yoga, justamente en Savasana, que es el momento de la muerte, el final del ciclo: pose del cadáver es lo que quiere decir el nombre de la postura en sánscrito, sentí que ese personaje se me está alejando, que ahora es cuando hay que escribirle más poemas para dejarla hablar. Mientras más se distancia, más capaz soy de verla. Fue una linda despedida a la hora del cadáver, y como suele ocurrir con las despedidas, fue también un saludo, una invitación, una puerta abierta. O eso pienso yo, que los distanciamientos lo que hacen es acercarnos, a veces. Pero vaya usted a saber si esto es así o no, tal vez son cosas mías. No sé, a fin de cuentas mi propio nombre salió de una canción que se llama Hello, Goodbye.  Pero claro, tendría que haberse llamado Goodbye, Hello. En fin. Siempre es bueno estar de vuelta en fugapermanente. Y estas dos últimas líneas, por sí solas, son la serpiente que se muerde la cola. El anillo de hierba y raíz.
Ahora sí, dejo muy cariñosamente lo que vine a dejar.

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Nadie sabe con certeza dónde queda el orificio
la vena, el conducto, el pozo turbio.

Para mirarme en esta historia
debo hundir un dedo
o varios
en la carne rosa,
debo hurgar en las costillas
mirar cómo se arquean
y muestran sus bordes navaja.

Son dos las costillas flotantes.
Respiro electroshock,
operación astral
y vuelven a su lugar.

Para mirarte en esta historia me encomiendo a un gato
si es que tienen corte
y puedo encenderles vela.
Tal vez es el hígado
en la punta de mis dedos.

Si subo, en línea vertical,
llego a un domo
al paraguas
que me impide tocar
donde siento que sentí.

El diafragma, me dijeron una vez
es el único músculo
que se inserta en sí mismo.

Una sombrilla extendida a la tormenta
separa la humedad, la antigua sangre,
de los huesos que crujen
cada vez que sonríes
o intentas abrazar.

Un puño apenas, una herida
y se abre.
Te expulsa la membrana como lluvia,
salen los recuerdos-catapulta
como gotas sin mojar.

Me sirve de balance
sobre la cuerda floja,
este paraguas.
Qué músculo curioso y fuerte:
entre corazón y estómago
no pide nada para comenzar o terminar.
Se inserta en sí.

Ice-Land (o número 2 del inventario de primavera)

Isla de nombre Geiser
de nombre zorro ártico
de nombre día sin sol,
el tiempo no te roza.

Ciclo perfecto
hielo hirviente
memoria cóncava,
desde atrás susurras nieve
y lava
al oído.

He buscado hotel
sé dónde hospedarme en Reikiavik.
Conozco el precio del pasaje,
miré fotos:
una piscina en invierno
tierra estallando, pradera donde gritar
que nadie escucha lo que acabo de decir.
Jungla precipicio.

Hay piscinas al aire libre
en Reikiavik
agua y nieve contradictorias
en línea continua,
serpiente concilio
anillo de hierba y raíz.
Hay mermelada de cerezas
en la ciudad.

En Los Andes casi muero
o eso quise,
la hipotermia tiembla y borra los recuerdos.
Terca viajera
busca hoja en blanco
en Islandia lunar.

El agua es del color que quiera ser, de las habitaciones propias y ajenas, o Inventario de primavera número uno

A veces hace falta un inventario cable a tierra. Un recuento de miniaturas, de fragmentos, de fuga hacia el encuentro, un mapa en retroactivo. A veces es necesario recuperar un espacio/tiempo, como en un ritual que nos transporta al comienzo, porque en el comienzo habita la razón de ser de lo que hay y ha sido. Los inicios son importantes por ser el tablero donde las reglas del juego, donde las creencias y lo que importa, alguna vez fueron propuestos. Y allí se queda ese punctum infinito con su verdad, esperando visita para hablarle al oído y decirle: esto eres y a esto viniste.

Pensando en eso, y porque últimamente he estado fuera de ritmo, fuera de (mi) tempo, permitiendo que un trombón vacío, silueta grave y nula, engulla lo que digo, hoy comienzo un inventario. Una cuantificación sin cuenta de visiones que me importan y quiero conservar.

Un día primaveral de amenaza de lluvia, por ejemplo. Eso es algo que no hay que explicar ni contar. Un día primaveral de amenaza de lluvia. Al cajón del inventario. Me lo llevo.

La foto de una amiga en la que ella aparece plácida, sonriente, rodeada de agua color oscuro, flotando dentro de una enorme tripa negra de caucho (es decir que aparece ella, luego círculo negro, luego: infinito negro). Y subida al mismo salvavidas, por esas cosas misteriosas de la imagen y de la complicidad entre mujeres que viajan: Keila en las aguas amazónicas.

Un viaje al pasado: dos meses sin hielo, sin teléfono. Dos meses de baños en el Caño San Miguel, con jabón azul. Dos meses de olor a fogón adherido a la ropa, de horas navegando en curiaras, de frío pegostoso o calor intenso. Dos meses de agua color cocacola: extendía el brazo hacia fuera del bongo con un vaso en la mano y listo. Lo único que no faltó nunca durante mi estadía en el Caño San Miguel, fue el agua color cocacola. Zoom Out. La cámara gira. Zoom in. La foto de una piscina al aire libre en Islandia. ¿Pero qué hago acá? Color celestescándalo rodeado de nieve. ¿Son partículas de polvo o copos de nieve estos puntos blancos fuera de foco? ¿Qué sonido tiene esta imagen que soñé? El azul duele en la retina.

Una verdad para el inventario: el agua puede ser de cualquier color. De todos los colores. El agua es del color que ella quiera ser.

La lectura de “A room for one’s own”, de Virginia Woolfe. No puede quedar sin cajón. (Joseph Cornell, te amo). “What holds a book together is integrity. The conviction that he gives one that this is the truth.” Me gustó prepararme para la primavera pensando en mi verdad y en lo que escribo, que sin obligatoriamente ser cierto, es verdadero. Me gustó pensar en la Mujer como pobreza y periferia a lo largo de la historia y en Lo feminino como periférico incluso hoy. Me gustó senta(i)rme o reconocerme allí (aquí), que es lo mismo que decir que me gustó leer el libro mientras miraba desde la esquina (del ojo y del cuarto) a mis dos hijos saltando de la cama a la alfombra, armando rieles de tren, preguntando cuándo vamos al parque. Y tengo que añadir que estábamos en la habitación de ellos, que yo era la intrusa in a room of their own.  Alguien debería escribir sobre la literatura orgánica, sobre la experiencia orgánica de la literatura. Supongo que sería el paso siguiente al libro de Woolfe.

Una idea: más que un escritor andrógino, más que el encuentro entre los poderes y debilidades masculinos y femeninos, habría que pensar hoy en una lectoescritura que transforme la lucha de poderes en cooperación. Habría que ser no tanto andrógino, sino cooperativo. Empático. De eso, a veces me parece que no hay mucho.

Y una cita hasta la próxima: ”I need not to say that what I am about to describe has not existence… lies will flow from my lips, but there may perhaps be some truth mixed up with them”. Puede que genere vértigo, pero si no es para contar algunas verdades, ¿de qué sirve escribir ficción?

Este recuento des-organizado viene por entregas, y por cosas de la cronología bloguera aparecerá en retroactivo, una mirada invertida que no está de más, pues a fin de cuentas, de eso se trata. Se trata de una recolección que me conecta con la pulsión que devino en blog. Por lo pronto, estoy en NY y hoy es miércoles. Es el día de mi clase con Antonio Muñoz Molina. Contar con su mirada es de lo mejor que me ha tocado hasta ahora. Su mirada sobre la obra del otro, es en sí misma un cajón de este inventario.