En el bulevar

En una plaza de Chacaíto postergamos los peligros
de la urbanidad caraqueña
gracias a un recuadro de papel que ofreciste como pasaje
y dividiste en dos.
Mitad para mí
el resto tuyo.

Entramos a una carpa
había tubos de pintura que gasté en un lienzo usado.
Telas y periódicos, bolsas plásticas
bastidores sin nada que tensar. Botellas de agua colapsadas.
Un gato rondando.
Mi obra pictórica: altos relieves color pardo como las sábanas del anfitrión.
Flirteé con él
al señor de la tienda de campaña improvisada
lo miré de cerca
un obsequio.
Su mujer anda acostada aquí
advirtió.

Yo sólo quería decirle
de una forma cercana, dispuesta a la resaca
del día después,
quería decirle: Norman, lo que está a la vista me es indiferente
el mundo no se acaba aún, pero siento que sí y esto me inquieta
quería decirle te estoy mirando.

Terminamos en una arepera tomando Cocacola.
Nos despedimos en la Av. Solano
estridencia sorda de tres colores discontinuos brillando
sobre el pavimento antes del amanecer.
Más nunca lo vi.

La vez siguiente un vestido largo
sintético, angostas series de limón
tan suaves a cada huella dactilar.
Un accesorio para la noche, expansivo
en la pista de una discoteca en Sabana Grande.
Las sonrisas masticables para llevar desde tu cartera
duraron hasta los primeros autobuses, los vendedores ambulantes de café,
la neblina que ofrece la ciudad como borrón y cuenta nueva
un cachito de jamón en Santa Rosa
donde no sé cómo llegué.

Cuántos santos, están Rosa, Fe, Paula y Sofía
Bernardino y Agustín. La Trinidad.
En mi ciudad lamíamos el gesto
protegidos por aquella comitiva y por el cerro, la mascota descomunal.
Al final los músculos cansados de rendir las horas
el sueño a destiempo hasta la noche
el espíritu ondulando y exacerbado como el traje sinestésico
como las pupilas de plata la noche del bulevar.

Free jazz

Frente a los rieles del tren espero
escucho, se arrastran las ruedas, acaricia el cepillo
un plato de metal.
El hijo con fiebre en casa me mira de lejos. Algo
algo debe hablarme.

El reflejo en la ventana del vagón muestra el escote hoy más pronunciado

que cubro. Abrigo el pecho niño con fiebre tren a la universidad.

Falta una pista, la pieza que engrana todo esto no está

raspo la superficie, subterránea, un poco más
¿qué estoy dejando de mirar?

Ayer dijo tenerme miedo, sentí hundimiento plexo solar

por culpa del fantasma y mis garras y esta manera de ser,

emocional.

Dijo señalando con sus deditos hacia mis pupilas Siento miedo

a estos círculos negros
en cada ojo.

Todos, respondí aliviada por la mancha que compartimos,

Todos tenemos. Yo sería incapaz

de dañarte, añadí, y era un rezo. Siento miedo yo también
pensé, la contención es el tema.

Garra niño con fiebre escote

tren a la universidad en la ciudad de Nueva York

despecho que cubro hoy.

Algo
una clave un mensaje.

Henry dijo que se llamaba el hombre con cuatro

e insistió cuatro días de hambre

cuando lo vi pasar tras mi imagen en el vidrio,
tal vez fue antes o después de cubrirme las tetas que de nuevo en el vagón
Henry pasó repitiendo gracias, gracias,

gracias
gracias.

Todo lo hace o lo dice cuatro veces Henry.

Será la inanición, estará confundido

o se repite por temor ante la precariedad

del público asistente, errante.
Insiste por si alguien le escucha al fin
el tema.

En Washington Square me duelen siempre
los hijos que en el momento no estoy cuidando

tantos coches tanto parque despelleja.

Un cinturón de seguridad protege a la anciana en silla de ruedas
de su inminente derrame en plena calle

cruza en la pizzería y se pierde.

La imagen descontrolada estalla, hago memoria inmediata, la correa de seguridad

que recién miré, hebilla de acero rectangular, cinta negra poliéster
proviene de un asiento de avión. Cuánto apocalipsis.

Lo único claro en todo esto es que estoy muriendo,
en la plaza donde espero una señal
el fluir me lleva improvisando como polen como
cable de electricidad.

Que me importe lo que importa

mantener los ojos, los oídos bien dispuestos
es lo único que pido cuando pido algo a la corriente que me ha traído hasta acá.

El brillo me atraviesa

niño enfermo ojo y miedo, fiebre tema 
plaza universidad

avión que se estrella

pecho despecho en el roce de la batería que me anestesia.

Algo
algo me anuncia que ahora mismo, no te miento,

ahora mismo lo siento desde la médula, como un desmayo compungido

en este instante mis células están muriendo

ahora mismo te aseguro
mis células, yo

estamos muriendo encandiladas.

Sentire, guardare

Cada ventana es invitación y coto. Personajes entran, salen de cuadro. La cámara se gira y el personaje soy yo. Los italianos usan sentire para escuchar, como advirtiendo que la audición estalla al presionar play. Neurotransmisores con volumen al instante. Los italianos usan guardare para mirar. Lo que guardo mientras siento, lo escribo acá.

Vasijas chinas en tres repisas, el vecino se asoma a través del marco hacia la calle, revisa los tarros, desde acá no se distingue lo que hay ni si hay algo. Se aleja, lo veo de espaldas. Sus bonsáis son muralla y protección. Mi padre hacía bonsáis, recuerdo los alambres y mi extrañeza ante el método de los árboles condenados a no crecer. Me apoyo en el brocal, movimientos en cámara lenta: en ausencia de sonido el tiempo es otro. Si el tiempo y el espacio ubican al ser, el sonido y la imagen construyen la idea. Sentire, guardare. Invento un lente, audífonos que lo cubren todo, no sé cómo suena cada tecla presionada que al juntarse con otra se vuelve palabra, se vuelve idea percusión. Sólo escucho mis latidos cuando la música para. No sé si eso es bueno.

Las ventanas hacen esto: ofrecen. Retrocedo, salgo de la habitación. Soy huésped de la historia que inventé. Con los ojos cerrados espío una película muda. Alguien entra bajo mis párpados, levanta los brazos, se recuesta en el sillón, cabeza hacia atrás. Suspira el personaje silencioso, le pesan los hombros, los resortes no ceden pero él insiste. Su tiempo no es el mío, su lugar no es mi lugar. Si el hombre cierra los ojos es como apagar la luz. Si el hombre apaga la luz es como si yo tuviera los ojos cerrados, se acaba la película. Pero no. Los párpados se acercan y la historia sigue. Todo ocurre hacia dentro.

Inspiration is always a coincidence, dijo Fanny Howe. Mis vecinos y yo coincidimos. Sólo uno de los lados está al tanto. A veces las persianas están abajo, no hay historia sino silencio. Recién lo decidí, en esta casa no quiero pausa, quiero que ellos sepan qué cenamos, a qué hora nos vamos a dormir o si no dormimos. Quiero ser la película de alguien más, aunque luego desaparezca: tres pasos hacia atrás, apago la luz y me fui.

Estoy en mi viaje y desconozco dónde es que van mis palabras, para quién las ordeno. Quisiera salirme, abrir la piel, que caigan dos o tres caracoles al suelo, recomponerme y sigamos a lo próximo. Quisiera salirme del microscopio estetoscopio pero curiosamente esta noche lo llevo puesto y me muestra los latidos en cada pausa de la música que no conocía y que ahora me presento como diciéndome acá este camino, no te pares. Hoy salí a la calle y en una vitrina vi alfombras, gruesas, finas, con formas extrañas y colores brillantes. Son importantes las alfombras, no sólo para volar, también entibian, acomodan y protegen los pies. Hoy las vi, rojas, amarillas, moradas incandescentes. De tanto poema al que el miedo se le acaba me estoy sintiendo valiente yo también, se le termina el cuarto oscuro a lo que soplé de mi oído. Como un brujo amazónico soplo y chupo. Resuelto. Al río.

Mis vecinos comienzan a despedirse, uno a la vez, se cierran los caminos. Todos duermen en mi casa, me está pasando con frecuencia, ya veré después que hacer con el sueño. Fassbinder dijo ya dormiré cuando esté muerto, eso lo aprendí a los siete años y me impresionó. Yo no quiero dormir de esa manera, prefiero dormir estando viva. Una menos, se me acaban las ventanas y mi piel porosa y sus transmisores andan con el escándalo otra vez. Ahora las palabras deben estar juntándose para hacerse compañía, pero eso no me consta, estoy sintiendo, ¿no ves los audífonos?

Memoria cuzqueña (número 5 del inventario de primavera)


Escalera radical
piedra irregular que al fin encaja
como un guante.
Llevo peso
al viaje largo,
camino lenta
mente
siete siglos en zigzag.

El pasado se acerca:
dos
colinas
y luego es sólo bajar.

Llego al monumento
muslos ardiendo.
Paso el día mirando el sol,
la perfección incomprensible
de unos bloques elegidos
por una gente muy distinta a mí.

Universo perfecto
en la mitad de nada.

Bajo al Cuzco
voy por una pizza,
una cerveza Cristal
un caramelo de coca
la memoria se organiza
gracias a detalles así.

Esta noche
tropezaré con un hombre
me acostaré con él.
El ácido láctico
terminará derramado
en una cama
de flores desteñidas.

Así es el recuerdo:
en veinte años
mi encuentro
con las magníficas rocas peruanas
tendrá siempre a cuestas
un polizón.

I wish (n.4 del Inventario de primavera)

Antonio Muñoz Molina nos ha preguntado un par de veces qué novela, qué texto ya publicado por otros nos hubiese gustado escribir. Con cuál libro les ha pasado, nos pregunta él, que al terminar de leerlo, dijeran: ¡Ah! Me hubiese gustado escribir esto. ¿Por qué no se me ocurrió a mi?
Leyendo a Marosa di Giorgio me he encontrado con varios poemas en prosa que hubiese querido escribir. Que fueran míos. No sólo porque me gustan, si a ver vamos me gustan muchas novelas, versos, estrofas o líneas, y no por eso quisiera haberlas creado. No me hacen falta, ni continúan ni terminan nada mío. Las contemplo, las admiro, me llevan a desear, en ciertos casos, cierto estilo, cierta calidad, cierta maestría. Uno lee poemas o novelas de las que sale muchas veces revolcado, mirándose a sí mismo como un bebé que apenas gatea frente a la línea de salida de una carrera de cien, quinientos metros. Cuarenta y dos kilómetros. Da igual.
Pero esto es distinto, en este caso se trata de un texto que me ha interpelado porque genera una atmósfera emparentada con mi búsqueda en la serie de poemas que escribo para la entrega final de Forms and Techniques of Poetry con Mariela Dreyfus. Se trata de una serie poética (en verso y en prosa) que busca instalarse en la fisura entre mística y erótica, entre orfandad procurada y liberación del ser femenino, y que suele tener la noche, el hielo, la selva como entorno. Acá hay que hacer una pausa. Jacqueline Goldberg dice: Todo viaje es intento de orfandad. Se trata de un verso hermoso y muy verdadero, siempre lo repito, siempre lo recuerdo.
El caso es que acá en este post tan extrañamente poblado de nombres propios (¡cuántos invitados!), copiaré un texto de Marosa di Giorgio. Y con él, instauro una nueva práctica, la de copiar fragmentos de textos que “me hubiese gustado escribir”. Mi memoria es extremadamente caprichosa, me juega sucio, cuando me preguntan cosas así en clases nunca sé qué digo, algo se altera en mi cerebro y lo cierra. Pensaba que era la amígdala, pero leyendo sobre el asunto descubrí que no tiene nada qué ver o no tanto. Sobre las referencias literarias, en todo caso, me parece que hay dos opciones: o no tengo libros “de mi vida”, o los olvidé. Se queda la historia, el ánimo, el gusto por la lectura, el aprendizaje vital: el aprendizaje vital y literario, se quedan. Pero los nombres vuelan como dientes de león.
Así que ahora, aunque no esté ya en clases, aprovecho de responder con un fragmento la pregunta de Muñoz Molina, y de respondérmela a mí misma. Quiero abrir un sub-blog dedicado a esto. No sé si tal cosa existe, me parece que para eso debería tener una página web y no creo que me pueda plantear algo así en este momento. Así que mientras tanto, acá en fugapermanente, aparecerán de vez en cuando fragmentos similares. Para que no se (me) fuguen, claro, para que permanezcan.

Tenía que salir de noche y andar. En casa decían que una ascendiente lejana había hecho lo mismo. Y yo lo creía y no lo creía. Seríamos la misma?
Tenía que salir en la alta noche y andar; con paso apresurado o muy lento. Mirando hacia delante como quien persigue un confuso objetivo. Mirando hacia los costados y detrás, como los que tienen miedo.
Muy pocas veces lloré. Iba impávida, iba nerviosa. Había algo santo y sexual en todo eso. Alguno me espiaría por la ventana. Alguno rezaría o se escondería ante mi paso inevitable.
La noche era serena, era levemente tormentosa. Cruzaba por los montecitos de malva, los eucaliptus, los rosales bañados de rosas.
Se oía el feroz y amable aroma de los zorrillos.
Algún huevo crujía, hacía pío. Se sacudían los ramajes y la luna volaba sin tener alas.
Inconscientemente medía el tiempo. Volvía antes del alba. Delante de algunas casas había unos santos agudos, oscuros, hechos con cartón negro y cartón rojo. Y estaban vivos.