Sentire, guardare

Cada ventana es invitación y coto. Personajes entran, salen de cuadro. La cámara se gira y el personaje soy yo. Los italianos usan sentire para escuchar, como advirtiendo que la audición estalla al presionar play. Neurotransmisores con volumen al instante. Los italianos usan guardare para mirar. Lo que guardo mientras siento, lo escribo acá.

Vasijas chinas en tres repisas, el vecino se asoma a través del marco hacia la calle, revisa los tarros, desde acá no se distingue lo que hay ni si hay algo. Se aleja, lo veo de espaldas. Sus bonsáis son muralla y protección. Mi padre hacía bonsáis, recuerdo los alambres y mi extrañeza ante el método de los árboles condenados a no crecer. Me apoyo en el brocal, movimientos en cámara lenta: en ausencia de sonido el tiempo es otro. Si el tiempo y el espacio ubican al ser, el sonido y la imagen construyen la idea. Sentire, guardare. Invento un lente, audífonos que lo cubren todo, no sé cómo suena cada tecla presionada que al juntarse con otra se vuelve palabra, se vuelve idea percusión. Sólo escucho mis latidos cuando la música para. No sé si eso es bueno.

Las ventanas hacen esto: ofrecen. Retrocedo, salgo de la habitación. Soy huésped de la historia que inventé. Con los ojos cerrados espío una película muda. Alguien entra bajo mis párpados, levanta los brazos, se recuesta en el sillón, cabeza hacia atrás. Suspira el personaje silencioso, le pesan los hombros, los resortes no ceden pero él insiste. Su tiempo no es el mío, su lugar no es mi lugar. Si el hombre cierra los ojos es como apagar la luz. Si el hombre apaga la luz es como si yo tuviera los ojos cerrados, se acaba la película. Pero no. Los párpados se acercan y la historia sigue. Todo ocurre hacia dentro.

Inspiration is always a coincidence, dijo Fanny Howe. Mis vecinos y yo coincidimos. Sólo uno de los lados está al tanto. A veces las persianas están abajo, no hay historia sino silencio. Recién lo decidí, en esta casa no quiero pausa, quiero que ellos sepan qué cenamos, a qué hora nos vamos a dormir o si no dormimos. Quiero ser la película de alguien más, aunque luego desaparezca: tres pasos hacia atrás, apago la luz y me fui.

Estoy en mi viaje y desconozco dónde es que van mis palabras, para quién las ordeno. Quisiera salirme, abrir la piel, que caigan dos o tres caracoles al suelo, recomponerme y sigamos a lo próximo. Quisiera salirme del microscopio estetoscopio pero curiosamente esta noche lo llevo puesto y me muestra los latidos en cada pausa de la música que no conocía y que ahora me presento como diciéndome acá este camino, no te pares. Hoy salí a la calle y en una vitrina vi alfombras, gruesas, finas, con formas extrañas y colores brillantes. Son importantes las alfombras, no sólo para volar, también entibian, acomodan y protegen los pies. Hoy las vi, rojas, amarillas, moradas incandescentes. De tanto poema al que el miedo se le acaba me estoy sintiendo valiente yo también, se le termina el cuarto oscuro a lo que soplé de mi oído. Como un brujo amazónico soplo y chupo. Resuelto. Al río.

Mis vecinos comienzan a despedirse, uno a la vez, se cierran los caminos. Todos duermen en mi casa, me está pasando con frecuencia, ya veré después que hacer con el sueño. Fassbinder dijo ya dormiré cuando esté muerto, eso lo aprendí a los siete años y me impresionó. Yo no quiero dormir de esa manera, prefiero dormir estando viva. Una menos, se me acaban las ventanas y mi piel porosa y sus transmisores andan con el escándalo otra vez. Ahora las palabras deben estar juntándose para hacerse compañía, pero eso no me consta, estoy sintiendo, ¿no ves los audífonos?

Memoria cuzqueña (número 5 del inventario de primavera)


Escalera radical
piedra irregular que al fin encaja
como un guante.
Llevo peso
al viaje largo,
camino lenta
mente
siete siglos en zigzag.

El pasado se acerca:
dos
colinas
y luego es sólo bajar.

Llego al monumento
muslos ardiendo.
Paso el día mirando el sol,
la perfección incomprensible
de unos bloques elegidos
por una gente muy distinta a mí.

Universo perfecto
en la mitad de nada.

Bajo al Cuzco
voy por una pizza,
una cerveza Cristal
un caramelo de coca
la memoria se organiza
gracias a detalles así.

Esta noche
tropezaré con un hombre
me acostaré con él.
El ácido láctico
terminará derramado
en una cama
de flores desteñidas.

Así es el recuerdo:
en veinte años
mi encuentro
con las magníficas rocas peruanas
tendrá siempre a cuestas
un polizón.

p(o)rosa.

Poemas para llevar, los ordeno, les temo pero los ordeno, los llevo de la mano como mi amiga a su destino. Que no se me escapen, son los dueños del momento y la pausa, del pasadizo. En un mundo de silencios y máscaras hay que escribir más poemas. A veces en silencio, sí. Toca escribirlos en silencio. Esta noche frente a mí ventanas con cortinas abiertas: los vecinos han decidido compartir. Audífonos prestados que lo cubren todo, todo el sonido, no sé cómo suena cada tecla presionada que al juntarse con otra se vuelve palabra, se vuelve idea en esta noche que se dejar fluir. Sólo escucho mis latidos en las orejas cuando la música para. No sé si eso es bueno. Estoy en mi viaje y no sé por momentos cómo seguirlo, dónde es que van estos poemas, para quién los ordeno. En el fondo pero sobre todo en la superficie, quisiera prosa, quisiera narración, un personaje que me cubra. Sí, en la superficie quisiera salirme. No saber de cartografías de ningún tamaño, no las quiero, con sus pretensiones de grandes señoras que lo explican nada. Ya lo dije en otro poema callado, las geografía y la cartografía son hermanas mentirosas. Quisiera salirme, abrir la piel, dejar que caigan dos o tres caracoles al suelo, volverme a ordenar y sigamos a lo próximo. Quisiera salirme del microscopio estetoscopio que sí, curiosamente hoy y por elección llevo puesto en los oídos y me muestra los latidos en cada pausa de la música que no conocía y ahora me presento como diciéndome a mí misma acá está este camino, no te pares. Hoy salí a la calle y vi alfombras, gruesas, finas, con formas extrañas y colores brillantes. Son importante las alfombras, son importantes, hay quienes las usan para volar, a mí me gusta que amortiguan, entibian, acomodan y protegen los pies. Me gustan mis alfombras narraciones. Son como un techo pero de colores y van en los pies. Hoy las vi, eran rojas, amarillas, moradas incandescentes. De tanto poema al que el miedo se le acaba me estoy sintiendo valiente yo también, se le termina el cuarto oscuro a los caracoles que soplé de mi oido. Como un brujo amazónico soplo y chupo. Resuelto, curada. Adiós caracol. Al río, niña. Hoy mis ojos vieron cosas muy hermosas, ahora mis vecinos comienzan a cerrar las persianas, todo el mundo duerme en mi casa, me está pasando con frecuencia, ya veré después que haré con el sueño, a fin de cuentas, ¿quién quiere sueño si puede tener latidos? Fassbinder dijo ya dormiré cuando esté muerto, eso lo aprendí cuando tenía siete años y me impresionó. Yo no quiero dormir de esa manera, me gustaría dormir estando viva, pero otro día, a otra hora. Una menos, se me acaban las ventanas y mi piel porosa y sus transmisores andan con el escándalo otra vez. No creo en la distancia y por eso escribo esto, que si me preguntan, es un poema y es una narración. Y ya, he sido descubierta, los poemas a veces son un bloque, las narraciones nacen como poemas, ahora deben estar juntándose las palabras para hacerse compañía pero eso no me consta, ¿no ves que tengo los audífonos?

Como un bebé en la bañera (o al rescate de mi memoria inédita)


Las pasiones son un presente continuo. No tienen historia. Eso leí en un libro de Darío Jaramillo Agudelo hace pocos días. A veces pasa que uno da con un libro que conmueve cosas, cimientos, ideas. No se trata sólo de que te guste el libro. Se trata de que dice algo que queda rondando y sabes que no te abandona así como así. Hay que actuar. Hay que declarar amor. Hay que escribir. Hay que pensar (se). Es necesario hacer algo. Esto me ocurrió hace pocos días cuando leí “Historia de una pasión”. La afirmación movió unos hilos.

Me puso a pensar en la distinción que hizo Lévi-Strauss entre sociedades históricas y míticas, en la relación que ellas establecen con sus elaboraciones respectivas sobre el pasado. Me quedé pensando en las sociedades míticas, en su percepción circular del tiempo, en ellas todo se repite en un eterno retorno, de manera mecánica y reversible; y la vuelta al origen, al comienzo del mundo, es accesible siempre y cuando se siga un protocolo de vuelo, por así llamarlo.

Sin necesidad de formar parte de una de estas sociedades, todos hemos visto y experimentado cómo ciertos rituales, lugares importantes, ciertos símbolos, nos ponen a viajar al pasado. Un sitio en el que ocurrió algo relevante para la historia individual o colectiva, siempre será y estará marcado por ese evento histórico. Y al revés, a veces para viajar hacia atrás todo lo que hace falta es pisar un lugar, escuchar tres o cuatro notas seguidas. Si a ver vamos ocurre con la música, ocurre con una foto, con una película, con una palabra o un poema. Pero no me voy a ir hacia allá ahora, no quiero que se me escape el hilo con el que bordo este empecinamiento. En estos días soy sólo un manojo desordenado de intuiciones así que debo ir con cuidado.

Cuando leí la frase de Jaramillo Agudelo pensé que la única manera en que las pasiones (o lo que sea) ocurra siempre en presente, es que se desarrollen en un tiempo puntual o circular y se nieguen a horizontalizarse, se nieguen a desplazarse linealmente de manera irreversible. No hay progreso en la idea de la pasión. La pasión se vive hoy. Y hoy. Y hoy. ¿Aquí y ahora? Se dice que se accede a la plenitud cuando se vive el aquí y ahora. En el presente. La verdad es que aunque uno espera sentir pasión por siempre (será una oferta engañosa, será una pretensión cultural, vaya usted a saber), cada vez que la experimenta se siente como en la primera vez.

Y pienso, uno se sienta a escribir y pierde hasta cierto punto la noción del tiempo. Uno se traslada a un lugar que no es limbo pero que sí lo separa de la linealidad. Hoy debía dormir a mis hijos antes de sentarme acá a ordenar lo que escribo en este momento y sabía que la única manera sería ésta: salir de la continuidad. Salirme de mi casa. Salirme de mi historia.

Al mismo tiempo tengo la certeza de que cuando escribo, abro espacios a verdades que antes de poner en palabras, no existían. No digo que esto deba ocurrir a todo el mundo ni que a la verdad privada o compartida se acceda siempre desde la palabra, ni mucho menos desde las mismas palabras. Digo que me ocurre y que celebro cuando así es.

Colecciono libretas. De muchos tamaños y colores. Están regadas por todas partes. Siempre intento definir sus funciones: una es para un relato largo que anda por ahí, la otra para los poemas, la siguiente para las actividades de la semana. Qué se yo. Cuando llega la idea agarro una servilleta y la anoto allí. O me levanto hasta la computadora porque resulta, parece insólito pero es así, que junto a mi cama nunca hay ni un papel (menos aún una de esas libretitas). Los toman mis hijos, se los llevan. Tampoco hay lápices ni portaminas, me da miedo que se hagan daño con la punta o se coman un grafito entero en un descuido.

Aunque si me preguntaran, diría que debo moverme de mi cama para escribir. Salgo de mi cama y salgo del tiempo lineal. Salgo de mi narración cotidiana con sus esferas y sus agujas, para entrar en otra. Sea como sea, cada vez que nace una idea uno también renace. Cada vez que se anota una frase, se abre una puerta que dá a un paisaje para recorrer después.

Dice Jaramillo Agudelo que los de su especie, que quienes escriben poesía, son grafómanos obsesos que buscan alucinar, detener el tiempo, obtener revelaciones. Que están dispuestos a empezar de nuevo siempre, a preguntarse siempre si cero es el comienzo. Y yo creo que eso es verdad. No se puede concebir la experiencia vital -ni literaria, para los efectos- sin esa puerta abierta, sin ese espacio que salvaguarde la memoria pero que también recree el mundo a partir de ella. Todo está en un eterno comienzo. Basta querer verlo. Soltar de vez en cuando la línea cronológica, tan odiosa, por cierto. Mirar las historias mínimas. Las historias mínimas están todo el tiempo comenzando y muriendo.

Pero cuando leí lo de Jaramillo y las pasiones en eterno presente, y pensé en lo de Lévi Strauss, en el tiempo mítico y circular y sus connotaciones memoriosas, llegué a otro puerto. No me pregunten. Casi me avergüenza que esto se esté complicando y alargando así.

Llegué a The Eternal Sunshine of a Spotless Mind. Una de mis películas preferidas, que he visto apenas dos veces pero cuyo guión compré un día hace unos cinco años en plena calle en Soho, y no había abierto ni una vez. En estos días lo tomé de mi biblioteca y revisé la historia de Joel y Clementine y la relación que personifican entre el tiempo y el amor y la pasión. La convivencia no se les da, la historia lineal no se les da. Sufren por ello. Así que deciden borrarse la memoria para poder continuar. Se mudan al eterno presente. Lo curioso es que no logran escaparse. Todo se les presenta de nuevo, vuelven a enamorarse el uno del otro.

Pero más allá de la anécdota cinematográfica, pensé que el amor está inevitablemente ligado a la línea histórica. Se ama porque se recuerda. Se deja de amar porque de cierta manera se olvida lo que hizo que uno estuviera donde está. No es casual que tantas veces sea una pasión, efímera o no, la que lleve a la revelación sobre el final de un amor histórico. No seguiré por acá, no viene al caso. Pero sí dejo esta inquietud. Pareciera que en ciertas oportunidades está dado a la pasión plantar o poner en evidencia la discontinuidad que lleva al olvido histórico del amor. O encender una alarma para que la carrera contra el tiempo inicie y se salve lo que hay. Allí está Clementine con sus cabellos coloridos y Joel con su despecho, en su carrera contra el final.

I’m trapped in my head and everything I love is being erased! Stop it now! Estoy atrapado en mi cabeza y todo lo que amo está siendo borrado! Detenga esto!

Así. Supongo que para salvar el amor y la historia hay que hacer así. Y también hay que hacer así para reencontrarse con la pasión.

O así:

Take me to a memory I’m not in. And we can hide there ’till morning. Llévame a un recuerdo en el que yo no aparezca. Y podremos escondernos allí hasta mañana en la mañana.

Eso le dice Clementine a Joel justo antes de que todo se vaya a la porra y él la olvide para siempre. Es una de mis frases preferidas de la película. Habla de lugar y memoria, habla de amor y supervivencia. Habla de empeño. Y si me preguntan, todas estas cosas son “lo que es”. No nace el amor, ni dura ni se le da oxígeno, sin algo de empeño. No nace el relato ni el poema sin esa carrera contra el fin, sin ese comienzo eterno. Clementine pide esconderse en una memoria inédita. Y pienso que construir una memoria con alguien más, o invitar a alguien más a participar de la memoria propia, es siempre salirse del tiempo. Es siempre una discontinuidad. Y es la construcción de un presente continuo. Es, y lo diré a riesgo de parecer infantil o lugar común: magia. Es poesía.

Las elaboraciones sobre el pasado, se ha dicho más recientemente, suponen y requieren, y no pueden escapar a la coexistencia de los dos discursos: el circular y el lineal. En occidente vivimos una historia lineal marcada por discontinuidades que permiten viajar del presente al pasado una y mil veces, cada vez que la tecla, el lugar, la música, la imagen, el relato y la pasión, lo llevan a uno al momento de los inicios.

¿No es hermoso?

¿Quién dice que cuando se escribe no se está invitando al otro a participar de la propia memoria (im)posible? A veces me pregunto qué memorias me esperan, me lo pregunto así, en pasado y en futuro: qué memorias me esperan. Qué puertas se abrirán cuando tome una pluma o este teclado. Qué pasión comenzará para detenerlo todo y dar sentido a lo que fue, sin registro de lo que ya no es, y sin olvidar lo que continúa siendo. Esta parte parece un trabalenguas pero creo que no la borraré. La dejaré así. Yo en estos días no quiero borrar nada. Estoy en mi propia carrera, buscando una memoria inédita.

De las palabras y el sol, al atardecer

Hoy quiero hablar sobre las palabras que salvan. Es extraño decir esto, generalmente pienso y hablo sobre el silencio, sobre la ausencia de sonidos con significado como posibilidad expresiva intensísima; pero también como yugo,  y como fórmula para la salvación. Javier Marías dice con toda razón dice que el silencio protege, mantiene a resguardo. A mí esa idea en Tu rostro mañana me enamora, como me enamora esa trilogía. Y eso que callar no se me da fácilmente.

El silencio es un agente potentísimo. Sea que se ejerza, sea que se padezca, sea que se procure o intente prolongarse. Trátese de música, de poesía o de pintura. Trátese de amor, trátese de olvido o de muerte. Sea como sea, me conmueve el callar, me fascina con todo y su herida, con todo y su mordida. Ni hablar del poder del silencio en el momento creativo o en los instantes de intimidad con el universo. O con el otro.

Por otra parte me gusta nombrar la ausencia de sonidos, adoro esa contradicción. El silencio no se habla, si se nombra se termina, muere. Pero me gusta la ruptura que representa escribir y pronunciar la palabra silencio. Me asombra esa fisura que se hace cada vez que uno dice voy a callar; o cada vez que se dice esta vez me callo y se explica el motivo. Nombrar el silencio tiene mucho de ingenuidad y mucho de poesía. Ahí está Isabel Coixet, con su Mundo secreto de las palabras.

Hace un par de semanas escribí un poema sobre el silencio y no lo puedo leer en público. No

lo puedo

leer.

Cada vez que me propongo mostrarlo, no llego. Me quedo con mis hormigas punzando el pecho y lo vuelvo a guardar en la carpeta en la que tan bien conservado está.

Pero hoy no escribo sobre el silencio aunque me salí con la mía y comencé por allí. Tal vez como me estoy revolcando en un silencio brutal, tragándolo como a un jarabe amargo, hoy quiero hablar de las palabras. A las palabras voy.

Ayer salí a la calle en una de esas tardes en las que uno anda pateando los charquitos del suelo por el puro placer de descubrir qué porción de la punta del zapato se moja. Era una de esas tardes moribundas pero rabiosamente naranjas, encandiladamente violentas dependiendo del ángulo, en los que Ana estaría tratando de transitar la calle sin pisar las rayas del piso o llegando al semáforo justo a tiempo antes de que cambie a rojo. La tarde de uno de esos días a los que lo único que uno pide es que pasen pronto, para al final poner una rayita en la pared. Ya pasó. Listo. Sobreviviste. Parece mentira, pero las tardes así existen. Y también las personas que se consideran a sí mismas razonablemente o más que razonablemente felices, y con visiones alentadoras sobre el presente y el futuro, las tienen. O eso me digo yo para no sentirme peor.

El caso es que iba así, ojerosa y despeinada, en blanco y negro y en encandilado naranja, ni más ni menos, y me encontré con mapuey. La vi escrita sobre un tirro adherido a una caja registradora. Sola. Allí. Junto a una serie de números. Un código que por algún motivo debe haber costado mucho a la cajera recordar, o no está en la lista general de productos del supermercado y tuvo que copiarlo en ese lugar singular. Mapuey. Ahí estaba con su número. Eso era todo. La repetí en silencio varias veces. Me llevó a mi abuela. A su sancocho y su cocina de cerámicas color verde y blanco. Pensé que no sé cómo es el mapuey. Puedo jurar que me sentí lejos de la tierra y lo lamenté, y que entonces pensé en barro, pensé en indígenas, en vasijas. Pensé en la cualidad de los tubérculos. En el olor de la tierra cuando llueve. Mapuey. Pagué y me fui.

Yo no sé qué pasaba ayer. Será eso, tal vez como no había en mi vida palabras que me confortaran, salí a buscarlas, a hacerme de un colchón fonológico y semántico a mi medida, que me protegiera de tanta arista. Saliendo del supermercado me encontré con estambre. Muy especial a su manera, estambre. Su referente: varias pelotas del hilo lanudo expuestas en una vitrina de una mercería. Tan hermosos los colores que por un momento quise ser un gato. Últimamente me está provocando mucho ser felina y eso es algo nuevo. Pero acá no quería nada muy atrevido, quería ser un gatito en la mitad de una sala, si es posible con chimenea y una taza de té sobre una mesa. Un lindo gatito que quizás olfatearía el aroma del té mientras persigue la pelota de estambre y aprovecha, se entrega con todo al juego antes de que lo encuentren enredado en su juguete. Y antes de que se tomen el té, supongo.

Al llegar a mi casa escribí a una amiga a quien quiero y está en las antípodas. Es increíble: está en las antípodas. Cuando yo estuve en las antípodas no lo supe y es importante. Le da toda una nueva cualidad al viaje. Decía que escribí y le dije que nos veíamos con un astrolabio. Algo así. Y ocurrieron dos cosas. Primero me sorprendí por tener astrolabio en mi almacén personal de cachibaches a pesar de no usarla jamás. Y luego, me sentí conmovida por la hermosura de esa palabra en su totalidad y sus partes. Astro. Labio. Astrolabio. Ayer lo repetí como un mantra y cada vez me sentí mejor. Como si se tratara de un hallazgo, no sé, de un cristal encontrado en la mitad de la calle que hubiese recogido y metido en mi cartera para convertirlo en una posesión importante.

Cada vez que me topé con una de esas tres palabras hubo un respiro. Una pausa. Sí. Un silencio. Un silencio suspiro lleno de sentido. Si estuviera en Flatliners, esa película en la que un grupo de jóvenes explora a través de la medicina la frontera entre la vida y la muerte, en cada uno de esos tres encuentros hubiese arqueado mi cuerpo hasta el techo, inhalado con rapidez y violencia, y vuelto a vivir. Fue como si la luz no estuviera muriendo, como si el sol se diera el lujo o aprovechara la veta que me ofreció en su momento cada palabra, para hacer la última pataleta del día, y dijera tercamente de aquí no me voy.

Ciertas palabras, aún si se callan, son un salvavidas.