Migrancias, en la ciudad del aire leve

Llegué a mi ciudad hace tres semanas y he estado mirándola de lejos. Parece que me he estado escondiendo. Llegué sintiéndome una extraña y poco a poco me habitúo. Al principio me impactó el reencuentro con el aire, acá no se siente, no se pega a la piel, no se habla de él ni del clima, a menos que caiga un aguacero. Entonces todo se paraliza, nadie sale a la calle a menos que sea indispensable, y si lo hizo a destiempo y es sorprendido en la intemperie por el agua tropical que cae en torrentes como asegurándose acatamiento, que las personas aceptamos sus caprichos, que sepamos que habla en serio en su idioma rítmico, pues se busca un techo temporal y se permanece allí, en exilio mínimo. Ayer, por ejemplo; en mi segunda salida al mundo literario caraqueño fui al bautizo de una antología titulada nada más y nada menos que “Exilios. Poesía Latinoamericana del S. XX”, y terminé quedándome en la librería una hora más de lo planeado debido a la lluvia. Una copa de vino más.

Hay que asomar la nariz y ver a la gente para sentir que se ha llegado a una ciudad. No basta con saberse geográficamente en ella. Al mismo tiempo, la práctica distante tipo cúpula de cristal, tipo ratón de biblioteca o murciélago biorrítmico, tipo ama de casa madre de dos, tipo jaula de pájaro para alguien a quien no le gustan los pájaros y tipo posición de loto, puede mantenerse sin importar cuánto se recorran y visiten los rincones de un lugar físico. A esta sensación desencajada con la que estoy aprendiendo a armonizar le estoy tomando cariño. Comienzo a valorar mi disposición y mi (poca) fluidez a la hora de convivir en el centro con sus maneras de hacer. Así que hago el intento de aceptar mi extranjería. No siempre lo logro.

Se diría que vivo puertas adentro si no fuera porque vivo también puertas afuera, en las faldas de una ciudad arquetípica, o mirando hacia el mundo desde mi apartamento familiar. O frente a esta pantalla mientras la vida ocurre. Por distintos motivos, de género, de oficio, genéticos, históricos. Por miedo o por libertad. Por sublevada. Por terca resistente. En Caracas o en Nueva York. Así que descubro que la dicotomía dentro/afuera es infinita, un fractal. Fuera del centro hay un dentro con su centro que a su vez tiene un dentro y un fuera.

En Nueva York a veces me entero de que va a llover por el atuendo de la gente con la que me cruzo en la calle. Sé bien que la revisión del Weather Channel es un ritual no negociable para los habitantes de Nueva York, pero a mí se me olvida de vez en cuando, no soy de allí y resbalo, me pongo en evidencia. Me empapo de lejanía. Otras veces dejo de mirar el canal a drede. Un acto de rebeldía. Me gusta de vez en cuando manifestar mi extranjería de esa manera. Me mojo los pies mientras miro la calle poblada de botas de goma, de bombero o de jardinero, como quieran llamarse, de todos los colores y alturas.

Desde que llegué a Caracas comencé a buscar un par de epígrafes. Los libros que más quiero están en Nueva York, esperándome. Esas dos frases ponen en evidencia un conflicto. Uno podría pensar que a estas alturas a los libros se accede de mil maneras, pero no es fácil encontrar un epígrafe. Ellos viven en la grieta entre la forma, el contenido y la procedencia. Generalmente doy con ellos por casualidad (o por cosas de la correspondencia poética o mística), o poniéndome de pie frente a mi biblioteca y acariciando con los ojos los lomos de mis libros. Veo el título, el color, recuerdo un fragmento muchas veces ya subrayado y esperando por su día para desplegarse hacia mi propia escritura. Así que he estado intentando rescatar a través de un túnel los textos fragmentados que me harían bien. Vuelvo a mi casa en Caracas pero ya no la siento mía, entro a mi estudio y los estantes están poblados de franjas verticales de colores que no me hablan.

¿En qué pensabas cuando te llevaste todo?, me pregunto inevitablemente temiendo una respuesta.

Si retrocedo la cinta tres días antes, me encuentro con “Todos vuelven”, el conversatorio entre Miguel Gómes y Gustavo Valle sobre las migrancias permanentes o temporales. Disfruté sus reflexiones sobre el término “exilio”, tan usado en este tiempo y especialmente en Venezuela, donde los desplazamientos pocas veces tienen un motivo francamente político o legal, aunque sí sean reflejo de la coerción que ejercen la inseguridad, el alto costo de la vida, el desabastecimiento y la mengua cultural. No entraré en detalles pues este blog no es el espacio para tal discusión. Durante este último año me ha ocurrido lo que a los dos ponentes de aquel encuentro: no me he sentido exiliada. Mi periferia es síntoma y herramienta de lo que me gusta, que es mirar el mundo y escribir sobre él. Se constituye en una cartografía íntima ajena a los tickets de avión y los husos horarios.

Hace falta un ancla. Reviso el poema Altazor como buscando(me), como persiguiendo el origen de la poesía toda, intentando dar con dos líneas que me hablen, que al fin aparezca un epígrafe; pero lo que hago es perderme. Caigo, me revuelco en sus imágenes bañada en gracia y sudor. Siempre pienso que Huidobro crea y destruye el universo en ese poema. Supongo entonces que todo lo que quiero decir con mis migrancias, mis insilios y mi extrañeza, debo poder resumirlo con dos líneas extraídas al vuelo de Altazor. Pongo a prueba al poema, si es que es posible hacerlo. Y la bisagra me deja entrar, me ofrece una respuesta fiel. Mi periferia se va poblando, se va completando con centro, con su centro. En mi centro.

Hay un espacio despoblado
Que es preciso poblar
De miradas con semillas abiertas
De voces bajadas de la eternidad
De juegos nocturnos y aerolitos de violín
De ruido de rebaños sin permiso
Escapados del cometa que iba a chocar.

A veces el resto del mundo se destruye. En esos casos, además de la fe, salva la periferia. Sólo hay que sostenerse fuerte del centro móvil pero confiable que uno es capaz de identificar porque le pertenece. Altazor, por ejemplo, es el tronco de un árbol centro en mi territorio, y sí, también el paracaídas que me aterriza en él.

Del ritmo y la pregunta


Escribir para decir que Gordon Lish tiene un ritmo endemoniado. Pensar en lo inútil que resulta a veces la clasificación de ciertos artefactos literarios, pongamos la poesía y la prosa. Pensar en la búsqueda de lo híbrido, el intercambio, lo fluido. Hay narraciones que al mirarse en el espejo lo que encuentran es poema. Pensar esto y en tus dedos golpeando el teclado que siempre parece piano. Escuchar el auto que pasa al otro lado de la ventana seguido del siguiente y luego de una pausa, escuchar al próximo. Pensar en la fotografía y su repetición. El ritmo es siempre visceral, nace, ocurre. Sólo hay que escuchar. Escribir que el ritmo es inhalación-exhalación, vida vinyasa. Lo que se repite es el universo, decir. Entonces intentar escuchar el poema de cada narración. Inclinarte, ajustar el oído hacia el suelo. Esperar.

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Escribir intuyendo que a nadie importa lo que dijiste o temiéndolo. Escribir lamentando de antemano un paréntesis cero gravedad. Reconocer la baba en la que te envuelves y saber que esa sustancia se llama también ego. Preguntarte si hace diferencia ponerle un nombre u otro y concluir que no. Estar al tanto y con cierto asco y a la vez ternura observar esa masturbación conjunta, todos en la misma curva, en el mismo sudor, en la misma cama. Ese peluche entre los brazos, esa humedad, esa tibieza. Preguntarte si podrías hacerlo distinto.

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Saber que cuando mueras lo que vas a extrañar no es lo que dejaste de escribir ni lo que está escrito, sino el tiempo frente a los cuadros negros, la búsqueda percutiva y el mundo, es decir todo lo demás.

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Escribir como una médula, como una navaja en la yugular. Escribir esperando un eco y enfermarse de silencio, recordar que Woolfe sufría como si eso fuese coartada, imaginarse una mínima parte de la causa de ese dolor. Atreverse a la transparencia o intentar lo más parecido a la transparencia, sabotear la calma con tu desnudez y ser fragil  luego. Arrepentirse a las dos, a las tres de la mañana, hora del insomnio, la vez siguiente sentir miedo. Pensarlo mejor.

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Recordar una frase extemporánea y pensar que no viene al caso pero igual invitarla, ¿qué más da?, era algo como Try not to be comfortable. If you’re comfortable, you lost it. Las palabras llueven, se estrellan, te cubren. No las invitas y vienen. Es cosa de ellas, has dejado de copiarlas, no les pones ancla ya. Todo es a causa de la resaca: la buscas, le temes, luego las pierdes, dejas que se hundan en el caos del que salieron. Después de saltar, al paracaídas lo guardas si no has muerto. Hasta la próxima. Decidir dejarse revolcar.

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Saber que lo que importa no lleva nombre público, saber que lo que vale no lleva palabras pero verlas caer como si escondieran una verdad, una gota que se estrella y se vuelve sí, poema Perú de Gordon Lish. Poema trash, ritmo cómplice que te envuelve. En principio fue el verbo es una frase escrita en un libro: así que ¿cómo creerle?, te dices. El principio fue el verbo o un sonido, una abeja susurrando en una vasija antes de explotar, una pantorrilla preñada; son todas historias contadas con palabras para explicar el comienzo de la matriz en la que te sumerges, saber que nadas en ese gel, saber que te vuelcas hacia dentro caracol y que todo lo demás rebota contra una pared insonorizada pero igual no callarlo, sólo prepararte para la conservación o la contemplación del silencio.

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Creer en el fondo que el origen de todo sí fue como lo cuentan, y por eso andar dándole con la uña, con saña, a veces con algo de repugnancia. Andar hincándole el diente y el deseo al teclado cuyos símbolos y orden inmutable te conoces sin mirar. Saberte en la frontera, sentir ganas de recrearte. Sentir ganas. Al final, encontrar sólo palabras para la invención de ti. Volver al comienzo

buscando

un

ritmo.

Diafragma (Poema de Julia, o Cajón n.3 del Inventario)

En este tiempo he escrito algunos poemas para uno de los personajes principales de la novela. Los he escrito buscando saber qué siente ella, quién es, para ponerme en su lugar, en su diafragma. Este fue el primero de la serie y creo, sin ánimos de cantar victoria,  que funcionó, que gracias a él logré hacerla respirar y continuar creando su ficción. Desde entonces cuando me hace falta le escribo otro, le enciendo su vela. Me está pareciendo que los mecanismos de la ficción son misteriosos, terapéuticos, sí, y ocultos también. Y creo que cualquier medio vale, depende de la historia, depende de la voz y del momento a la hora de escribir.
Hoy al terminar mi clase de yoga, justamente en Savasana, que es el momento de la muerte, el final del ciclo: pose del cadáver es lo que quiere decir el nombre de la postura en sánscrito, sentí que ese personaje se me está alejando, que ahora es cuando hay que escribirle más poemas para dejarla hablar. Mientras más se distancia, más capaz soy de verla. Fue una linda despedida a la hora del cadáver, y como suele ocurrir con las despedidas, fue también un saludo, una invitación, una puerta abierta. O eso pienso yo, que los distanciamientos lo que hacen es acercarnos, a veces. Pero vaya usted a saber si esto es así o no, tal vez son cosas mías. No sé, a fin de cuentas mi propio nombre salió de una canción que se llama Hello, Goodbye.  Pero claro, tendría que haberse llamado Goodbye, Hello. En fin. Siempre es bueno estar de vuelta en fugapermanente. Y estas dos últimas líneas, por sí solas, son la serpiente que se muerde la cola. El anillo de hierba y raíz.
Ahora sí, dejo muy cariñosamente lo que vine a dejar.

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Nadie sabe con certeza dónde queda el orificio
la vena, el conducto, el pozo turbio.

Para mirarme en esta historia
debo hundir un dedo
o varios
en la carne rosa,
debo hurgar en las costillas
mirar cómo se arquean
y muestran sus bordes navaja.

Son dos las costillas flotantes.
Respiro electroshock,
operación astral
y vuelven a su lugar.

Para mirarte en esta historia me encomiendo a un gato
si es que tienen corte
y puedo encenderles vela.
Tal vez es el hígado
en la punta de mis dedos.

Si subo, en línea vertical,
llego a un domo
al paraguas
que me impide tocar
donde siento que sentí.

El diafragma, me dijeron una vez
es el único músculo
que se inserta en sí mismo.

Una sombrilla extendida a la tormenta
separa la humedad, la antigua sangre,
de los huesos que crujen
cada vez que sonríes
o intentas abrazar.

Un puño apenas, una herida
y se abre.
Te expulsa la membrana como lluvia,
salen los recuerdos-catapulta
como gotas sin mojar.

Me sirve de balance
sobre la cuerda floja,
este paraguas.
Qué músculo curioso y fuerte:
entre corazón y estómago
no pide nada para comenzar o terminar.
Se inserta en sí.

El agua es del color que quiera ser, de las habitaciones propias y ajenas, o Inventario de primavera número uno

A veces hace falta un inventario cable a tierra. Un recuento de miniaturas, de fragmentos, de fuga hacia el encuentro, un mapa en retroactivo. A veces es necesario recuperar un espacio/tiempo, como en un ritual que nos transporta al comienzo, porque en el comienzo habita la razón de ser de lo que hay y ha sido. Los inicios son importantes por ser el tablero donde las reglas del juego, donde las creencias y lo que importa, alguna vez fueron propuestos. Y allí se queda ese punctum infinito con su verdad, esperando visita para hablarle al oído y decirle: esto eres y a esto viniste.

Pensando en eso, y porque últimamente he estado fuera de ritmo, fuera de (mi) tempo, permitiendo que un trombón vacío, silueta grave y nula, engulla lo que digo, hoy comienzo un inventario. Una cuantificación sin cuenta de visiones que me importan y quiero conservar.

Un día primaveral de amenaza de lluvia, por ejemplo. Eso es algo que no hay que explicar ni contar. Un día primaveral de amenaza de lluvia. Al cajón del inventario. Me lo llevo.

La foto de una amiga en la que ella aparece plácida, sonriente, rodeada de agua color oscuro, flotando dentro de una enorme tripa negra de caucho (es decir que aparece ella, luego círculo negro, luego: infinito negro). Y subida al mismo salvavidas, por esas cosas misteriosas de la imagen y de la complicidad entre mujeres que viajan: Keila en las aguas amazónicas.

Un viaje al pasado: dos meses sin hielo, sin teléfono. Dos meses de baños en el Caño San Miguel, con jabón azul. Dos meses de olor a fogón adherido a la ropa, de horas navegando en curiaras, de frío pegostoso o calor intenso. Dos meses de agua color cocacola: extendía el brazo hacia fuera del bongo con un vaso en la mano y listo. Lo único que no faltó nunca durante mi estadía en el Caño San Miguel, fue el agua color cocacola. Zoom Out. La cámara gira. Zoom in. La foto de una piscina al aire libre en Islandia. ¿Pero qué hago acá? Color celestescándalo rodeado de nieve. ¿Son partículas de polvo o copos de nieve estos puntos blancos fuera de foco? ¿Qué sonido tiene esta imagen que soñé? El azul duele en la retina.

Una verdad para el inventario: el agua puede ser de cualquier color. De todos los colores. El agua es del color que ella quiera ser.

La lectura de “A room for one’s own”, de Virginia Woolfe. No puede quedar sin cajón. (Joseph Cornell, te amo). “What holds a book together is integrity. The conviction that he gives one that this is the truth.” Me gustó prepararme para la primavera pensando en mi verdad y en lo que escribo, que sin obligatoriamente ser cierto, es verdadero. Me gustó pensar en la Mujer como pobreza y periferia a lo largo de la historia y en Lo feminino como periférico incluso hoy. Me gustó senta(i)rme o reconocerme allí (aquí), que es lo mismo que decir que me gustó leer el libro mientras miraba desde la esquina (del ojo y del cuarto) a mis dos hijos saltando de la cama a la alfombra, armando rieles de tren, preguntando cuándo vamos al parque. Y tengo que añadir que estábamos en la habitación de ellos, que yo era la intrusa in a room of their own.  Alguien debería escribir sobre la literatura orgánica, sobre la experiencia orgánica de la literatura. Supongo que sería el paso siguiente al libro de Woolfe.

Una idea: más que un escritor andrógino, más que el encuentro entre los poderes y debilidades masculinos y femeninos, habría que pensar hoy en una lectoescritura que transforme la lucha de poderes en cooperación. Habría que ser no tanto andrógino, sino cooperativo. Empático. De eso, a veces me parece que no hay mucho.

Y una cita hasta la próxima: ”I need not to say that what I am about to describe has not existence… lies will flow from my lips, but there may perhaps be some truth mixed up with them”. Puede que genere vértigo, pero si no es para contar algunas verdades, ¿de qué sirve escribir ficción?

Este recuento des-organizado viene por entregas, y por cosas de la cronología bloguera aparecerá en retroactivo, una mirada invertida que no está de más, pues a fin de cuentas, de eso se trata. Se trata de una recolección que me conecta con la pulsión que devino en blog. Por lo pronto, estoy en NY y hoy es miércoles. Es el día de mi clase con Antonio Muñoz Molina. Contar con su mirada es de lo mejor que me ha tocado hasta ahora. Su mirada sobre la obra del otro, es en sí misma un cajón de este inventario.

Violently happy

Tengo que comenzar por el final. Digamos que este es un prólogo. Resulta que escribí este post el fin de semana y supe desde el comienzo cuál sería el título (el que aún lleva y ahora tiene tanto más sentido). Mientras escribía pensé en Bjork y la energía violentamente feliz que en efecto despliega en esa canción, que me encanta. Y pensé en la valentía. Luego me pregunté si la expresión “violentamente feliz” es un oxímoron.  Me dije que no.

El trabajo de Bjork me parece misterioso e inteligente, dulce y violento (sí), y me asombra de su persona entre otras cosas la apariencia infantil (ahora pienso: los niños son felizmente violentos a veces, ¿no?).  Ahora me pregunto (ya, se jodió el post, iba a un sitio y terminé en otro): ¿qué tienen los músicos Islandeses?, ¿qué tiene Islandia? No soy experta en el tema (a estas alturas debe ser obvio), pero está Bjork, está Múm, está Sigúr Ros. Las tres propuestas musicales me inquietan.

Si pudiera escribir esta parte que sigue al pie de la página lo haría. Habrá que imaginarse que este es un pie de página con el número 1. Ahí va: Tengo un amigo que teme perderse cuando expone un tema y ahora pienso en él y en cuán inapropiado debe resultar este post si quien lo lee espera que diga lo que vino a decir y nada más. El post. Y yo. Yo vine a decir lo que vine a decir, y luego también otras cosas, tan o más relevantes en mi idea del universo y sus misterios. Se acabó el pie de página.

El caso es que el post se titulaba así como ahora.

Lo escribí durante el fin de semana, lo dejé descansar porque sabía que había algo más qué decir, y hoy comencé a leer lo que tocaba para la clase de Forms and Techniques of Poetry: nada más y nada menos que:

Islandia. Iceland. Decir Iceland es sentir el hielo y la planicie del origen, viajar al nacimiento de otro planeta que sí, también es el nuestro; mudarse al sonido de la brisa, al comienzo de un lugar lejano que se me acerca al pronunciar su nombre. Iceland. Tengo todo el día leyendo (sobre) poesía islandesa y escuchando Múm. Busqué fotos, leí más.

Corro sin restricciones ni economías musculares hasta quedar sin aire, doy vueltas en una pradera hasta caer mareada, grito una palabra mágica en un sitio en el que nadie puede escuchar. Me paro sobre las manos: Adho mukha vrksasana es para mí una expresión de la felicidad violenta. Siempre me he imaginado parada sobre las manos, muchísimo antes de mis inicios en el yoga. Era una imagen recurrente que llegó a inquietarme. Ahora es práctica diaria que me acerca al juego y al límite, una de las pocas posturas en las que el precipicio y el futuro queda en la espalda. Mientras dura la pose y el equilibrio, y hay la sutileza para mantenerse allí (así), uno queda mirando hacia atrás: todo se invierte y el mundo que uno ha dejado se muda frente a los ojos. La existencia por venir en cambio se muda a la espalda, no se puede ver pero está allí y más cerca que nunca gracias al gesto, a la ásana.

Así que Islandia me invitó y yo fui. Estoy allí, para ser sincera. Estoy escribiendo desde una casa de madera color blanco, con escaleras en la entrada. Hace frío y desayuné tostadas con mantequilla y mermelada de cerezas. No me importa el arquetipo: ahora seguro hay alguien comiendo pan con mantequilla y mermelada en Iceland.

Eso era lo que tenía que decir antes de publicar este texto. Celebro y agradezco las coincidencias perfectas y creo que cuando ocurren hay que honrarlas, al menos decirles: te vi, me doy cuenta de que ocurres, no soy ciega, sé y siento que hay algo más. Gracias.

Pie de página número 2: Una circunstancia casual o causal como esta, con este imán y este asombro, me ocurrió una vez. En esa oportunidad terminé en el Sur de India.

Ajá. A lo que vinimos. Este era el post (que ahora me parece que no tiene nada que ver pero sí, no perdamos la fe).

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Desde comienzos de diciembre muchas cosas cambiaron y se ha venido gestando un gesto (¿violento?) que no deseo posponer. Pronto es febrero, ya se estrenó el 2012, comencé el semestre, cumpliré años. Let It Happen, incita mi profesor de yoga cuando estamos por pararnos sobre las manos o abriendo las caderas más allá de lo que desde afuera puede parecer razonable. (Let it happen). Y digo desde afuera porque hace falta estar allí, acostado en el piso y con los flexores entre la pelvis y los muslos bien calientes para saber que lo único razonable es terminar de soltar, entregar (se). Lo razonable es lo preciso. Hablo de caderas y podría hablar de pecho. O de texto.

He decidido lanzar todo por los aires.

Y lo haré violentamente feliz, como diría la islandesa.

(You are stronger than you think you are)

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Exhalación kapalabhati es una respiración tipo fuelle que se origina en el vientre y tiene eco en la cabeza. Limpia el cráneo.

Están saliendo desde el diafragma inferior y por los aires algunos viajes, los míos y los de otros, historias, poemas. Crónicas. Historias tan privadas que no conozco aún se preparan para la expulsión hacia el cielo. Cuando las lance al (des)orden descubriré que existen, que hay algo oscuro y mío, algo que me habla y pide ser descubierto, y que nace de ellas. También tendré que aceptar que no, nunca ocurrieron. Vuelan recuerdos sobre momentos que no tuvieron lugar como los cuento, el mapa de un sitio al que no he ido pero del que conozco cada estación, cada carretera, cada viento helado, cada ola. (El sonido de la respiración es una ola eterna).

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Estoy prematuramente cansada de la pregunta: ¿pero es cierto?, esto que cuentas acá, ¿ocurrió realmente? Ya se sabe, lo sabe la antropología aunque lo niegue (esto que te he dicho no lo repitas, si lo divulgas diré que no, jamás dije que la ciencia objetiva no exista): todo es siempre ficción.

Si le hubiese preguntado a un amigo Warekena durante mis trabajos de campo amazónicos: este mito de creación, ¿es cierto?, seguramente se habría reído en mi cara. Tal vez no me hubiese invitado más nunca a conversar. Le hubiese parecido maleducada y además aburrida. Este lugar, acá; ¿es un ombligo más del mundo o es el único ombligo del mundo?

¿Y quién te dijo que lo es?

Ya sé que no escribo antropología. Me costó mucho decidir no hacerlo más y sé, estoy segura, que hubiese podido continuar haciéndolo sobre todo porque estudiaba justamente relatos: así que hubiese disfrutado de la narración y calmado mi hambre desde otro lugar.

Antes y ahora: no creo que tenga sentido preguntarle a ninguna historia si lo que cuenta es cierto.

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Las palabras, las fotos, las memorias, las historias posibles y reales (¿dije reales?) se posan sobre la superficie horizontal. (Let it happen) Sobre un papel. (You are stronger than you think you are). Ciertos gestos, varios motivos lógicos para la composición y algunas memorias caen antes, los más pesados, los más grandes; es asombroso ver qué se junta con qué, qué va cayendo luego y cómo se posa sobre lo que ya estaba. Así es esta historia no violenta felizmente violenta: a ratos un poema.

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Yo hoy estoy en Islandia. Islandia es isla e Islandia es hielo. Islandia es adho mukha vrksasana y amor revolcándose en la hierba. A los poemas no se les pregunta. Se les responde con silencio. Quien se inquieta desde el silencio violentamente feliz, gana.