Todo está siempre desplazándose hacia un punto mínimo que queda lejos. Todo se pierde en el tiempo y su hija la memoria. Me seduce la idea de la fuga: la fuga del momento y del recuerdo. Hay episodios que olvidé y que al menos en un estrato parecen haberme abandonado. Sé que están allí, me constituyen, pero vagan escondidos, sin orden ni dueña. Extraviados.
Este es un espacio dedicado a los fragmentos huérfanos, inconstantes. Fugaces. La brisa decembrina, algunas historias propias y de otros que pasan, van pasando. El gesto de un desconocido en una esquina cualquiera que ya olvidé.
Y este espacio está dedicado también a los fragmentos obsesivos, los responsables del empecinamiento. Esos que parecen permanentes. La uña que insiste hasta romper y sangrar. La mirada que capta el detalle y el ojo húmedo de tanto mirar. La frase que leo y me despierta. La historia que insiste hasta que alguien, yo misma tal vez, la escribe.
Sé que está la pérdida, es cierto, pero también está la salvación: todo lo que importa sobrevive gracias a la persistencia en la mirada del que ve. Será por eso mi manía y mi fijación. Que no se pierda, que no se aleje eso que soy, eso que pienso del mundo ahora, parece a veces mi mantra.
Por eso esta fugapermanente. En mi bolso una libretita, mi agenda desordenada y multisignificante, y un pucho de sticky notes de colores. Escribo en lo primero que atajan mis manos al introducirse en él. En la pantalla este blog. Para jugar. Para practicar. Para no olvidar lo que me gusta. Para contenerme y para salvar lo que me importa de aquella fuga hacia la que todo lo que no tiene dolientes se desplaza.
Pero hay algo más. Esta es mi casa, acá recibo visitas, las de personas que me quedan lejos, las de personas que me quedan cerca. Para eso también está fugapermanente, esta ventana, esta puerta siempre abierta. Desde mi silencio y mi casa, les doy la bienvenida.
