Con furia

No entres mansamente en esas buenas noches
rabia, rabia contra la muerte de la luz
Dylan Thomas

Mi maestro Dharma, a quien llamo amorosamente mi viejito de Nueva York como para tener no sólo un maestro, sino una estrella polar en aquella ciudad, ese señor cuyo mantra cantamos mi hijo y yo de vez en cuando en mi carro (él se muere de la risa con el sánscrito mientras estamos en una cola de esas interminables de Caracas), dice que hay posturas que deben enfrentarse con determinación rabiosa. With angry determination.

El acercamiento de este maestro a la práctica física tiene como inspiración la devoción y la valentía. A la serie de Dharma se entra con el pecho muy abierto, los omóplatos bien unidos en el centro de la espalda, el corazón a explotar. Todo se supedita a eso, incluso me atrevería decir que se supedita a eso la alineación. Una pose puede estar un poco fuera de centro, pero si el yogi anda con el corazón y la espalda fuertes, y movido por la devoción, si está actuando desde un lugar de amor y entrega, vale.

Se podría pensar que una cosa queda en el cuerpo y la otra en el alma, las aperturas de pecho deben quedar en el pecho, obvio. Y la valentía quedará, no sé, en la cabeza. O en la energía pensada en abstracto y en ningún lado. Pero con la práctica se descubre que se trata de dos caras de la misma moneda, dos cintas con las que se arma el mismo lazo. Apertura de pecho y valentía las veo así como la lanza impulsada y el aire sobre cuyos átomos invisibles ella se desplaza.

Angry determination. A veces uno duda, siente temor de esa aparente terquedad, de ese empecinamiento con el que el viejito de Nueva York invita a entrar a las posturas, uno teme estar entendiendo mal, si el yoga da tanta importancia a la humildad y la aceptación de lo que hay. A veces uno duda de sí, de su propia motivación; hay que preguntarse, es que hay que preguntárselo: ¿porqué me estoy dando así, tan como si el final del día llega ya? ¿Es que verdaderamente algo importantísimo, digamos la liberación del ser en plena alegría, puede depender de la realización de una postura con ganas salvajes? Ojo: no importa cuán perfecta resulta ser la pose en apariencia. Dharma lo que sugiere, a lo que invita, es a practicar con entrega absoluta, a darlo todo de sí, trátese de un principiante o de un yogi avanzado en la práctica física. Obviamente cada quien tiene sus niveles y sus posibilidades, y esa realidad particular también hay que respetarla. Todo parte siempre del amor y el respeto hacia uno y el otro.

Mientras más se practica se descubre hasta cuándo y dónde, a qué postura sí, entregarlo todo, ofrecer esa fuerza primigenia que pronto se descubre no es rabia sino todo lo contrario: amor. Un amor transparente que advierte la necesidad de hacer, ya. No se puede dejar la cosa para después. Una vez se cuenta con las herramientas precisas, no abrazar con todo la posibilidad, es una falta.

Con cuánta furia quiere entrar uno a ciertas cosas, a ciertos proyectos, a cierta gente. Lo dice luego la vida, si se sobrevive o se sale sin aire, sin lanza y sin valentía. El resultado poco importa. Al final lo que cuenta es la virtud que motoriza la acción. El abrigo bajo el manto poderoso de la bondad.

Raro, ¿no? en un mismo post decir amor, virtud, decir bondad, saber que el empalagamiento está ahí en la curva. Y entonces, ahí mismito, decir furia. Decir rabia contra la muerte de la luz, decir salvaje y decir estoy listo para llegar donde voy.

You may die tonight.

La primera vez subí aquellas escaleras angostas y empinadas con los ojos hechos agua sin entender porqué. No sabía mucho sobre él, ni qué hacía yo  en aquel lugar. Pero sentía peldaño a peldaño que me acercaba a un fuego, a un precipicio, a una nueva ruta de escalada. Aunque no comprendía de qué se trataba el asunto, tenía claro que lo que estaba por vivir no era inocuo, no era una ventana por la cual asomarse. No lo sé explicar sin traicionar el verdadero sentido de lo que ocurría en mí. Amor, veneración y obediencia son algunas de las palabras que me dictan al oído. Por cierto, la obediencia sin cuestionamientos hacia otro ser humano no es muy común en nuestra cultura, centrada en el ego y la independencia del individuo.

Desde aquel mediodía de otoño supe que algo había cambiado. Luego de la clase me puse el abrigo, las medias, las botas y bajé las escaleras a la 23 con tercera para descubrir en el trayecto que la calle ya no era la misma. La ciudad, aquella ciudad que no me pertenece y a la que me une un lazo misterioso, ya no era la misma. Años antes fui a la India para estudiar con un maestro. Había practicado asanas, cantado mantras, kirtan, meditado, había practicado pranayama. Había prestado servicio. En Nueva York estudié anatomía y aprendí visiones del yoga más “parecidas” a occidente.  Y al entrar al salón y mirar su cuerpo vestido de naranja, encontré mi cuerpo nervioso como ante una verdad. Entendí la diferencia. Supe que  había encontrado a mi maestro. Su mensaje o el que le intuyo y su estilo descomplicado son el bálsamo para mi constitución.

Este diciembre fui a su escuela nueva. Subí por el ascensor y entré a un lugar más grande y moderno. Era lógico, Dharma necesitaba una nueva casa para atender a tanta gente. The Master of teachers continúa teniendo aquella vieja escuela y ahora también ésta, a pocas Avenidas en dirección hacia el oeste. Me senté en el piso, sobre el mat que alquilé. Ahora viajo sin colchoneta. Esperé. Reconocí un par de rostros sin nombre.

Cuando entró pude ver su sonrisa suavizar las esquinas, acariciar el aire. Su amabilidad. Su entereza sencilla. Me reencontré con la emoción. Lo vi más viejo y a la vez sin edad. Parece una receta imposible, pienso al escribir esto, más viejo y sin edad parece también un lugar común, pero habría que tenerlo en frente para saber que es cierto. Cabellos blancos y chakrasana. Cuerpo menor y lo que venga. Juego y Yoga Sutra. A veces me digo que nunca sabré si me recuerda, si sabe quién soy. La transformación que genera en mí no tiene correlato en el tiempo, si me pongo a sacar cuentas he asistido a poco más de una veintena de  sus clases.

Comenzó la sesión. Rato después sentí que me miraba, y sí, seguro sabe quién soy más allá de mi nombre o mi rostro. Se acercó y me pidió, me ordenó, me recordó, que no perdiera mi tiempo con variaciones sencillas de posturas ya visitadas. No tuve oportunidad de explicarle los 18 meses sin yoga, los dos hijos, el miedo al dolor o a la lesión. Ya estaba en la postura antes de siquiera pensar. Dharma es así. Pasea por el salón mientras dicta la clase y parece que está regando un jardín. Sentí una caricia respetuosa cada vez que posó su mirada en mi. Y me vi florecer, abrir el pecho. Me vi fuerte.

Cuando terminó lo que él llama el calentamiento o la preparación para las asanas verdaderas, una hora más tarde de comenzar la clase y meditar, respirar y pasar por las posturas de pie, me invertí. Todo luce distinto con los pies hacia el cielo. Sirsasana.  Sarvangasana. Adho mukha vriksasana. Dos veces caí en puente y mientras lo escribo me sudan las manos. Ya no hubo miedo ni dolor al miedo.  Ya son muchos años de saberme aprendiz y la verdad nunca he tenido apuro. Ahora que lo pienso quizás eso es reprochable. Don’t waste your time. You may die tonight.

En aquella clase sentí el vértigo pero no de cabeza, no sobre las manos, sino torciéndome. Con cada vuelta de girasol quedé sin aliento y pensé en cuánto se parece la falta de aire al miedo. Exprimí el corazón, los pulmones, moví las costillas. Sentí el estómago moviéndose, adhiriéndose a la columna en una forma caprichosa. ¿Sería la cabeza como mirando lo que quedó atrás el motivo del vértigo? Me pregunté qué es lo que ocurre primero cuando se siente un temor intenso. Y descubrí que van juntos, sin aliento es lo mismo que pavor. Pavor es sin aliento. Que no se me olvide respirar para no tener miedo, pensé.

Aquella tarde le escuché decir que sólo yo tengo la respuesta que busco. No hubo novedad. Salí, me puse el abrigo, subí al metro y me encontré con mi familia, ahora crecida. Desde ese día la ciudad cambió, cambió de nuevo, que es lo mismo que decir que volvió a ser la de antes. Mientras caminaba hacia una pizza y una copa de vino, pensé que mirarlo sonreir y escucharlo diciendo “ahora vamos a cantar el mantra de purificación, si no conoces su letra repite lo que te parezca, aparenta cantar”, era ya el viaje. El viaje de siempre. Siempre distinto. Nueva York quedó allá. Mi ciudad dormida hasta la próxima. Dharma se vino conmigo.