De las palabras y el sol, al atardecer

Hoy quiero hablar sobre las palabras que salvan. Es extraño decir esto, generalmente pienso y hablo sobre el silencio, sobre la ausencia de sonidos con significado como posibilidad expresiva intensísima; pero también como yugo,  y como fórmula para la salvación. Javier Marías dice con toda razón dice que el silencio protege, mantiene a resguardo. A mí esa idea en Tu rostro mañana me enamora, como me enamora esa trilogía. Y eso que callar no se me da fácilmente.

El silencio es un agente potentísimo. Sea que se ejerza, sea que se padezca, sea que se procure o intente prolongarse. Trátese de música, de poesía o de pintura. Trátese de amor, trátese de olvido o de muerte. Sea como sea, me conmueve el callar, me fascina con todo y su herida, con todo y su mordida. Ni hablar del poder del silencio en el momento creativo o en los instantes de intimidad con el universo. O con el otro.

Por otra parte me gusta nombrar la ausencia de sonidos, adoro esa contradicción. El silencio no se habla, si se nombra se termina, muere. Pero me gusta la ruptura que representa escribir y pronunciar la palabra silencio. Me asombra esa fisura que se hace cada vez que uno dice voy a callar; o cada vez que se dice esta vez me callo y se explica el motivo. Nombrar el silencio tiene mucho de ingenuidad y mucho de poesía. Ahí está Isabel Coixet, con su Mundo secreto de las palabras.

Hace un par de semanas escribí un poema sobre el silencio y no lo puedo leer en público. No

lo puedo

leer.

Cada vez que me propongo mostrarlo, no llego. Me quedo con mis hormigas punzando el pecho y lo vuelvo a guardar en la carpeta en la que tan bien conservado está.

Pero hoy no escribo sobre el silencio aunque me salí con la mía y comencé por allí. Tal vez como me estoy revolcando en un silencio brutal, tragándolo como a un jarabe amargo, hoy quiero hablar de las palabras. A las palabras voy.

Ayer salí a la calle en una de esas tardes en las que uno anda pateando los charquitos del suelo por el puro placer de descubrir qué porción de la punta del zapato se moja. Era una de esas tardes moribundas pero rabiosamente naranjas, encandiladamente violentas dependiendo del ángulo, en los que Ana estaría tratando de transitar la calle sin pisar las rayas del piso o llegando al semáforo justo a tiempo antes de que cambie a rojo. La tarde de uno de esos días a los que lo único que uno pide es que pasen pronto, para al final poner una rayita en la pared. Ya pasó. Listo. Sobreviviste. Parece mentira, pero las tardes así existen. Y también las personas que se consideran a sí mismas razonablemente o más que razonablemente felices, y con visiones alentadoras sobre el presente y el futuro, las tienen. O eso me digo yo para no sentirme peor.

El caso es que iba así, ojerosa y despeinada, en blanco y negro y en encandilado naranja, ni más ni menos, y me encontré con mapuey. La vi escrita sobre un tirro adherido a una caja registradora. Sola. Allí. Junto a una serie de números. Un código que por algún motivo debe haber costado mucho a la cajera recordar, o no está en la lista general de productos del supermercado y tuvo que copiarlo en ese lugar singular. Mapuey. Ahí estaba con su número. Eso era todo. La repetí en silencio varias veces. Me llevó a mi abuela. A su sancocho y su cocina de cerámicas color verde y blanco. Pensé que no sé cómo es el mapuey. Puedo jurar que me sentí lejos de la tierra y lo lamenté, y que entonces pensé en barro, pensé en indígenas, en vasijas. Pensé en la cualidad de los tubérculos. En el olor de la tierra cuando llueve. Mapuey. Pagué y me fui.

Yo no sé qué pasaba ayer. Será eso, tal vez como no había en mi vida palabras que me confortaran, salí a buscarlas, a hacerme de un colchón fonológico y semántico a mi medida, que me protegiera de tanta arista. Saliendo del supermercado me encontré con estambre. Muy especial a su manera, estambre. Su referente: varias pelotas del hilo lanudo expuestas en una vitrina de una mercería. Tan hermosos los colores que por un momento quise ser un gato. Últimamente me está provocando mucho ser felina y eso es algo nuevo. Pero acá no quería nada muy atrevido, quería ser un gatito en la mitad de una sala, si es posible con chimenea y una taza de té sobre una mesa. Un lindo gatito que quizás olfatearía el aroma del té mientras persigue la pelota de estambre y aprovecha, se entrega con todo al juego antes de que lo encuentren enredado en su juguete. Y antes de que se tomen el té, supongo.

Al llegar a mi casa escribí a una amiga a quien quiero y está en las antípodas. Es increíble: está en las antípodas. Cuando yo estuve en las antípodas no lo supe y es importante. Le da toda una nueva cualidad al viaje. Decía que escribí y le dije que nos veíamos con un astrolabio. Algo así. Y ocurrieron dos cosas. Primero me sorprendí por tener astrolabio en mi almacén personal de cachibaches a pesar de no usarla jamás. Y luego, me sentí conmovida por la hermosura de esa palabra en su totalidad y sus partes. Astro. Labio. Astrolabio. Ayer lo repetí como un mantra y cada vez me sentí mejor. Como si se tratara de un hallazgo, no sé, de un cristal encontrado en la mitad de la calle que hubiese recogido y metido en mi cartera para convertirlo en una posesión importante.

Cada vez que me topé con una de esas tres palabras hubo un respiro. Una pausa. Sí. Un silencio. Un silencio suspiro lleno de sentido. Si estuviera en Flatliners, esa película en la que un grupo de jóvenes explora a través de la medicina la frontera entre la vida y la muerte, en cada uno de esos tres encuentros hubiese arqueado mi cuerpo hasta el techo, inhalado con rapidez y violencia, y vuelto a vivir. Fue como si la luz no estuviera muriendo, como si el sol se diera el lujo o aprovechara la veta que me ofreció en su momento cada palabra, para hacer la última pataleta del día, y dijera tercamente de aquí no me voy.

Ciertas palabras, aún si se callan, son un salvavidas.