Imaginación y voluntad

 

Algunas noches me despierto y no logro conciliar el sueño. No puedo dormir pero es demasiado pronto para despertar, los ojos no están preparados para adaptarse a la luz de la lámpara de noche, ni para leer ni para escribir. Y la mente tiene su propio plan. Cuando no puedo dormir ni estar despierta, en esa bisagra, imagino a voluntad. Invento sets de filmación. Algunas veces yo misma formo parte del juego, me convierto en un personaje más dentro de la trama que la guionista de la noche, es decir yo misma, define o diseña que debe ocurrir. Hay escenas que se repiten, porque caigo vencida por el cansancio pero pronto despierto de nuevo, preguntándome dónde había quedado. A veces las repito sencillamente porque las quiero perfectas, o porque me proporcionan placer y puedo. En algunas oportunidades las reedito por pura obsesión. Por cierto, no sé qué le pasa a cierta gente con las obsesiones, las ven como una plaga. Yo tengo afecto y mucho respeto a las mías. 

A las dos, cuando la mayoría de las personas o duerme o está bien despierta, juego en la bisagra, entro en el set. Esas noches no son más largas, ni más cortas. Las noches no son mejores, ni más tranquilas. No son sensoriales, o no siempre. Son más libres. 

Me parece que si hubiera una moral del imaginario o del imaginador, sugeriría en este caso pedir prestados mis personajes a sus verdaderos dueños. Muchas veces los seres en mi sueño dirigido (por cierto Borges dijo que la literatura es eso, un sueño dirigido), se desdoblan a partir de un cuerpo real, y pedir permiso a su fuente, a su matriz, podría ser lo adecuado. A fin de cuentas  lo que ocurre en mi imaginación es bastante creíble, al menos en una capa de la realidad, hay noches en las que ciertas personas no están en su cama a la hora en la que creen dormir. Eso me consta.

La realidad se compone de diferentes capas, eso dice el pájaro-que-da-cuerdas de Murakami. Si eso es así, nadie puede asegurarme que no existan capas permeables. Yo creo que es posible que una idea, una imagen, un personaje inventado en alguna capa, digamos en la vigilia silenciosa entrada la noche, se cuele a la siguiente y termine sentado conmigo tomando un café. Si preguntara al pájaro-que-da-cuerda, confirmaría sin dudas lo anterior. Todo juego mental tiene su riesgo. Estoy segura.

Y hablando de la relación entre literatura y sueño y vida, esto no puede obviarse: ha pasado y pasa, uno escribe un cuento y luego le ocurre alguna cosa relacionada con él  -conoce al personaje sobre el que escribió sin haberlo visto jamás, visita un lugar exacto al de la historia, ocurre un drama, un amor, una separación, anunciado desde la narración. Una vez encontré en una obra expuesta en el Centro de Arte Los Galpones lo que podría definir como un trozo de mi cuento Ana no duerme. Tomé una fotografía de la instalación, muy asombrada, casi dudando qué había sido primero, si esa obra que miraba y registraba, o el cuento que ya tenía un año publicado en mi libro. Allí están claras, las capas de la realidad. El problema es que nos hemos empeñado en poner un orden, un antes y un después, así somos, pobres sociedades regidas por la historia.

Imaginar, en efecto, es crear. Y cosas insólitas ocurren a la gente que cree que pueden ocurrirle cosas insólitas. Ayer pronuncié estas palabras y luego pensé con asombro que sí, creo en eso. Con la responsabilidad (o la alerta) del caso. De la historia y su linealidad sí es posible escapar.

Es por eso que así como hay ideas con las que se juega a voluntad, imaginarios que se alimentan con todo y el riesgo o la emoción intrigante de convertirlos en reales, también existen posibilidades que uno no quiere considerar. En estos días sentí temores, no vienen al caso los detalles, baste decir que tenían que ver con la vida y la muerte. Intenté no mirar, no pensar, y mucho menos dar forma a partir de un nombre a la posibilidad responsable de la angustia. Más allá de las fuentes del miedo, del caso concreto, sentir como he sentido en las semanas precedentes que con sólo dar fuerza a una idea terrible es posible materializarla, me permitió corroborar la confianza que tengo en la mente y sus inventos, en las posibilidades de hacer mundo que ofrece la imaginación.

Una vez más el placer y el temor muestran dos caras de la misma verdad. Este final es feliz, promete. La página y el desvelo angustioso ya pasaron. Así que esta noche, si despierto a las dos o a las tres, imaginaré a voluntad y sin miedo. Por gusto.

Los esquemas literarios (o… esta excusa que invento para no escribir lo que se supone que estoy escribiendo)

Henna+03

El orden de los factores no sólo altera, sino que define el producto.

Lo pensé hace un momento, y con las mismas me congracié con la adolescente que aunque estudiosa, advirtió desde el tercer año de bachillerato que lo que haría en un futuro nada tendría que ver con las matemáticas.

La estadística en antropología y ciencia política casi desmintieron a aquella estudiante, auya adolescencia, cuya rebeldía natural (digo natural a su edad) pareció la responsable del desatino. Viste, sí necesitabas los números.

Pasaron unos años y felizmente puedo darle la razón.

El orden de los factores, en mi mundo, sí altera el producto.

Ahora estoy escribiendo una historia y cada vez que cambio un pequeño elemento en la cronología de los hechos que narro, cambia la historia misma, sus personajes, e incluso, mi afecto por ella.

Qué cosa tan delicada escribir un esquema. Definir lo que viene primero y lo que viene después.

Cambio algo. Detesto lo que escribo.

Cambio de nuevo, muevo una ficha, el nombre de un destino, y me parece que han valido la pena las últimas horas frente a la pantalla.

Todo, hasta mi amor por esa historia depende de la trama que no deja de moverse. Tan orgánica ella. Sin embargo es curioso, no creo que lo que ocurre en la historia que quiero contar, esos fenómenos que narro y continuaré narrando, sea lo más importante. Me parece que los personajes se hacen de detalles y quiero que mi historia sea una historia de personajes, no de grandes logros o acontecimientos o dramas. Quiero que sea una historia de personajes.

Pero, lo que cada uno de ellos decide hacer o no, es lo que lo define…

como en la vida. Yo no soy lo que hago pero lo que hago dice mucho sobre quién soy.

Por ejemplo, no calculo. Juego con fichas. Y me dejo emocionar por lo que ellas generan cuando dejan de ser rectángulos planos para convertirse en lluvia. En encuentros y en alguna de las mujeres que pude haber sido y no fui.

Fui esto. Ordena, cambia, borra, arruga, ordena.

Anne Sexton

sexton

Deseando Morir

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.

Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.

Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.

De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.

No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.

Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,

y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.

Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

Lo que dijo el punk

Ritmo

Brevedad

Comprensión

es lo que dijo Kiko Amat en su taller literario para punks que no podía dejar de existir en una novela.

recuerdo que dijo eso, y que cuando piensa en un blogger se imagina a un tipo en pijama frente a la computadora. miro hacia abajo y encuentro mis pantaloncitos de rayas y mis pantuflas de bailarina. sí, a veces escribo en pijama.

a veces punk y conservador son sinónimos.

Eso sí, estas tres me gustan. ritmo. brevedad. comprensión.