You may die tonight.

La primera vez subí aquellas escaleras angostas y empinadas con los ojos hechos agua sin entender porqué. No sabía mucho sobre él, ni qué hacía yo  en aquel lugar. Pero sentía peldaño a peldaño que me acercaba a un fuego, a un precipicio, a una nueva ruta de escalada. Aunque no comprendía de qué se trataba el asunto, tenía claro que lo que estaba por vivir no era inocuo, no era una ventana por la cual asomarse. No lo sé explicar sin traicionar el verdadero sentido de lo que ocurría en mí. Amor, veneración y obediencia son algunas de las palabras que me dictan al oído. Por cierto, la obediencia sin cuestionamientos hacia otro ser humano no es muy común en nuestra cultura, centrada en el ego y la independencia del individuo.

Desde aquel mediodía de otoño supe que algo había cambiado. Luego de la clase me puse el abrigo, las medias, las botas y bajé las escaleras a la 23 con tercera para descubrir en el trayecto que la calle ya no era la misma. La ciudad, aquella ciudad que no me pertenece y a la que me une un lazo misterioso, ya no era la misma. Años antes fui a la India para estudiar con un maestro. Había practicado asanas, cantado mantras, kirtan, meditado, había practicado pranayama. Había prestado servicio. En Nueva York estudié anatomía y aprendí visiones del yoga más “parecidas” a occidente.  Y al entrar al salón y mirar su cuerpo vestido de naranja, encontré mi cuerpo nervioso como ante una verdad. Entendí la diferencia. Supe que  había encontrado a mi maestro. Su mensaje o el que le intuyo y su estilo descomplicado son el bálsamo para mi constitución.

Este diciembre fui a su escuela nueva. Subí por el ascensor y entré a un lugar más grande y moderno. Era lógico, Dharma necesitaba una nueva casa para atender a tanta gente. The Master of teachers continúa teniendo aquella vieja escuela y ahora también ésta, a pocas Avenidas en dirección hacia el oeste. Me senté en el piso, sobre el mat que alquilé. Ahora viajo sin colchoneta. Esperé. Reconocí un par de rostros sin nombre.

Cuando entró pude ver su sonrisa suavizar las esquinas, acariciar el aire. Su amabilidad. Su entereza sencilla. Me reencontré con la emoción. Lo vi más viejo y a la vez sin edad. Parece una receta imposible, pienso al escribir esto, más viejo y sin edad parece también un lugar común, pero habría que tenerlo en frente para saber que es cierto. Cabellos blancos y chakrasana. Cuerpo menor y lo que venga. Juego y Yoga Sutra. A veces me digo que nunca sabré si me recuerda, si sabe quién soy. La transformación que genera en mí no tiene correlato en el tiempo, si me pongo a sacar cuentas he asistido a poco más de una veintena de  sus clases.

Comenzó la sesión. Rato después sentí que me miraba, y sí, seguro sabe quién soy más allá de mi nombre o mi rostro. Se acercó y me pidió, me ordenó, me recordó, que no perdiera mi tiempo con variaciones sencillas de posturas ya visitadas. No tuve oportunidad de explicarle los 18 meses sin yoga, los dos hijos, el miedo al dolor o a la lesión. Ya estaba en la postura antes de siquiera pensar. Dharma es así. Pasea por el salón mientras dicta la clase y parece que está regando un jardín. Sentí una caricia respetuosa cada vez que posó su mirada en mi. Y me vi florecer, abrir el pecho. Me vi fuerte.

Cuando terminó lo que él llama el calentamiento o la preparación para las asanas verdaderas, una hora más tarde de comenzar la clase y meditar, respirar y pasar por las posturas de pie, me invertí. Todo luce distinto con los pies hacia el cielo. Sirsasana.  Sarvangasana. Adho mukha vriksasana. Dos veces caí en puente y mientras lo escribo me sudan las manos. Ya no hubo miedo ni dolor al miedo.  Ya son muchos años de saberme aprendiz y la verdad nunca he tenido apuro. Ahora que lo pienso quizás eso es reprochable. Don’t waste your time. You may die tonight.

En aquella clase sentí el vértigo pero no de cabeza, no sobre las manos, sino torciéndome. Con cada vuelta de girasol quedé sin aliento y pensé en cuánto se parece la falta de aire al miedo. Exprimí el corazón, los pulmones, moví las costillas. Sentí el estómago moviéndose, adhiriéndose a la columna en una forma caprichosa. ¿Sería la cabeza como mirando lo que quedó atrás el motivo del vértigo? Me pregunté qué es lo que ocurre primero cuando se siente un temor intenso. Y descubrí que van juntos, sin aliento es lo mismo que pavor. Pavor es sin aliento. Que no se me olvide respirar para no tener miedo, pensé.

Aquella tarde le escuché decir que sólo yo tengo la respuesta que busco. No hubo novedad. Salí, me puse el abrigo, subí al metro y me encontré con mi familia, ahora crecida. Desde ese día la ciudad cambió, cambió de nuevo, que es lo mismo que decir que volvió a ser la de antes. Mientras caminaba hacia una pizza y una copa de vino, pensé que mirarlo sonreir y escucharlo diciendo “ahora vamos a cantar el mantra de purificación, si no conoces su letra repite lo que te parezca, aparenta cantar”, era ya el viaje. El viaje de siempre. Siempre distinto. Nueva York quedó allá. Mi ciudad dormida hasta la próxima. Dharma se vino conmigo.

Estaciones de la visita a una ciudad

Aeropuertos y aviones aparecen en varios de mis cuentos. Abajo va un fragmento de El Silencio, de mi libro de cuentos “Ana no duerme”. Las fotos que siguen son de mi viaje a NYC este mes.

Continuaron el recorrido. Lucía fue observando la boca del túnel acercarse, mientras escuchaba las rueditas del equipaje de Adrián justo detrás. Miró el hueco cada vez más grande y luminoso. Ya él la había alcanzado, de manera que entraron juntos, o como si fueran juntos, al túnel. Ella iba distraída o más bien concentrada en una plancha de acero ligeramente despegada en el arco del techo. Ese es un problema para Lucía, no cualquiera entiende que estar concentrado no es lo mismo que ir distraído, y mucho menos está al tanto de las numerosas oportunidades que brinda el día, a ella al menos, para concentrarse. Ella no lo sabe, no puede saberlo, pero esa imperfección que ahora la mira desde arriba no ha sido notada por pasajero alguno que transite por allí. Tal vez la plancha comenzó a despegarse esa misma mañana, o tal vez nadie nunca miró hacia el techo justo en ese lugar. Ya Adrián iba adelante, hablaba por teléfono mientras intentaba acelerar el paso; en tanto se escuchaba la voz ubicua de las señoritas impecables, indicando puertas de embarque y horas de partida, siempre empeñadas en poner orden, en hacer que todo, al menos en ese recinto, ocurra como planeado.


Desde el momento en que abrí la persiana del apartamento en el que nos quedaríamos en Nueva York, un lugar comenzó a tomar forma, o más que forma, identidad en la construcción de mi memoria sobre el viaje. Con tanto que mirar en aquella ciudad, y este edificio común, ubicado en una esquina cualquiera, con su anuncio encendido color rojo vibrante, terminó covirtiéndose en una fijación. En un enganche. Pronto descubrí que su anuncio desaparece a las tres de la madrugada y no es encendido antes de las ocho de la mañana. En tanto ya me había hecho de un mapa, mental, fotográfico, en el que el Hotel Empire resultaba el único hito necesario.

Durante toda mi estadía no logré espiar a ningún huésped. Lo demás fue caminar, encontrar viejos amigos, asombrarse. Y seguir caminando.