3 am

Me despierta el poema. Le doy una vuelta. Lo reviso, tal vez cambia de número, ya no es versión cuatro, vamos por la cinco. Lo cubro con una cobija sintiendo esa mezcla deliciosa entre inquietud, incompletitud y trabajo adelantado, cada vez más pulido, hasta la próxima.

Pero no regreso a la cama. Me quedo pensando sobre el impulso que me lleva a abrir los ojos siempre a la misma hora. No ocurre todas las noches, hay algunas largas, de sueño profundo. Otras de desvelos maternos y no tan literarios, más bien salvajes y básicos. Uno se levanta, da unas palmaditas en la espalda, y de vuelta a dormir. Últimamente si me despierta una fiebre, un llanto, una sed, no me duermo, no lo logro. Me siento acá.

Pero en madrugadas como ésta, cuando el motivo de mi vigilia soy yo misma, al asomarme al reloj de la cocina es siempre muy cerca de las tres. Las dos y cincuenta y siete. Como para que cuando la aguja llegue horizontal a la mitad de la mitad, ya esté yo dispuesta y con las manos sobre el teclado.

Hay épocas en las que creo ya no me desvelo más. A los pocos días ocurre de nuevo, y si tengo suerte abro los ojos con una idea. El otro día soñé con mi historia en proceso, con la literaria, quiero decir. A veces surgen canciones que canto ¿mientras duermo? hasta que abro los ojos. A las tres de la mañana o cerca, claro. Qué cosa tan extraña soñar una canción o pensar en ella ad infinitum mientras se duerme o mientras se intenta dormir. Hoy fue Forever de Ben Harper y una foto que vaya usted a saber por qué no me deja en paz y que entregué no sé cuántas veces “mientras dormía” a alguien que conozco. En ciertos casos lo que viene de lo oscuro necesita luz y se convierte en un poema. Otras veces termina en lo de hoy, en una revisión a lo que anda en camino. Algunas historias soñadas son terapéuticas. En ciertos casos lo que despierta es una solución. O una certeza.

Algunas madrugadas me despierto con sensaciones como ésta por ejemplo: hay que concentrar la casa, contraerse, unir los músculos un poco, acabar con esa separación entre fibras, entre pensamientos. Juntar (se). Cuando se está lo suficientemente concentrado es momento de soltar. Soltar las ideas, dejarse ir, despedirse o saludar, dependiendo del caso. Eso pensé ahora, que hay que saber recogerse y luego diluirse, con todo en orden. Qué cosas. Suena metafísico pero no, son cosas de la madrugada.

Vengo de una familia en la que las mujeres se despiertan. He debido comenzar por allí. Mientras servía un vaso de agua hace un segundo me preguntaba ¿Qué pasa con el desvelo? Y no sé si es esto, pero al menos puede ser el comienzo: en mi casa las mujeres se despiertan, se han despertado siempre; se despertaban. Y a primera hora de la mañana es cuando hacen los planes y se comentan las soluciones. Yo no soy de las que habla muy temprano. Pero ese es ya otro tema, me engolosino con la ausencia de sonidos o con los sonidos de la madrugada, que son bien distintos a los del día, sin duda, e intento estirar la melcocha todo lo que se pueda. Ya luego sale el sol y se agradecen los cantos de los pájaros y los niños buscando madre y todo lo demás.

Así que mi desvelo es el desvelo de mis abuelas y mis tías, de mi madre. De cierta manera es un destino que habla de un origen. Y ahora que llegué hasta acá para encontrarme con Teresa y con Luisa y con Margot y las demás, ahora, en este instante bisagra, gracias a este instante ticket que me acerca sin precio ni mudanza a quien ya no está para decirle soy y somos la misma, me puedo ir contenta a dormir.

Y como en esto del regreso a casa sea donde sea que quede casa, la fotografía se me hace equipaje indispensable, de mano, pues, aquí va esta de Abelardo Morell.

son las dos son las tres



Son las dos, son las tres. Desde la niebla te acercas. No te he visto llegar. No conozco tus manos, no las he visto bien y eso no importa. Me sorprendes, trepas mis pies. Aparece tu rostro. Yo busco un cierre, un botón, tu piel. Sé cómo calmar los animales que me acosan, quiero mostrarte y que me muestres. No hay verguenza ni duda, me apresuro. Son las dos son las tres, cualquier hora inconveniente es buena. 

O eso creía cuando la ola comenzó a pasar.

Se rompe la ola. Estalla la ola. Fin. Mis ojos se abren.

Es una trampa, un encuentro así me quiere completa. Cierro los ojos con fuerza, como si tuviera mando. Nada. No hay sonámbula sino mujer despierta. Con el menor ruido me hago un espacio resignado en la densidad, de noche todo es más espeso. Extiendo los brazos para tocar el abismo sin tropezar con el muro imaginario. Desde una esquina miro las luces, líneas inquietas, puntos brillantes. En aquella ciudad que parece de otro hay alguien trepando los muslos de alguien más. Son las dos son las tres. Y todo parece en calma.

No lo sabes, pero eres mi desvelo preferido. Parece un cuento corto pero son más.

 

Toda la Noche


Toda la noche ha sonado el viento
Entre los árboles
Toda la noche te he amado
Fuego laborioso prendo el instante
Doy curso al tiempo
Eres este momento de tu vida
Que entre todos arde y me pertenece
Cambia el sol de la estación
Cambia tu mirada
Ráfaga ciega también brillas
En este oscuro sonido del mundo
En esa silenciosa lámpara
Que parpadea entre tu cuerpo y mi sombra.

Guillermo Sucre