Del ritmo y la pregunta


Escribir para decir que Gordon Lish tiene un ritmo endemoniado. Pensar en lo inútil que resulta a veces la clasificación de ciertos artefactos literarios, pongamos la poesía y la prosa. Pensar en la búsqueda de lo híbrido, el intercambio, lo fluido. Hay narraciones que al mirarse en el espejo lo que encuentran es poema. Pensar esto y en tus dedos golpeando el teclado que siempre parece piano. Escuchar el auto que pasa al otro lado de la ventana seguido del siguiente y luego de una pausa, escuchar al próximo. Pensar en la fotografía y su repetición. El ritmo es siempre visceral, nace, ocurre. Sólo hay que escuchar. Escribir que el ritmo es inhalación-exhalación, vida vinyasa. Lo que se repite es el universo, decir. Entonces intentar escuchar el poema de cada narración. Inclinarte, ajustar el oído hacia el suelo. Esperar.

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Escribir intuyendo que a nadie importa lo que dijiste o temiéndolo. Escribir lamentando de antemano un paréntesis cero gravedad. Reconocer la baba en la que te envuelves y saber que esa sustancia se llama también ego. Preguntarte si hace diferencia ponerle un nombre u otro y concluir que no. Estar al tanto y con cierto asco y a la vez ternura observar esa masturbación conjunta, todos en la misma curva, en el mismo sudor, en la misma cama. Ese peluche entre los brazos, esa humedad, esa tibieza. Preguntarte si podrías hacerlo distinto.

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Saber que cuando mueras lo que vas a extrañar no es lo que dejaste de escribir ni lo que está escrito, sino el tiempo frente a los cuadros negros, la búsqueda percutiva y el mundo, es decir todo lo demás.

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Escribir como una médula, como una navaja en la yugular. Escribir esperando un eco y enfermarse de silencio, recordar que Woolfe sufría como si eso fuese coartada, imaginarse una mínima parte de la causa de ese dolor. Atreverse a la transparencia o intentar lo más parecido a la transparencia, sabotear la calma con tu desnudez y ser fragil  luego. Arrepentirse a las dos, a las tres de la mañana, hora del insomnio, la vez siguiente sentir miedo. Pensarlo mejor.

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Recordar una frase extemporánea y pensar que no viene al caso pero igual invitarla, ¿qué más da?, era algo como Try not to be comfortable. If you’re comfortable, you lost it. Las palabras llueven, se estrellan, te cubren. No las invitas y vienen. Es cosa de ellas, has dejado de copiarlas, no les pones ancla ya. Todo es a causa de la resaca: la buscas, le temes, luego las pierdes, dejas que se hundan en el caos del que salieron. Después de saltar, al paracaídas lo guardas si no has muerto. Hasta la próxima. Decidir dejarse revolcar.

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Saber que lo que importa no lleva nombre público, saber que lo que vale no lleva palabras pero verlas caer como si escondieran una verdad, una gota que se estrella y se vuelve sí, poema Perú de Gordon Lish. Poema trash, ritmo cómplice que te envuelve. En principio fue el verbo es una frase escrita en un libro: así que ¿cómo creerle?, te dices. El principio fue el verbo o un sonido, una abeja susurrando en una vasija antes de explotar, una pantorrilla preñada; son todas historias contadas con palabras para explicar el comienzo de la matriz en la que te sumerges, saber que nadas en ese gel, saber que te vuelcas hacia dentro caracol y que todo lo demás rebota contra una pared insonorizada pero igual no callarlo, sólo prepararte para la conservación o la contemplación del silencio.

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Creer en el fondo que el origen de todo sí fue como lo cuentan, y por eso andar dándole con la uña, con saña, a veces con algo de repugnancia. Andar hincándole el diente y el deseo al teclado cuyos símbolos y orden inmutable te conoces sin mirar. Saberte en la frontera, sentir ganas de recrearte. Sentir ganas. Al final, encontrar sólo palabras para la invención de ti. Volver al comienzo

buscando

un

ritmo.

Aria

glenn+gould

Descubrí las Variaciones de Goldberg hace poco gracias a una amiga a la que quiero mucho y vive lejos. No es sorpresa que haya sido justamente ella quien me mostrara estas piezas de Bach para piano, de las que sin dedicarme a investigar puedo decir lo que ella misma me contó desde la distancia: Bach las escribió por encargo para un hombre que sufría de insomnio. He decidido dejar al desvelado sin nombre, no quiero saber más de lo que Alejandra me cuenta.

Me asombran las distancias históricas con aquel señor que encargó música para calmar sus noches. Pienso en el válium y la belladona. Entonces me pregunto qué buscaba el insomne, ordenar, silenciar los demonios? Despertarlos más bien? Nutrirlos? Seguramente buscaba mirarlos de cerca, hacer las paces con ellos. Viene el estupor. Cuánta claridad sobre el poder de la música. Encargar piezas para piano como si de una pócima se tratara, con la finalidad de calmar un malestar, un descalabro tan difícil como el insomnio. Esa enfermedad que nace de lo más oscuro de la memoria, de eso que no se quiere recordar pero se recuerda, en conjunción con el apuro y la tarea pendiente del día siguiente. Me pregunto, música para el insomnio es música para conciliar el sueño o música para sobrellevar la angustia y pactar en paz con los ojos abiertos y el cuarto oscuro? Y conozco la respuesta.

Estudié cuatro. Estudié piano en la casa de un maestro que olía a humedad. La casa y él olían a viejo. No recuerdo su rostro, pero sé que le temía o le tenía aversión. Años más tarde, como si a la música me atara un hilo conductor, una cuerda resilente, estudié teoría y solfeo. Luego violoncello. Y llegado un momento un día, elegí el alfabeto y sus formas textuales por encima de las notas musicales y su pentagrama. Lo pensé, como si tuviera opción. Y resolví ser espectadora. Pensé que ser espectador tiene su peso, pensé que la tarea y mejor aún el compromiso del espectador lleva lo suyo. Y claro, ahora lo veo, era nostalgia, pura aflicción la que me llevó al razonamiento con su resolución. No quería alejarme. Necesitaba prometerme, declararlo. No viviré sin música.

Suenan las variaciones escritas por Bach. Y recupero la inquietud de hace unos pocos días cuando las escuché por primera vez y me sentí tomada por ellas y su intérprete. Al fin descubro qué siento. Siento que las teclas del piano de Gould me quedan en el pecho. Sus manos venosas y seguramente largas y muy fuertes, tocan el espacio breve pero pronto expandido entre mis pechos. Se explaya el paréntesis entre ellos. El esternón me pesa. Allí mismo están las manos del pianista. Un punto de placer móvil y secreto se extiende desde allí hacia mis brazos y mis dedos. Un temblor se anuncia como si pudiera entrarme. Peso, presión. Aire que falta.

Mientras tecleo ante la pantalla descubro que mis dedos y ese hormigueo podrían estar sobre las teclas de un piano, blancas y negras, sólidas.  Frías al principio pero progresivamente tibias gracias al tacto y a la fuerza de las manos sobre ellas. Mientras tecleo estas palabras, que tecleo rápido y fluidamente, siento que son mis dedos los que producen el sonido del piano en las Variaciones de Goldberg que me acompañan al escribir. Parece que pudiera tocarle el pecho a alguien mientras tecleo al ritmo de la zarabanda de Bach. Aria da capo. Pócima secreta.