Estaciones de la visita a una ciudad

Aeropuertos y aviones aparecen en varios de mis cuentos. Abajo va un fragmento de El Silencio, de mi libro de cuentos “Ana no duerme”. Las fotos que siguen son de mi viaje a NYC este mes.

Continuaron el recorrido. Lucía fue observando la boca del túnel acercarse, mientras escuchaba las rueditas del equipaje de Adrián justo detrás. Miró el hueco cada vez más grande y luminoso. Ya él la había alcanzado, de manera que entraron juntos, o como si fueran juntos, al túnel. Ella iba distraída o más bien concentrada en una plancha de acero ligeramente despegada en el arco del techo. Ese es un problema para Lucía, no cualquiera entiende que estar concentrado no es lo mismo que ir distraído, y mucho menos está al tanto de las numerosas oportunidades que brinda el día, a ella al menos, para concentrarse. Ella no lo sabe, no puede saberlo, pero esa imperfección que ahora la mira desde arriba no ha sido notada por pasajero alguno que transite por allí. Tal vez la plancha comenzó a despegarse esa misma mañana, o tal vez nadie nunca miró hacia el techo justo en ese lugar. Ya Adrián iba adelante, hablaba por teléfono mientras intentaba acelerar el paso; en tanto se escuchaba la voz ubicua de las señoritas impecables, indicando puertas de embarque y horas de partida, siempre empeñadas en poner orden, en hacer que todo, al menos en ese recinto, ocurra como planeado.


Desde el momento en que abrí la persiana del apartamento en el que nos quedaríamos en Nueva York, un lugar comenzó a tomar forma, o más que forma, identidad en la construcción de mi memoria sobre el viaje. Con tanto que mirar en aquella ciudad, y este edificio común, ubicado en una esquina cualquiera, con su anuncio encendido color rojo vibrante, terminó covirtiéndose en una fijación. En un enganche. Pronto descubrí que su anuncio desaparece a las tres de la madrugada y no es encendido antes de las ocho de la mañana. En tanto ya me había hecho de un mapa, mental, fotográfico, en el que el Hotel Empire resultaba el único hito necesario.

Durante toda mi estadía no logré espiar a ningún huésped. Lo demás fue caminar, encontrar viejos amigos, asombrarse. Y seguir caminando.

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