Mirar el río que fluye, la invitación a un atrevimiento

Una visión antropológica en torno al retrato, a la colección fotográfica de la Fundación para la Cultura Urbana, y al libro de Vasco Szinetar que las reúne, El retrato en la colección, por parte de la antropólogo y escritora Keila Vall de la Ville.


Yo soy el río, soy el río y por tanto un hilo de continuidad entre vivos y muertos
al igual que los cuentos
que nos hablan de noche,
me asemejo a los tiempos
y también a los hechos, soy el río.

La fotografía es un medio aún más poderoso que la palabra para contar historias. En la constitución de sentido, lo visual es sólo uno de sus modos: las fotografías además de imágenes, son objetos sociales que cumplen un rol mediador. Son táctiles, objetos sensoriales que existen en el tiempo y en el espacio, están cargadas de experiencia cultural, conectan pasado y presente, y dan cabida a la reformulación de ambos momentos.

Una foto sobrevive al instante gracias a su cualidad material. Puede traspasarse de mano en mano, compararse y reinterpretarse. Es la misma condición perdurable la que le permite actuar en su entorno: una foto establece redes cuya reproducción en la colectividad que la visita es ilimitada, y continuamente reformula sus significados, tanto públicos como privados.

Recuerda que estoy aquí. Recuerda que soy aún,
y que así es cierto que he sido.
Recuerda que podrías verme,
y que tú me has visto.

La fotografía de un rostro representa una ventana a múltiples visiones. Constituye el documento comprobable de la existencia del ser en un momento dado: el retrato es en sí mismo la constatación de que alguien ha sido (Barthes, 1980). Muestra además la manera en que ese alguien ha sido. Cuando la persona fotografiada ha tenido la posibilidad de posar, cuando se le permite una cuota de poder en la captación de su imagen, un retrato puede mostrar la manera en que ella se ha visto a sí misma y ha permitido que le vean. Dos elementos inseparables de la propia identidad. Finalmente, el rito de la foto se completa con la interpretación del fotógrafo, inseparable de sus preocupaciones e intenciones, y a su vez vinculada al contexto histórico y cultural en el que ocurre.

Un retrato también es una ventana al tiempo suspendido. La persona plasmada en la foto así queda para siempre, no envejece. En el congelamiento, el gesto es despojado de la humanidad que se supone la foto ilustra. El retrato es entonces, además de comprobación e interpretación de lo que ha sido, su parcial desnaturalización. Y sin embargo, lo humano permanece. La esencia común con el sujeto interpela al espectador: el poder que la imagen contiene y derrama invita a tocarla, a conservarla, a poseerla.

Si quieres leer el artículo completo, haz click acá:
http://www.fundacionculturaurbana.org/detalle.php?tipo=7&t02_id=73

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