Howard en la cabina de un fotomatón. De cómo un momento desafortunado se hace eterno.


“… metió la mano en el bolsillo y encontró las tres libras que marcaba el fotomatón contiguo a la cabina telefónica. Dobló las rodillas y apartó la cortinita naranja, como el que entra en un harén en miniatura. Se sentó en un taburete con un puño en cada rodilla y la cabeza inclinada. Al levantar la mirada, vio su cara reflejada en la sucia lámina de plexiglás rodeada de un gran círculo rojo. El primer fogonazo se encendió sin darle tiempo de hacer planes: se le habían caído los guantes y, al mirar abajo, oyó el zumido de la máquina, que disparó cuando aún no había acabado de levantar la cabeza y el pelo le tapaba el ojo derecho. Parecía atemorizado y apaleado. Para el segundo disparo, levantó el mentón y trató de desafiar a la cámara, como haría aquel chico… y el resultado fue una expresión más pusilánime todavía. Siguió una sonrisa completamente irreal, que Howard nunca tendría en un día normal. Luego, las secuelas de la sonrisa irreal, un Howard triste, franco, desvalido, casi contrito, como suelen mostrarse los hombres en sus últimos años.”
Zadie Smith, Sobre la Belleza, p.46.

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