Todos somos Howard. Pensando en el retrato a partir de “Sobre la Belleza”

Existen fotografías que uno esconde o guarda o rompe. Retratos que uno se permite mostrar apenas al círculo de amigos o familiares más cercanos, ese de los seres entrañables que por cierto tienen altas probabilidades de compartir su presencia o su vergüenza con la nuestra dentro de los confines del mismo cuadrado bidimensional que ocultamos al resto del mundo. Hay fotografías que uno guarda en el fondo de un baúl o de una caja de recuerdos, sabiendo que con cada re-visita, con cada exploración futura, generarán la misma turbación, esa resaca. Esa pregunta: ¿quién era yo entonces? Y esa ilusión: ahora soy otro.

En la fotografía de mi pasaporte aparezco de trece años, con un peinado escalonado, maquillaje de escarcha y una camisa abotonada hasta cuello. Esos eran los ochenta. Desde allí, una colección de al menos siete fotos más, entre visas y renovaciones del documento, permiten recorrer mi vida tomando como hitos unos que me son insolentes. Cada vez que muestro el pasaporte -no lo puedo esconder, romper, botar a la basura- me siento como desnuda ante un desconocido. El espectador de la continuidad o mejor, discontinuidad de mi imagen, es un funcionario que en ciertos casos sonríe, se sabe el cómplice de una historia que me sonroja, o me mira con desagrado. Alguno se ha mostrado ofendido ante la diversidad de imágenes/renovaciones que, siguiéndose la una a la otra, no terminan de evidenciar la legalidad del libro de viajes. Rara vez alguno de estos señores uniformados ha pasado por alto la particular constitución del documento que por cierto, fue renovado por última vez en la penúltima hoja -hasta el 2009 dura mi pena y hasta el final debe recorrerlo quien lo revisa y lo investiga- y sólo cuenta con media página libre.

Cada vez que saco mi pasaporte me pregunto y recuerdo quién he sido, y vivo la ilusión de ser ahora alguien distinta o incluso, qué vértigo: atemporal. Y ahí está el asunto, la imagen de todos los días ante el espejo, la fotografía más reciente se me antoja eterna, libre de cualquier yugo cronológico, verdadera, en contraste con las otras, esas envejecidas que en primera instancia me turban, por parecerse tan poco a mí. Hace falta mirar con detenimiento cada pequeño rectángulo a color para encontrar lo que se mantiene, eso permanente, y luego, lo que se ha fugado: una aplicada estudiante de violoncello, una escaladora de rocas y montañas, la novia de alguien que ya no está, una antropóloga recién graduada preparada para viajar el mundo.

Me pregunto entonces, ¿cuál es la parte de mí misma que he dejado por el camino y que hoy descasto? ¿qué es lo que ocurre con mi memoria, que dura tan poco y moldea los hechos a una versión del pasado inevitablemente construida desde el presente y desde la comodidad? Las fotografías están para decir verdades, esas que por momentos quiero olvidar, esas que a la vez extraño y logro revivir dentro de los confines de la imagen que muestran. Esas que conforman mi documento de vida, mi documento real de viajes (viajes fronterizos no sólo entre países, sino entre inclinaciones y ocupaciones) y que venturosamente evidencian que sí, es cierto: yo he estado allí, soy esa, he sido y no me borro, como diría Javier Marías.

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