Encuentros


Hay eventos que de tan insistentes se vuelven conmovedores. Hoy pienso en los encuentros casuales, esos tropiezos. Los hay fugaces, claro, esa presencia mutua en la sala de espera de un médico, la conversación en la cola para pagar el teléfono, la amistad accidental en un aeropuerto. Un momento y ya, más nunca tenemos noticias del otro con quien pocos minutos atrás nos deleitábamos en conversar. Ya sabemos, estos encuentros van enlazados al no-lugar, esa especie temporal y espacial.

Luego hay los encuentros tenaces, esos tropiezos que en primera instancia parecen de la misma estirpe que los otros, pero que se repiten y que en virtud de su resistencia se asemejan a rupturas en la línea del tiempo: un error, un hoyo en la continuidad que suponemos como segura y eficiente en nuestras vidas. ¿Qué es lo que ocurre en el universo cuando alguien hasta cierto día desconocido, comienza a hacer aparición? Comienza a hacer aparición, sí.

¿Quién decide que ese actor o esa actriz de reparto debe asomarse en nuestras vidas por un segundo o dos, y efectuar cierto movimiento, un gesto inolvidable, una maniobra lo suficientemente sólida para dejar una huella que nos permita recordarlo más adelante, cuando reaparezca en cualquier contexto, en cualquier situación aparentemente fortuita, durante otro segundo apenas? ¿Qué es de esas situaciones, de esos encuentros que resultarían insignificantes si no fuera por que nuestra memoria recuerda aquel rostro, esa mirada, este gesto?

Estoy en un restaurante chino. Entran dos ancianos y el mesonero los ubica en la mesa junto a la mía. Todas las mesas son iguales, cuadradas, muy pequeñas. Uno frente al otro, se sientan. Yo ordeno wantons al vapor y mooshoo de vegetales y pollo. Pasan algunos minutos, los señores ordenan algo de tomar. Yo me distraigo con mis crepes chinas. Al verlos de nuevo, encuentro que los dos se han sentado del mismo lado en la mesa. Quieren tener la misma visión. Creo que sonríen ante su propia ocurrencia, ante su excentricidad. Están muy juntos. No se miran, miran al mundo.

Voy a un recital de literatura. Una chica que no conozco -no fui a verla a ella- lee un fragmento de su primera novela. Creo recordar que ha dicho es su primer proyecto largo. La chica luce preocupada por lucir despreocupada. Su falda hindú, los zapatos de tennis que lleva puestos y aquel sombrero masculino, son parte del momento. También el vestuario ha sido elegido a adrede. Ella es muy joven. Lo que recita no está nada mal.

Dos días más tarde, estoy en una editorial con la que colaboro a destajo. La misma chica entra a la oficina en la que yo me encuentro, se excusa por la hora (dice que viene del médico), y se sienta en el escritorio ubicado justo frente a la silla en la que yo espero por mi sobre. Es posible que tenga un tumor, dice, con expresión deprimida que no termino de creerle. Una compañera de trabajo la tranquiliza: eres muy joven para morir de un tumor cerebral, le dice sonriendo, no la toma en serio. No totalmente. La chica dice que está jodida. Yo observo y guardo silencio. Me pregunto cómo diferenciar en los gestos de una desconocida, la creatividad trágica de la preocupación real.

Pocos días han pasado, tal vez una semana luego de mi almuerzo en el restaurante chino. Camino frente a mi casa y me cruzo con la misma anciana de aquella vez. Al verla allí, en ese paisaje, descubro en los archivos de mi memoria que es la señora que vi caer aparatosamente al suelo tres o cuatro días antes del restaurante, justamente frente a mi casa. Recuerdo que la señora había tropezado con un espacio irregular en la caminería y yo iba justo pasando por allí. Yo misma la ayudé a levantar del piso.

Esto fue hace un par de días: estoy descansando acostada sobre un banquito en un parque de La Castellana, con el rostro al sol. Espero por alguien que no llega. A lo lejos distingo a una joven que fuma y recorre las veredas de cemento rodeadas del parque. Pronto descubro a la chica del recital, la misma de la oficina y el tumor. La miro un tiempo. Leo el periódico sin encontrara algo que me interese. Pasados varios minutos, busco de nuevo con la vista pero la chica se ha ido.

Me pregunto qué hilos se mueven, cuál es la mano que coloca y luego retira para siempre aquel personaje secundario, ese extra en mi película de todos los días. Un momento y ya: ese rostro se hace reincidente para luego ser borrado de mi futuro y más nunca volver a aparecer. Yo me pregunto, ¿qué vino a mostrarme esta aparición?; y me pregunto entonces obligatoriamente: ¿de quién soy yo aparición reincidente, quién me ha encontrado con insistencia para luego perderme? ¿Es que algún gesto mío se ha vuelto inolvidable por repetido en el recuerdo de algún desconocido? Y finalmente, ¿qué fue de aquello roto, fracturado, en la linealidad el tiempo?; ¿quién paga la vergüenza por el error, por el salto en el disco rayado del que soy espectadora y testigo, y claro, actriz también?

Irónicamente, sólo en la linealidad, justamente en el fenómeno humillado por la falla y la repetición, es posible saber si hay más que contar. Habrá que esperar que el tiempo pase para saber si las dos apariciones recientes y fugaces en el reparto de mi vida tienen nuevas pautas, o si han desaparecido de mi historia cotidiana. En cuanto a mis propios advenimientos, sobre ellos tal vez escribirá alguien más.

El dibujo es de Escher, y se llama Encounters.

2 comentarios en “Encuentros

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