Lo que se ha escrito queda, pero lo que resulta es fugaz


Esta Semana Santa de cuenta regresiva fui al cine. Sentarse durante dos horas en una sala oscura se me hace ya un poco más difícil. Comienzo a sentirme estrecha en el cuerpo estirado. He crecido, Mateo también, y los dos compartimos un cosmos expansible pero no ilimitado. Ayer medimos mi panza: un metro de circunferencia.

Como decía, en estos días fui al cine.
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Sala 1:
Tres Dueños no aparece y su música tiene un plano muy secundario. Yo esperaba más audacia sonora. Los textos en off sobre el barrio están muy bien y son de Edgar Ramírez. Algunas miradas, las más vertiginosas, parecen emparentadas con las de “Ciudad de Dios”, son hermosamente dramáticas, mientras las panorámicas citadinas desde los techos de zinc evocan “Tocar y Luchar”; en un par de momentos me sorprendí esperando que una cellista apareciera en un callejón; lo que es la mente y la memoria y su asociación, y lo que es la capacidad de generar imágenes con un sello propio. Cirano Fernández es una película que provoca ver.
Por fortuna, Edgar Ramírez ocupa y se ocupa de la pantalla a lo largo de toda la película. Pastor Oviedo en cambio no es actor y eso se nota, pero además, representa un personaje escueto, cuyos sentimientos por la mujer que supuestamente ama no son creíbles. Inicialmente la película promete, pero su desenlace es débil. La historia podía contarse mejor.
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Sala2:
Las actuaciones de Javier Bardem y de Giovanna Mezzogiorno están muy bien. Él es una maravilla y su personaje está bien logrado. Ella, igual. Lamentablemente la aparición de Unax Ugalde (el Florentino Ariza joven) no deja el mismo sabor, y por eso hubiese sido preferible pasar pronto a la voz y la mirada de Bardem. La ambientación en Cartagena está muy bien lograda y supongo que para el público no latino resultará exótica.
El asunto es que sacar adelante una película a partir de la obra de García Márquez es una tarea titánica; los personajes, la historia: el cosmos de “El amor en los tiempos del Cólera”, no se dejan manejar (o estrechar) fácilmente por la pantalla en movimiento. Digamos que la película no atrapa, no lo hace al comienzo y no lo hace al final, aún cuando sus imágenes y la historia que cuentan sean conmovedoras. Será la nostalgia por el libro lo que hace que uno se vaya quedando y se deje embelezar. Y claro, Bardem, y la música de Shakira y del brasilero Antonio Pinto, que también hacen lo suyo.

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Dos días seguidos, dos películas, dos hombres enamorados y dispuestos a todo frente al papel en blanco (que ya es mucha valentía, no se puede negar), pero relegados e inseguros en la vida real. Dos sombras, dos hombres invisibles: un arriesgado poeta que se escinde, usa el cuerpo del otro para hacer público su amor y deja que el cuerpo del otro se valga de su amor para poseer a la mujer deseada. Y un telegrafista tímido que se dibuja progresivamente tras los años, que se construye de a poco en las camas y los encuentros fugaces, en las cartas que no deja de escribir y de anhelar, en el día a día mientras espera por el amor imposible. Un hombre de calle, social y sociable que oculta su rostro ante la mujer amada hasta el momento de su muerte, cuando finalmente se deja mirar. Y un hombre de espacios privados e intimidad, silencioso, que no pierde oportunidad y sin tregua intenta hacerse visible a su enamorada, hasta los últimos días.
Dos miradas desconsoladas a la palabra escrita; dos visiones desalentadas a la efectividad y a la huella que marcan (o que no marcan) las manías y la fe del escritor. Lo que se escribe queda, pero lo que resulta es fugaz, y no siempre encuentra el camino a casa.

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