para ordenar y ordenarme


Siempre me ha gustado leer lo que los escritores dicen sobre su necesidad de narrar historias. Como si de una especie aparte se tratara: la de la gente que sabe por qué escribe. Ahora, luego de mis primeros y arrolladores seis meses de maternidad, es una pregunta obligada. Como si para liberar de nuevo el empecinamiento que quedó cercado y sujeto por la premura y el asombro, necesitara conocer el móvil, la intención que me impulsa a narrar.

O quizás la pregunta es una excusa, sencillamente me la planteo por el puro placer de, claro, escribir.

Para qué me parece que se escribe.

Escribo para contar la historia que me cuentan algunas imágenes incisivas. Hay imágenes que necesito completar. Son cuadros inmóviles pero no inertes, que me emplazan. Me impacienta una mirada, una escalera vertiginosa en una foto. Me inquieta aquel hombre sentado en un banquito de metal en la esquina de una calle a la que voy todos los miércoles. Ese que tiene siempre el periódico en la mano, y que pasa allí horas, esperando algo, no sé qué. Me impacienta un compañero de clases que no deja de dibujar algo que no he visto en las esquinas de su cuaderno. Gracias a la escritura puedo completar fotografías y también fotografiar con palabras.

Escribo para vivir las vidas que se asomaron, que mostraron un ángulo apenas, que se esfumaron sin ofrecerme el tiempo de mirarlas bien. Escribo por la necesidad de dar sentido a ciertos personajes huérfanos, a esos momentos fugaces que quedaron incompletos y pidiendo más. Para ofrecer un techo a seres y tiempos volátiles cuyo origen y desenlace desconozco, y que me parece andan vagando, en la búsqueda de quien los abrigue y conduzca hacia algún lugar.
Y en otras oportunidades escribo para dar continuidad a lo que sí viví, a eso cuya causa y fin sí conozco pero quedó en el aire por falta de tiempo, por falta de espacio, o por falta de consenso. Así logro experimentar por segunda vez eso que dejó en la boca ansias de más.

Cuando escribo me cuento historias sobre cosas y temas y personajes que según mi orden del mundo deberían “ir juntas”. Mi insomnio comienza a parecérseme a la idea que me contó una amiga, el edificio donde siempre he querido vivir aunque nunca he visto por dentro se convierte en la locación de la historia. Mi afición por el azúcar comienza a ubicarse junto a las manías de otra amiga a quien tengo tiempo sin ver. A veces así armo un cuento. En el proceso quedo en paz con esos retazos que venían vagando abandonados e incompletos, esos trozos que no habían encontrado sentido más que en la linealidad de su origen, y que, porqué no decirlo, me atormentaban. Es simple: hay cosas que van juntas. Hay categorías alternas, agrupaciones posibles de entes y de memorias y de sueños. Cuando escribo invento y construyo esas categorías. Reinvento un rompecabezas utilizando las piezas de otro.

Una vez creado ese orden quedo en paz. Por eso escribo, por la necesidad de inventar una nueva simetría. Necesito hallar esas armonías.

Ese orden que invento se convierte en mi vida. O en mis vidas; siempre son más de tres los cuentos en proceso, más de tres las historias por contar, y sí, por vivir. La ironía se descorcha: debo salir de lo cotidiano, convertir mi cotidianidad en una muy poco narrativa. Debo abstenerme de generar físicamente eso que cuento, para poderlo contar.
Podría abandonar mi habitación y una vez afuera, en el mundo, insistir en esas historias posibles/imposibles. Pero entonces, qué miedo. ¿Cuál “yo” sería el que existiría?

Ya lo dije, escribo para ordenar y ordenarme.

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