Bandas narrativas


Hasta quienes no lo saben tienen una banda sonora de su vida, una selección musical que los ha acompañado, fortuitamente o no, en algunos momentos o temporadas importantes de la existencia. Así mismo, deben tener también una banda narrativa, una biblioteca que es a la vez transitoria y eterna, y por sobre todo, emocional. Sin importar cuáles sean los títulos de esa banda narrativa, lo que los convierte en ella es justamente las implicaciones emocionales que contienen, o que evocan. 

Organizando este blog entré ayer al espacio entre ceja y ceja, en el que generalmente aparecen los libros que estoy leyendo y que me ocupan. Libros que toman no sólo mi tiempo real, ése que les dedico cuando los tengo abiertos de par en par o cuando los rayo en los márgenes y subrayo en su cuerpo, sino que ocupan también mi vida cotidiana. Los tengo justamente entre ceja y ceja. Me acompañan durante el día, mientras espero el cambio de un semáforo o el avance del automóvil en una cola caraqueña, o se me aparecen en el sueño o en alguna conversación con alguna amiga.

Pues revisando mi blog y poniéndolo al día, encontré en esa columna tres títulos que ya descansan en mi biblioteca desde hace meses, luego de acompañarme durante el final de mi embarazo y el inicio de la maternidad. Leer los títulos “Crónicas de Motel” y “El Gran sueño del Paraíso” en entre ceja y ceja, me recuerda la ansiedad potente que Shepard despertó en mí. Qué crónicas, qué historias… y sobre todo, qué finales. Cuánto asombro sentí al leer esos libros mientras la piel de mi vientre se estiraba. Ese autor me recordará siempre aquélla ansiedad: ¿será que aprenderé a ser sencilla, cada vez más sencilla, mientras logro decir lo que más me inquieta? Y me recordará siempre mis tardes de reposo antes de dar a luz.

Y luego en la lista aparecía “Tu rostro mañana” (el tercero: Veneno y Sombra y Adiós). Al leer ese título en mi lista, descubrí que cada vez que piense en ése último libro con el que Marías cerró ese proyecto sobre el que ha dicho que no se le ocurre que pueda escribir mejor, visitaré el tiempo en que miraba aquel libro con tanta pregunta (y tal tormento, claro). Recordaré el libro reposando en mi mesa de noche, y el cansancio y la dulzura que supone la recién llegada de un bebé, su alimentación y sus cuidos que no conocen de horario ni de relojes y mucho menos de libros en la mesa de noche esperando por ser leídos. Lo recuerdo perfectamente: lo miraba así, de ladito, con el rabito del ojo, con angustia. Una angustia localizada: ¿cuándo será que podré terminar de leerlo?, y generalizada: ¿será que podré leer de nuevo en esta vida?

Imposible pensar en esos libros sin recordar aquel tiempo. Y sin sentir una nostalgia que no es más que la evidencia de que un libro es más que un libro. Es más que ese objeto rectangular contentivo de preocupaciones diversificadas dependiendo del caso y de su tema y de su ocupación. No sólo porque toman más que el tiempo real, eso ya lo dije arriba, sino porque constituyen bandas narrativas que se acoplan a la propia narración de la vida de quien los lee.
Aunque los borre de la lista entre ceja y ceja. Aunque ahora los sustituya por “La Mujer Justa” y pronto por otros más, pues siempre me gusta leer al menos de a tres, esos libros serán siempre los compañeros que recordaré estaban en aquel momento vital. Y así como ésos, otros están en mi memoria, más que como historias leídas o autores digeridos o personajes conocidos, como compañeros nostálgicos de mi viaje largo.

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