For the love of God


¡Por amor de Dios! fue lo que respondió la madre de Damien Hirst cuando él le contó sobre su proyecto artístico: incrustar 8.601 diamantes sobre platino en una calavera real. Así mismo terminó llamándose la pieza que, al ser vendida en cien millones de dólares, terminó convirtiéndose en la obra de arte más cara de la historia. Hirst, uno de los más conocidos Young British Artists (aunque de joven tiene poco: ronda los 43), despierta pasiones. En 1995 obtuvo el Turner Prize. En 2002 la revista Vanity Fair lo catalogó como el artista más famoso del mundo. Dice que cuando no está trabajando está borracho y que no le queda tiempo para nada más. Se enorgullece de haber sido rechazado por dos escuelas de arte y de las malas calificaciones que obtuvo cuando una la aceptó. Aunque hay quienes lo dudan, asegura que sí sabe dibujar. Dice que siempre quiso ser punk y que ahora puede darse el lujo de serlo. Y claro que puede: es el artista más rico del planeta. Se estima que su patrimonio dobla el de Mick Jagger o Elton John.
Pese a que vende mucho, sus obras no se agotan: su producción es superior a la demanda. Y es que desarrolla la mayor parte de su trabajo sentado en el asiento trasero de un taxi, desde donde con sólo una llamada telefónica explica sus ideas a los fabricantes que construyen sus piezas en alguno de sus talleres, uno ubicado en Berlín y el otro en Londres. “Los arquitectos no construyen las casas, ¿cierto?”, es lo que dice al respecto.


Su trabajo es una revisión sobre los procesos de vida y muerte, sobre la condición vital que hace de la muerte algo lejano e incomprensible, sobre la inminencia del final y lo duro que es aceptarla. “Estoy obsesionado con la vida. Me parece que la vida es tan rica y tan plena, y tan maravillosa y fantástica que el hecho de que se termina parece… rudo.”, dice Hirst.

Entre sus obras, animales conservados en formol dentro de tanques de vidrio, vitrinas con cientos de botellas y cajas de medicinas, cuadros de círculos de colores, y calaveras. Su tiburón tigre de más de cuatro metros que lo convirtió en un icono mediático en 1991, “Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living,” fue vendido por 8 millones de dólares y ahora se exhibe en el Metropolitan Museum of Art.

“This Little Piggy Went to Market, This Little Piggy Stayed at Home”, un cerdo rebanado de nariz a cola, desató la ira de los defensores de animales en 1996. Hace un año cientos de personas hicieron cola para ver la excesiva calavera “For the love of God”. Poco tiempo después se supo que su histórico precio había sido pagado por un consorcio financiero tras el que estaban nada menos que el mismo Hirst, su manager, y el dueño de la galería de arte White Cube que lo representa en Londres. A partir de entonces comenzó a decirse que el “fenómeno Hirst” es puro bluff, y que con seguridad su taller está lleno de obras supuestamente vendidas, pero compradas por él mismo.

Este “punk de corazón” ha convulsionado el mundo del arte no sólo por su obra provocadora (y según muchos de mal gusto), o por el contraste que algunos críticos encuentran entre sus precios y su supuesta escasa creatividad. Lo han llamado pirata, han catalogado a su obra de simplona y sensacionalista, y afirman que son sus habilidades como manipulador del mercado las responsables de su éxito. Se ha dicho que su única obra de arte es su cuenta corriente. Otros celebran su genio, que según dicen radica justamente en lograr que la gente compre su trabajo. Se ha dicho que el arte del siglo XXI es marketing y que Hirst es un maestro en el asunto.
Y para muestra un botón: es el primer artista en vender obras nuevas en una casa de subastas, directamente al comprador y sin pasar por la mediación de las galerías, que normalmente se quedarían con un 50 ó 60% del precio de venta. “Si alguien hace dinero, que sea el artista”, dice Hirst.


Y en efecto. Mientras en septiembre de 2008 el mundo financiero caía en picada, Hirst celebró la subasta más ambiciosa de un artista único en la historia. Rompió récords mundiales: 223 de sus obras ocuparon toda la casa Sotheby’s de Londres, que fue decorada para la ocasión, equipada con pantallas planas trasmitiendo en directo las ventas, y durante los 11 días que duró la exhibición, visitada por 21 mil personas y custodiada por 30 guardias de seguridad. Hasta el catálogo de la exhibición se convirtió en pieza de colección. En dos días se vendieron doscientos millones de dólares. “The Golden Calf”, un becerro blanco conservado en formol con patas, cuernos y una corona de oro en la cabeza, fue la estrella del evento y se vendió por 18.6 millones de dólares. Se supo luego que sus galeristas sí participaron en el asunto, pero nada menos que pujando. Dicen las malas lenguas que Sotheby’s les dio un incentivo a cambio de los clientes que acercaran a la venta, y que por si fuera poco, su intervención influyó en los precios millonarios.

“Si la subasta llega a recaudar suficiente dinero mientras la economía mundial se hunde, lograremos atraer a más gente hacia el mundo del arte”, comentó Hirst luego de su hazaña. Y otra perla: “Lo bueno del dinero es que si se logra reunir una gran cantidad, llamará la atención de mucha gente a la que no le interesa el arte”. Una frase así de petulante, no deja lugar a las dudas: Hirst es un provocador que quiere estar más allá del bien y del mal.
La respuesta de algunos artistas británicos no se hizo esperar. Un mes más tarde tuvo lugar la segunda edición de la Free Art Fair, una crítica a la mercantilización del arte, y por qué no decirlo, una reacción directa al emporio de Hirst. En la feria, cincuenta artistas -algunos jóvenes y otros conocidos, incluidos en la colección Saatchi, en el Tate Museum o en la misma White Cube- cedieron gratuitamente sus trabajos para sortearlos y tal como dijeron, “compartir su talento con una audiencia amplia”. Entre las obras rifadas, una hoja en blanco firmada por Peter Harris, y supuestamente tocada por Hirst. “Muchos no se vuelven artistas para hacerse ricos, aunque es bueno cuando esto ocurre. Se vuelven artistas por varias razones, incluyendo una muy simple: que les gusta el arte”, dijo el organizador de la feria, Jasper Joffe. “Queremos que la gente valore las obras de arte porque realmente les gustan, no sólo porque valen mucho dinero” agregó antes de terminar con este contradictorio colofón: “…Aunque algunas de las piezas más valiosas de la feria tienen un precio entre las 10 y 15 mil libras”.

Así, mientras algunos intentan responder a cierto código moral clandestino según el cual un “buen artista” debe olvidarse del mercadeo de sus obras aunque esto implique vivir en la pobreza y el aislamiento mientras trabaja, Hirst está muy claro. Asegura que una pieza vale lo que la gente esté dispuesta a pagar por ella. Y gústele a quien le guste, aparentemente sus obras, creadas por sus manos o no, de buen o de mal gusto, creativas o no, se ubican entre las más apreciadas en el mundo entero. Y es que, ¿quién puede negarlo?, uno de los criterios para evaluar una obra de arte es su valor económico.

Pero si de incongruencias se trata, Hirst no se queda atrás. Es que si todo en él fuese un exceso la historia no sería tan perturbadora. Aunque este escandaloso británico afirma que odia a la gente, sus amigos –que tiene muchos- lo definen como un hombre fantásticamente generoso con su dinero y con su tiempo. Hace poco menos de un año, Bono, el frontman de la banda U2, lo invitó a participar en una subasta para la campaña (RED) a favor del Fondo Global para la lucha contra el SIDA en África. En esa ocasión, Hirst se encargó de la convocatoria a los cien artistas que se inspiraron en el color rojo para la creación de sus obras. Entre ellos, Jasper Johns, Jeff Koons y Banksy.


Para el evento, Hirst donó siete piezas (fue el más desprendido), de las cuales “Where There’s a Will There’s a Way”, una vitrina llena de medicinas retrovirales, fue comprada en más de 7 millones de dólares. Las ventas totales superaron los 40 millones. Bono aseguró que la colección representaba un “momento real de la historia del arte”, muy frontalmente calificó al evento como una mezcla profana de comercio y activismo, de cultura y política, y aseguró que la ayuda de Hirst había sido invalorable. Por su parte, Hirst se dijo orgulloso de contribuir en la generación de un cambio en la vida de muchas personas, y como “buen chico malo”, recordó que la idea había nacido de una borrachera decembrina con Bono un par de años atrás y aseguró que el día D estaría en New York; no en “Sotheby’s”, sino “hundido en algún bar a la vuelta de la esquina”.


La realidad es que Hirst dona anualmente algo más de un millón y medio de dólares a causas benéficas entre las que se encuentran el Nuevo Hospital de Niños de Manchester, un hospicio para niños de la calle, una organización benéfica para niños con parálisis cerebral, una de surfistas contra las aguas servidas, una beneficencia para tribus indígenas, y una asociación que compra instrumentos musicales para niños. Si hay algo que no se puede decir, es que sus preocupaciones no estén bien diversificadas.
Un hombre de negocios que se vale del arte para construir un emporio, un artista que es también provocador de oficio, un hombre caritativo con mucho dinero para gastar. Un artista conceptual que se ríe de la doble moral del medio que lo alaba y lo censura. Si es la obra la que habla por el hombre, al parecer todos estos son Damien Hirst.

Este texto fue publicado en la Revista Exceso n. 224 (diciembre2008)

Un comentario en “For the love of God

  1. Hola Keila! Gracias por vistar mi blog. Quería decirte que me gustó mucho esta nota sobre Damien Hirst (espero haber escrito bien su nombre). Me quedé, al final, con ganas de más.
    Por suerte, tu blog aún no se acaba. Sigo viaje.

    Saludos!!

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