Sobre los aviones y los trenes


Nunca me han molestado las horas de espera en un asiento incómodo de cualquier sala de embarque, ni los sánduches fríos, ni los hombros adoloridos por el peso del equipaje. Me gustan los aeropuertos con todo y sus trasnochos y sus nostalgias y su lenguaje del final. Siempre he pensado que podrían inventariarse las despedidas, de curva a curva en el planeta, con sólo echar un vistazo a la vida en un aeropuerto y ordenar los rostros por sus expresiones.

Esta mujer con esas ojeras. Aquél mirando hacia la esquina como si algo se le hubiese perdido allí. La expresión de esa chica trasnochada que se enfoca en el suelo como para no caerse por un precipicio, la de aquel anciano absorto en el cielo intentando descifrar hacia dónde se dirige cada avión: este debe ir a Roma, este otro a Sao Paulo.

Los rostros de los pasajeros en los aeropuertos son bienes coleccionables, y para poseerlos sólo hace falta prestar atención. Compilo aeropuertos con sus rostros y sus despedidas. Y también con sus cafeterías y la cualidad de su luz. Cualquier persona que haya viajado en avión sabe de qué hablo.

Y para los efectos también lo sabe quien haya viajado en tren. En las estaciones de tren la cosa es más compleja, están condenadas y condenan al romanticismo, tal vez es la lentitud, los trenes van pegados a la tierra y eso los hace más pesados y también hace más pesada la historia del que los transita o se deja transitar por ellos. Tal vez tardan más en irse una vez que encienden sus motores con su sonido cíclico, y eso influye en la historia de cada uno de sus pasajeros. De las estaciones de tren me gusta lo mismo que me fascina en los aeropuertos, y dos cosas más: ese roce de las ruedas en el andén. Esa lentitud rítmica, y que no existen vidrios que separen los vagones de los pasajeros o sus familiares.

Un paso más allá, un escalón más arriba, y ya el hombre o la mujer con el equipaje en mano ha pasado a otro tiempo. Ya se ha ido. Un paso atrás, y el hombre o la mujer ha decidido quedarse. Sin intermediarios, sin pasaportes y sin las odiosas máquinas rayos equis. En los aeropuertos sí, hay vidrios y silencio para ocultar el ruido exterior. Y eso hace la diferencia.

Pero esa noche yo no estaba en una estación de tren. Sobre los trenes ya tendría tiempo de pensar y escribir. Cuando este viaje comenzó yo sabía que me subiría a alguno, aunque no podía prever el ánimo con el que lo haría, ni si sola o acompañada, y mucho menos el destino al que me dirigiría.

La foto forma parte de la serie Ontológico, de Antolín Sánchez Lancho.

2 comentarios en “Sobre los aviones y los trenes

  1. Oh… el momento de viajar es tan sublime… las colas, las frustraciones, los retrasos y las esperas son como caricias previas a la experiencia única de salir de tu habitual burbuja.
    Los aviones son tan rápidos y tan convenientes… pero sólo la comodidad de una cama de tren me permite soñar en el lugar al que llegaré.
    Besos compañera viajera! Namasté

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    1. Namaste! Wilcho, ya me invitaste a volar una vez y sin necesidad de aviones! Aunque los trenes, con su ritmo y su movimiento permiten vivir el viaje de una manera única (estoy de acuerdo), el paseíto aéreo que me regalaste el otro día se las trae. Bienvenido a mi casa, a este viaje!

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