corto-metraje sin final


Escena I Interior/noche

Una sala en la casa de alguien.

Luis Enrique dice mientras se fuma un cigarrillo que un día de estos va a resultar que todo, absolutamente todo está en la mente. Queda en silencio. Da una nueva calada al cigarro e insiste, rematando la conversación, que va a resultar que el universo todo no es otra cosa que la mente.

Yo me pregunto si cuando le da por caracol el mundo se le termina o qué cosas quedan en ese mundo. En cada circunvalación de su caracol, ¿qué hay? Luego me asombra que aquella imagen, que esa expresión haya quedado impresa en mí. Me habla como recordándome que a mí me da, me da por ahí y mucho.

Cada vez que veo o recuerdo a Luis Enrique, me pregunto si le estará dando por caracol o cómo se habrá salvado de la última vez en la que le dio.

 

Escena II. Interior/noche

Cuarto de Mateo y Luca.

Todo está oscuro. Se ven las sombras de los peluches, la silueta de unos carritos dibujados en la pared. La biblioteca y los carritos. Mis hijos acaban de dormirse rodeados de ese cosmos que les he inventado. El mundo de Mateo y de Luca nace acá.

Pienso en Luis Enrique y en que sé que tiene razón. Con lo de la mente.

Nuestra relación con el mundo exterior no es más que mente. Recortamos el mundo a partir de nuestra historia, de nuestro equipaje referencial. Cada quien elige los trozos que resultan coherentes, importantes, relevantes en su cosmos particular. Vemos lo que nos interesa ver, dejamos afuera lo que nos parece menos significativo.  Con esos recortes cada quien arma mapas, rompecabezas, paisajes. Cada quien arma historias, se pregunta y se responde, se hace expectativas. Todo a partir de ese collage, de esa obra de arte que es su propia visión mínima del mundo.

Con todo y eso, confiamos en los sentidos de la percepción como si ellos fuesen garantía de objetividad. Nos empeñamos en creer que lo que hay (que lo que queda en la punta de mi nariz) es  verdadero, común y compartido. Olvidamos que “la realidad” es la que cada quien construye valiéndose de unos órganos de la vista conectados a un cerebro, que procesa lo que le llega mediante asociaciones particulares que tienen que  ver (para más colmo de bienes o de males dependiendo del caso y de las expectativas), con la propia historia y con los recursos de los que se ha hecho a lo largo de la vida. Lo mismo ocurre con la audición y los otros sentidos, de los que podríamos decir que en conjunto nos permiten “mirar” y  ya no sólo “ver”.

Me levanto de la cama de Mateo sin hacer ruido y  antes de salir de la habitación miro a los chiquitos dormir. Me pregunto en qué lugares están ahora mi niño sol y mi niño  budhita. Doy unos pocos pasos, salgo del cuarto naranja de almohadas pequeñas y entro al mío, bajo mi cobija. Entro a mi viaje.

 

Escena III

Interior/Exterior Día. Centro de Arte Los Galpones. Librería kalathos y jardines.

Edda Armas ofrece a cada quien una cartulina con un cuadrado pequeño recortado en el centro. Es una ventana. Nos invita al jardín a fotografiar con nuestra cartulina negra en mano. Entro en el juego. Inspecciono el paisaje. Descubro lo poco que veo cuando creo tener todos los sentidos completos y dispuestos. Lo detallista que me vuelvo cuando puedo mirar así, por partes, a través de ese mínimo recuadro.

Entonces entiendo porqué recortamos, porqué a cada momento hacemos el collage. Tomamos fragmentos, dejamos otros afuera, juntamos lo que nos queda, armamos un rompecabezas y lo llamamos realidad, porque de lo contrario no podríamos aprehender el mundo. Es demasiado ancho, demasiado pleno, demasiado colorido. Demasiado informativo. Si no recortáramos y pegáramos, no veríamos nada. El ojo no procesaría.

A pesar de eso pensamos que las visiones son las mismas y que deben serlo. Esa es una fuente de conflicto y desenlace continuo. Sufrimos al descubrir que lo que nosotros damos por cierto al otro no le genera inquietud. Queremos convencer de nuestra verdad al pasajero del al lado, estamos dispuestos a obligarlo, a entrar en guerra si es necesario con tal de que vea lo mismo que nosotros a través de la cartulina agujereada.

Pero los cristales y esta cartulina negra sólo pueden ser utilizados por una persona a la vez. Cada quien tiene los propios y son imposibles de adaptar a otros ojos, otros oidos, otros cerebros, otras historias. En el ejercicio con Edda me asombra descubrir lo que miran los demás. Me maravilla aquel árbol que pasé de largo y ahora observo de cerca  a través del recuadro/cámara negra porque alguien me lo hace notar. Muestro a mi amigo mi descubrimiento (esa planta entre dos puertas, una de metal, la otra de vidrio), y ahora es él quien mira extrañado. Casi con verguenza. Seguramente se pregunta (como antes yo misma) cómo es que pudo pasarle de largo a un lugar así. ¿Dónde es que estaba mirando yo? Celebro con otra compañera la conjunción de nuestras miradas ante un mismo detalle en este universo plegable.

Afuera “realmente” no hay nada. O no hay nada real. Y eso puede ser una gran noticia, hacia afuera y hacia adentro. No hay que olvidarla. Cuando nos da por caracol lo que estamos es recordando que somos unos solitarios. Que sólo somos dueños de nuestras circunvalaciones y que podemos mirar hacia afuera y construir puentes, pero nuestra curva, ese agradable chinchorro que se hace en cualquiera de las vueltas, es nuestra casa.

La vida es una soledad concurrida. Los colores los pone cada quien. La circunvalación, el chinchorro preferido, lo elige cada quien. Hay que acostarse comodamente en el chinchorro para descubrir que en el centro de ese caracol lo que hay es una nueva conexión.  Más flores. Más estrellas diminutas.

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