ojos y otras palabras de dos sílabas.

En la última media hora escalé Roraima, me senté en el borde de ese tepui, me saqué los zapatos y lloré. Trepé también la laja de una pared plateada con nombre de águila sintiendo la muerte aprisionando mi espalda. Esperé en la escalera frente al salón de yoga de mi maestro en la India, con mis sandalias de goma de cinco rupias y esa expresión que a falta de otra palabra nombraré feliz. ¿Qué nos pasa? ¿Es que no tenemos una palabra para enunciar feliz y plena y carente de deseo más allá del momento presente que ya pasó?

Hace momentos toqué al fin la pared roja que siempre quise tocar, la escalé justo hasta el borde y me di el lujo de rozar con los dedos de mis manos el azul más azul que había visto hasta entonces. Ví otros azules, algunos de mar. Me casé, viajé de luna de miel y vi el autorretrato desnudo de una mujer flaca intentando mostrar sus cuatro semanas de embarazo. No se ve nada allí, en ese abdomen plano. Sin embargo la espera y la chispa se notan. En los ojos.

Durante la última hora vi nacer a mi primer hijo. Lo vi crecer hasta donde lleva sus tres años. Lo miré lucir esa franela que ya no usa, desde hace tiempo no le sirve y no sé dónde está, ya no la tenemos. En un instante miré nacer al segundo. Volví a inquietarme por los tubos y las agujas hincándolo en un cuarto de terapia intensiva. Miré a los dos hermanos y me sorprendí de lo pequeño que todavía era el primero cuando nació el bebé. El bebé que ahora duerme mientras su hermano mayor juega con un monopatín en un parque cercano y con su padre. Volví a sentir dolor. Dolor. Volví a sentir miedo al ser separada de mis dos hijos en dos clínicas distintas y por dos motivos diferentes. Reconocí la diferencia entre un miedo y el otro. Experimenté emoción por el camino en conjunto. Me sentí perdida, angustiada. Me sentí fascinada. Enamorada.

Silencio escafandra, recorrido buzo, sonido de la respiración como una ola eterna. Brisa venteando y haciendo silencio en la medida en que muevo mi cuerpo, como un velero, desde acá. So ham. Yo soy la que soy.

Habría que ver fotos todos los días así como se cepilla uno los dientes, como come varias veces, o como uno se ducha. Aunque sea para decirse a sí mismo y con frecuencia yo soy éste y no otro. Aunque quien aparezca en la imagen ya no exista: la pared fue escalada, la torta de cumpleaños cantada y la torta sí resultó ser de chocolate dark. Aquel viaje yogi llegó a su fin hasta que ocurrió el siguiente. El abdomen sí creció, la piel sí se estiró, el bebé sí flotó y se movió y pateó hasta que no pudo hacerlo más de tan grande y tan limitado el cuerpo, que debe serlo para que nazca. El bebé, los dos bebés, nacieron y crecieron y aprendieron a decir mamá, aprendieron a caminar y usar triciclos. Y el más pequeño ya aprendió también a llamar a su hermano mayor por su nombre y cada vez que lo pronuncia se deshace de la risa, es decir de la emoción por poder al fin decir el nombre de quien intuye su otra parte. Se tendrán el uno al otro y yo seguiré siendo la misma y otra gracias a ellos y también gracias a la escafandra.

Hace falta tiempo, hace falta espacio y hace falta silencio para revisar las fotografías. Si me preguntan diría que no es necesario ni estar muy concentrado. Hay que ponerse el oxígeno en la boca y sumergirse. El impacto viene solo y sin permiso, sin pregunta, sin propuesta. Se entra a una burbuja cada vez más burbuja. Mirar fotos es una escafandra. La imagen trae el recuerdo, el recuerdo-imagen trae el sentimiento, el recorrido entre el tiempo retratado y el instante en el que uno mira la foto y se mira a sí mismo, lo coloca a uno en perspectiva y le habla de quién es hoy. Frente a la pantalla suele uno estar solo y hace falta esa soledad silenciosa para hacer el viaje hacia atrás y de vuelta. Para reconocerse uno mismo tan pequeño, tan poca cosa, pero no poca cosa ante el universo, o no sólo eso. No poca cosa ante el milagro del otro, o no sólo eso. Para sentirse mínimo ante el milagro de la propia y completa existencia. Es que los años pasan. Hace pocas semanas descubrí un pliegue sobre mis párpados que ya debe estar apareciendo en las fotos y que antes no estaba.

Y una vez más, yo no sé qué es, pero: ¿para qué ponerle foto a este post? Si digo escafandra. Si digo buzo, si digo pliegue, piel. Si pronuncio las dos sílabas bebé. Tengo que creer que no hace falta foto para explicar.

7 comentarios en “ojos y otras palabras de dos sílabas.

  1. Keilita,
    pues yo también me desperté con ganas de bucear. La distancia del charco me esta pesando y, para constatar que no es sólo pura ilusión y guayabo, revisé una por una las imágenes de mi nostalgia. Que falta me hacen mi Cléa y mi Simon y que grandes los voy a encontrar de nuevo. Seguimos conectadas amiga , como en los viejos tiempos. Bis

    Me gusta

    1. La distancia se salva con el buceo y con la llamada y con el tiempo, que pasa rapidísimo. En este caso no tendrás que bucear mucho ;). Gracias, por la visita y la mirada. TQ.

      Me gusta

  2. Qué deleite es ponerse esa escafandra en algunas ocasiones y retroceder (solo un poco) y volver a sentir de cierta forma lo que en su momento, tuvimos en esa circunstancia.
    Lo describes de una forma que me agua los ojos porque es sentirse identificada con TU momento (y de paso sentir ganas de la inmersión de nuevo)
    Un abrazo. Bellìsimo texto.

    Me gusta

    1. Gracias, Acua, por la visita! Retroceder, hundirse, viajar lejos y regresar al presente. Todos recorridos necesarios, ¿verdad?. Punzantes, sonrientes. Hay de todo en ese vértigo que hoy celebramos juntas. Un beso!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s