cazadores-recolectores

Estaba leyendo en el blog de un amigo algo sobre la necesidad y el oficio de contar historias como resultado de la pulsión curiosa de recolectar objetos, memorias, atardeceres extraños; de juntar fotos, películas o fragmentos de películas; como resultado de la necesidad de salvar canciones, retazos fugaces, el sabor de un chocolate. Todos fragmentos que por algún motivo a uno le llaman la atención y no lo dejan tranquilo hasta que los sujeta en la mano. Uno los observa como diciéndoles sí, te vi, te tengo, no te suelto, y los guarda en un carrito metálico de cuatro ruedas, esperando a que llegue su momento para escribirles. O para escribir sobre ellos y al hacerlo generar alguna curiosidad que a su vez despierte algo en alguien más.

Leí esa publicación y pensé en una mujer que aparece en mi cuento Ana no duerme, el último que escribí en ese libro y que le dio el título. Se trata de una mujer indigente sentada sin intenciones de moverse en alguna estación de un metro que siempre se me antojó era el de Nueva York, pero que no terminó siéndolo pues el edificio en el que transcurre parte de esa historia existe y queda en Los Palos Grandes, en Caracas. Se llama algo así como Tucson. Arizona. Qué se yo. Es un edificio que siempre sentí que tenía que poseer de alguna manera. La gente que escribe posee así. Contando el fragmento e introduciéndolo donde se les antoja que va para construir una ciudad planeta que antes no existía. O lanzando la imagen al carrito. También están los fotógrafos, que salvan y poseen con un click.

Aquella mujer sentada en un banco en el metro de alguna ciudad planeta inexistente, tiene unos lentes gruesos que le permiten una mirada única. Ella lleva un carrito de compras lleno de objetos viejos y aparentemente inservibles. Usa calentadores rosados de ballet. Habla sola. Se queda con un maletín lleno de respuestas y sonríe cuando su dueña no lo logra recuperar. La ve alejarse sin remedio dentro de la cápsula del metro ya en movimiento, y lo que hace es despedirse de ella con un gesto sospechoso. Si ahora me preguntan, probablemente la del vagón ha sido salvada por la indigente al separarla de su maletín. Pero de esto último no estoy tan segura.

Así que leí el post de mi amigo. Pensé en mi cuento. Descubrí de dónde me viene mi carrito de supermercado y rescaté lo que aquella indigente tiene de mi. Pensé en la fotografía y mi relación con ella. Y también rescaté a Ana, al final del cuento con sus pies asomándose al precipicio, meciéndose en el borde de la baranda de un piso 52. Por cierto, en el cuento no creo que se diga que el piso sea el 52. Yo he estado con los pies asomados al final de un tepui. Cero vértigo. He mecido desde el borde los pies como en un columpio. Cero angustia. Fatiga, sí. Placer, sí. Deseos de beber de una lata de leche condensada, como una niña, sí.

No sé qué estoy haciendo hoy.

Quizás en el fondo quiero decir que no es lo mismo recolectar en silencio y sin testigos objetos viejos y peroles que nadie quiere, que hacerlo mientras a uno lo miran coleccionar, curiosear, y salvar el objeto, la memoria, la chatarra, el tesoro. No es lo mismo hacer lo de siempre sabiéndose en compañía de otro curioso como uno. No es lo mismo mostrarle a otro lo que uno recolectó que apreciar los tesoros callejeros o memoriosos u oníricos en solitario.

Y creo que también quiero decir que todo esto se me parece demasiado a este blog. Fugapermanente. Este espacio creado para rescatar eso que es fugaz y que sólo permanece por la insistencia de quien los ve. Fue creado como cámara fotográfica. Últimamente traigo a colación con insistencia la razón de ser de este blog. Creo que es una manera de recordar (me). No por una necesidad de de-limitar lo que escribo o de definir las fronteras de este espacio, sino como diciéndome agárrate a este salvavidas. Agárrate fuerte, ¿viste qué suerte tienes de haber hecho un salvavidas así? ¿con estos retazos? Por cierto, mi falda preferida era una de retazos que me hizo mi abuela y con ella puesta aparezco como tres años seguidos en distintas fotos en diferentes lugares del mundo. No entiendo cómo creció conmigo.

Lo que sea que me mueve a recordar(me) la necesidad de Fugapermanente tiene que ver con la etiqueta “private” que coloqué a cada uno de los poemas que acá estaban publicados. Esos poemas ya no son fugaces. O ya no son fragmentos. Ya forman parte de algo más, que está fuera de mí. Lo que les viene es tatuárselos. Lo que les viene es… no sé lo que les viene. Por los momentos lo que les viene es silencio, supongo. O eso es lo que andan haciendo ellos. Callar.

Por lo demás, ando con mi carrito de supermercado, celebrando que de recolectar también se viva. Festejando la compañía de algún otro curioso y haciendo inventario para poder contar, contarme y contarle al otro también obsesivo, al que se asoma y quiere saber qué hay en el carrito, qué fue lo que descubrí hoy. Fugapermanente es esa mujer periférica, con su almacén itinerante, sus calentadores rosados de ballet, sentada bajo tierra, sabiendo más de lo que quien la inventó siquiera se imagina que sabe.

2 comentarios en “cazadores-recolectores

  1. Ando con reflexiones en la cabeza de corte similar… sobre mi blog, sobre las memorias que atesoramos, que diseminamos, que nos guardamos como secretos, de los mundos que nos construimos, de los que dejamos de construir…

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    1. Querida Kira, lo que se construye, con su materia y su manifestación, con su sutileza y su misterio. Lo que queda fuera de cuadro. Lo que se invita al cuadro para recomponer la imagen. Es como guayaboso, ¿no?

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