Como un bebé en la bañera (o al rescate de mi memoria inédita)


Las pasiones son un presente continuo. No tienen historia. Eso leí en un libro de Darío Jaramillo Agudelo hace pocos días. A veces pasa que uno da con un libro que conmueve cosas, cimientos, ideas. No se trata sólo de que te guste el libro. Se trata de que dice algo que queda rondando y sabes que no te abandona así como así. Hay que actuar. Hay que declarar amor. Hay que escribir. Hay que pensar (se). Es necesario hacer algo. Esto me ocurrió hace pocos días cuando leí “Historia de una pasión”. La afirmación movió unos hilos.

Me puso a pensar en la distinción que hizo Lévi-Strauss entre sociedades históricas y míticas, en la relación que ellas establecen con sus elaboraciones respectivas sobre el pasado. Me quedé pensando en las sociedades míticas, en su percepción circular del tiempo, en ellas todo se repite en un eterno retorno, de manera mecánica y reversible; y la vuelta al origen, al comienzo del mundo, es accesible siempre y cuando se siga un protocolo de vuelo, por así llamarlo.

Sin necesidad de formar parte de una de estas sociedades, todos hemos visto y experimentado cómo ciertos rituales, lugares importantes, ciertos símbolos, nos ponen a viajar al pasado. Un sitio en el que ocurrió algo relevante para la historia individual o colectiva, siempre será y estará marcado por ese evento histórico. Y al revés, a veces para viajar hacia atrás todo lo que hace falta es pisar un lugar, escuchar tres o cuatro notas seguidas. Si a ver vamos ocurre con la música, ocurre con una foto, con una película, con una palabra o un poema. Pero no me voy a ir hacia allá ahora, no quiero que se me escape el hilo con el que bordo este empecinamiento. En estos días soy sólo un manojo desordenado de intuiciones así que debo ir con cuidado.

Cuando leí la frase de Jaramillo Agudelo pensé que la única manera en que las pasiones (o lo que sea) ocurra siempre en presente, es que se desarrollen en un tiempo puntual o circular y se nieguen a horizontalizarse, se nieguen a desplazarse linealmente de manera irreversible. No hay progreso en la idea de la pasión. La pasión se vive hoy. Y hoy. Y hoy. ¿Aquí y ahora? Se dice que se accede a la plenitud cuando se vive el aquí y ahora. En el presente. La verdad es que aunque uno espera sentir pasión por siempre (será una oferta engañosa, será una pretensión cultural, vaya usted a saber), cada vez que la experimenta se siente como en la primera vez.

Y pienso, uno se sienta a escribir y pierde hasta cierto punto la noción del tiempo. Uno se traslada a un lugar que no es limbo pero que sí lo separa de la linealidad. Hoy debía dormir a mis hijos antes de sentarme acá a ordenar lo que escribo en este momento y sabía que la única manera sería ésta: salir de la continuidad. Salirme de mi casa. Salirme de mi historia.

Al mismo tiempo tengo la certeza de que cuando escribo, abro espacios a verdades que antes de poner en palabras, no existían. No digo que esto deba ocurrir a todo el mundo ni que a la verdad privada o compartida se acceda siempre desde la palabra, ni mucho menos desde las mismas palabras. Digo que me ocurre y que celebro cuando así es.

Colecciono libretas. De muchos tamaños y colores. Están regadas por todas partes. Siempre intento definir sus funciones: una es para un relato largo que anda por ahí, la otra para los poemas, la siguiente para las actividades de la semana. Qué se yo. Cuando llega la idea agarro una servilleta y la anoto allí. O me levanto hasta la computadora porque resulta, parece insólito pero es así, que junto a mi cama nunca hay ni un papel (menos aún una de esas libretitas). Los toman mis hijos, se los llevan. Tampoco hay lápices ni portaminas, me da miedo que se hagan daño con la punta o se coman un grafito entero en un descuido.

Aunque si me preguntaran, diría que debo moverme de mi cama para escribir. Salgo de mi cama y salgo del tiempo lineal. Salgo de mi narración cotidiana con sus esferas y sus agujas, para entrar en otra. Sea como sea, cada vez que nace una idea uno también renace. Cada vez que se anota una frase, se abre una puerta que dá a un paisaje para recorrer después.

Dice Jaramillo Agudelo que los de su especie, que quienes escriben poesía, son grafómanos obsesos que buscan alucinar, detener el tiempo, obtener revelaciones. Que están dispuestos a empezar de nuevo siempre, a preguntarse siempre si cero es el comienzo. Y yo creo que eso es verdad. No se puede concebir la experiencia vital -ni literaria, para los efectos- sin esa puerta abierta, sin ese espacio que salvaguarde la memoria pero que también recree el mundo a partir de ella. Todo está en un eterno comienzo. Basta querer verlo. Soltar de vez en cuando la línea cronológica, tan odiosa, por cierto. Mirar las historias mínimas. Las historias mínimas están todo el tiempo comenzando y muriendo.

Pero cuando leí lo de Jaramillo y las pasiones en eterno presente, y pensé en lo de Lévi Strauss, en el tiempo mítico y circular y sus connotaciones memoriosas, llegué a otro puerto. No me pregunten. Casi me avergüenza que esto se esté complicando y alargando así.

Llegué a The Eternal Sunshine of a Spotless Mind. Una de mis películas preferidas, que he visto apenas dos veces pero cuyo guión compré un día hace unos cinco años en plena calle en Soho, y no había abierto ni una vez. En estos días lo tomé de mi biblioteca y revisé la historia de Joel y Clementine y la relación que personifican entre el tiempo y el amor y la pasión. La convivencia no se les da, la historia lineal no se les da. Sufren por ello. Así que deciden borrarse la memoria para poder continuar. Se mudan al eterno presente. Lo curioso es que no logran escaparse. Todo se les presenta de nuevo, vuelven a enamorarse el uno del otro.

Pero más allá de la anécdota cinematográfica, pensé que el amor está inevitablemente ligado a la línea histórica. Se ama porque se recuerda. Se deja de amar porque de cierta manera se olvida lo que hizo que uno estuviera donde está. No es casual que tantas veces sea una pasión, efímera o no, la que lleve a la revelación sobre el final de un amor histórico. No seguiré por acá, no viene al caso. Pero sí dejo esta inquietud. Pareciera que en ciertas oportunidades está dado a la pasión plantar o poner en evidencia la discontinuidad que lleva al olvido histórico del amor. O encender una alarma para que la carrera contra el tiempo inicie y se salve lo que hay. Allí está Clementine con sus cabellos coloridos y Joel con su despecho, en su carrera contra el final.

I’m trapped in my head and everything I love is being erased! Stop it now! Estoy atrapado en mi cabeza y todo lo que amo está siendo borrado! Detenga esto!

Así. Supongo que para salvar el amor y la historia hay que hacer así. Y también hay que hacer así para reencontrarse con la pasión.

O así:

Take me to a memory I’m not in. And we can hide there ‘till morning. Llévame a un recuerdo en el que yo no aparezca. Y podremos escondernos allí hasta mañana en la mañana.

Eso le dice Clementine a Joel justo antes de que todo se vaya a la porra y él la olvide para siempre. Es una de mis frases preferidas de la película. Habla de lugar y memoria, habla de amor y supervivencia. Habla de empeño. Y si me preguntan, todas estas cosas son “lo que es”. No nace el amor, ni dura ni se le da oxígeno, sin algo de empeño. No nace el relato ni el poema sin esa carrera contra el fin, sin ese comienzo eterno. Clementine pide esconderse en una memoria inédita. Y pienso que construir una memoria con alguien más, o invitar a alguien más a participar de la memoria propia, es siempre salirse del tiempo. Es siempre una discontinuidad. Y es la construcción de un presente continuo. Es, y lo diré a riesgo de parecer infantil o lugar común: magia. Es poesía.

Las elaboraciones sobre el pasado, se ha dicho más recientemente, suponen y requieren, y no pueden escapar a la coexistencia de los dos discursos: el circular y el lineal. En occidente vivimos una historia lineal marcada por discontinuidades que permiten viajar del presente al pasado una y mil veces, cada vez que la tecla, el lugar, la música, la imagen, el relato y la pasión, lo llevan a uno al momento de los inicios.

¿No es hermoso?

¿Quién dice que cuando se escribe no se está invitando al otro a participar de la propia memoria (im)posible? A veces me pregunto qué memorias me esperan, me lo pregunto así, en pasado y en futuro: qué memorias me esperan. Qué puertas se abrirán cuando tome una pluma o este teclado. Qué pasión comenzará para detenerlo todo y dar sentido a lo que fue, sin registro de lo que ya no es, y sin olvidar lo que continúa siendo. Esta parte parece un trabalenguas pero creo que no la borraré. La dejaré así. Yo en estos días no quiero borrar nada. Estoy en mi propia carrera, buscando una memoria inédita.

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