De las cicatrices, el eterno Big-bang y el primer corte de cabello de Luca.

Hace quién sabe cuánto tiempo pasó
esto que ahora ocurre
la memoria es engañosa
por su exceso de fidelidad
en ciertos pasajes
reteniéndolo todo. Fragmentos
(¿como ahora?)
mientras se llega a San Francisco
en un autobús que cruzaría la barrera del tiempo.
Enrique Lihn

Este es un texto que escribí para la universidad. Tal vez es un poco más académico que lo que generalmente asomo por esta ventana, pero me gustó leer ciertos autores y hacer cierta tarea, y además el tema me es muy familiar. Es de esos temas-caracol, a los que uno vuelve, en cada giro desde otro lugar (o eso espero), en cada punto más cerca o más lejos del centro. En esa danza. Supongo que el día en que llegue a la médula del caracol, al pistilo del caracol, al corazón del caracol, habré muerto.

En este texto haré una revisión sobre las percepciones que del tiempo y la memoria, y su relación con el acontecimiento, el error y la destrucción, tienen los autores Circe Maia, Enrique Lihn y José Levrero. Es un viaje transversal, no pretende ser exhaustivo sino más bien lúdico, manifiesto del asombro cada vez que miro el tiempo pasar y marcarse sin que nadie tenga nada qué decidir. El tiempo se marca solo y este texto es una reflexión privada sobre ese fenómeno, una reflexión que ocurre herida por mi experiencia personal como lectora de otros autores (Barthes, Marías y Saer) y como madre de mis dos bebés. Veamos.

El paso del tiempo se experimenta de manera segmentada y múltiple. Su percepción es discontinua, es particular y es irrepetible, cada quien lo ve pasar a su manera y desde su lugar, marcado por el evento, la inflexión que echa a andar o detiene la línea histórica, y que puede ocurrir en mayúscula (cuando es compartido por un colectivo y ocurre en el espacio público), o en minúscula (cuando se vive de manera subjetiva, privada). En un caso o en el otro, el acontecimiento que marca la temporalidad, que irrumpe en el tiempo para detenerlo o re-crearlo, es inseparable de la experiencia física, psíquica y emocional, siempre íntima.

Circe Maia en su texto “Destrucciones” habla del paso y la ruptura del tiempo, y de la relación de este fenómeno con la construcción y destrucción del objeto y del sujeto (o del objeto como representación del sujeto). Los momentos de destrucción sean voluntarios o no, sin irremediables. Es muy fácil destruir, hay una desproporción horrorosa, dice Maia, entre efecto y causa. Un movimiento, un gesto errado, y todo vuela por los aires, se ha producido una herida.

Pienso en esto y viajo a la voz del personaje Adelina Flores en el texto “Sombras sobre vidrio esmerilado” (de Juan José Saer), que encuentra en las cicatrices la noción constante de lo que hemos sufrido. No se trata de recuerdos, dice, son signos. La rotura de una taza, el accidente, la destrucción de algo animado o inanimado en un momento de descuido, y así mismo la cicatriz y la muerte, son entonces la pausa cuyo final (es decir cuya reinserción en la línea histórica) se traduce en una realidad cambiada e imposible de restaurar tal como fue, o como venía siendo.

No se puede volver atrás, no se puede retomar la pureza inicial de las formas, ni del objeto ni del ser. Aún cuando la cicatriz dejara de verse, el rastro del accidente es imborrable. El signo no se va.

Y esto me lleva por un instante a Javier Marías que en su primer libro de la trilogía “Tu rostro mañana” advierte el carácter irremediable de lo que ha sido aún luego de que ha cesado de existir. Una mancha de sangre en unas escaleras es imborrable. Por más que se limpie ya ha estado, ha sido, y no puede dejar de haber existido.

Al leer estos textos pienso en la maternidad. Los hijos (la creación real y simbólica de la especie, la re-creación de uno mismo), acercan, así como a la vida natural, a una noción salvaje de la fragilidad del momento y del carácter definitivo de toda destrucción. Un hijo es evidencia irrefutable del paso del tiempo. El hijo aprende, crea el mundo, se crea a sí mismo en el mundo. Mientras crece, lo demás madura, la madre afina y profundiza su experiencia vital, y en algún momento comenzará a decaer.

Voy a la peluquería con Luca por primera vez. La mujer me pregunta, con las tijeras en la mano, si quiero guardar un mechón de su cabello. Respondo que no, pienso con desagrado en el manojo de cabellos inertes, me pregunto ¿dónde los guardaría?, ¿qué haría con ellos? Pero valdría la pena conservarlos, me contradigo: este tiempo no vuelve. Al final resuelvo que no regresa y no tiene que hacerlo. No hay nada qué guardar, concluyo. Mientras pienso y dudo, los cabellos han caído al piso y una escoba se los ha llevado a la basura. Ya es muy tarde para cambiar de opinión, ya pasó el momento y la oportunidad. Al mismo tiempo, no deja de pasar. Ese tiempo se vuelve inaccesible y a la vez no puede “dejar de haber sido”. La cicatriz, la muerte progresiva, es. Sólo yo siento, desde mi mirada, que ha ocurrido una pequeña muerte.

La imagen de un bebé acercando el dedo al tomacorrientes o caminando hacia un precipicio aproxima a la noción del accidente y la destrucción irremediables. Nos asoma al costo del error o del descuido. Entro a la biblioteca para trabajar en los últimos retoques de un capítulo. Suena el móvil. El sonido me detiene. Tengo todo conmigo, estoy en el canal de la escritura, lo dejé todo en orden en casa, ya es mi tiempo para trabajar en la narración de una historia. Pero hubo sonido, una primera ruptura; y ahora una imagen, la segunda ruptura: Mateo ha introducido la cuenta de un collar en un orificio de su nariz. La nariz está obstruida. Camino de vuelta al metro. Nada importa, no habrá ficción esa mañana, pero tampoco habrá realidad lineal. El tiempo se ha detenido, nada más está ocurriendo en el universo. Las agujas no avanzan hasta que salimos del hospital y veo a mi hijo desplazarse con su patineta a lo largo del hombrillo.

Maia advierte que el silencio (la ausencia de marca, de señal), así como la mirada hacia dentro, protege el presente y la memoria inmediata. El silencio es el templo del tiempo que no corre, o del tiempo que corre sin pausas ni señas. Una vez que el sonido irrumpe (una música que inicia repentinamente, un grito, una explosión: el sonido del móvil cuando estoy en la biblioteca), ocurre la conmoción, se interrumpe la cadena de razonamientos, o lo que es lo mismo: se quiebra la línea temporal. El sonido es agente destructor (la bomba atómica) y creador (el Big Bang). En cuanto a la imagen, al ver sin mirar (cuando no hay ad-miración), el tiempo corre. Cuando se genera la pausa, el tiempo cambia.

O en palabras de Enrique Lihn (“A partir de Manhattan”):  “Un mundo de voyeurs sabe que la mirada /es sólo un escenario/donde el espectador se mira en sus fantasmas/Un mundo de voyeurs no mira lo que ve/sabe que la mirada no es profunda/y se cuida muy bien de fijarla o clavarla…”; “…En eso de mirar hay un peligro inútil/fuera de que no hay nada que ver en la mirada.”

Leo el poema y pienso en “La cámara lúcida”, donde Roland Barthes habla de las imágenes como agentes punzantes. La mirada que no mira es incapaz de cambiar algo. Basta fijarla, atender a lo observado, detenerse y dejarse impresionar, para que el tiempo cambie. O en palabras del autor, para que se genere la punción. La visión detenida marca, hiere, genera una cicatriz incurable. Pero esa visión, esa experimentación, no puede ser más que íntima.

Por su parte, Maia afirma que el momento de despertar (paralelo a la herida infligida por el sonido y la imagen, pues algo que conmueve también despierta), es una creación violenta y global. Irrumpen las imágenes, los sonidos. Así como se re-crea infinitamente el presente con la rutina y el ritual, así mismo se destruye de manera progresiva. Ahora mismo, mientras escribo, el presente está hundiéndose en el pasado, mis hijos están envejeciendo, yo estoy desapareciendo.

El proceso subjetivo, si bien es narrable, es inasible. Que mi hijo Mateo haya aprendido a escribir su nombre es un evento mayor en nuestra historia mínima. Deja de existir el bebé para que nazca el niño. Cada vez que diseña los trazos de su nombre, cambia, se genera una herida, una cicatriz queda con cada marca. La existencia de Mateo se reactualiza (Big Bang) dejando atrás lo que fue, hundiendo su pasado. Las nociones del tiempo, las miradas, vistas así, no pueden ser más que únicas y privadas.

Pero si la experiencia personal o la mirada privada sobre el paso del tiempo es inevitable y universal a pesar de su carácter íntimo, ¿no hay salvación? La salvación de la herida y el final, sugiere Maia, sólo es posible en el mito, gracias a su circularidad y su repetición, a su renacer continuo. ¿Cómo puede evitarse la muerte?, pregunta alguien entonces en el mito. Quien ha preguntado tiene sobre sus hombros la supervivencia de la especie.

Dice Levrero que el tiempo es una masa cálida girando en torno de sí misma, conteniéndolo todo, sin soltar nada. Todo tiene el sabor de lo ya vivido muchas veces. Todo se repite pero nunca igual, nosotros nunca somos iguales a nosotros mismos. Es la rutina de Maia, que crea el presente sin cesar pero también supone una serie de pequeñas muertes. Así como el mito, la rutina también salva; cada gesto mínimo repetido pone a andar la rueda (la Historia), o las pequeñas esferas o espirales (las historias), que se desplazan para reactualizar el universo.

Finales y comienzos, construcciones y destrucciones, creaciones y re-creaciones que muestran un nuevo paisaje cada vez. Nunca nada se repite. Levrero dice sobre su enamorada: “Mi tiempo pasa a ser, cada vez más, tiempo de construcción de ella. Es inútil. Ella vuelve, y vuelve a destruir lo que construyo”. Y más adelante continúa: “… sabe que si yo terminara de armar el dibujo, de construirla tal como es, me aburriría de ella, dejaría de amarla”. La construcción y la destrucción infinitas son vida. El día en que ambos procesos dejan de ocurrir, sólo queda la muerte.

Cada quien mira ese círculo re-creador y esos espirales desde un lugar único, subjetivo. Se genera la memoria pública y privada, se crea y se re-crea la historia, desde la mirada del que mira con intención. Y volvemos a Lihn, que muestra el paso del tiempo ligado al lugar que no se vuelve a visitar. Las imágenes son puerto, son lo que se mantiene, las señas fijas. Entretanto y frente a ellas, el autor va pasando. Pasa frente al cuadro, llega y pronto abandona una ciudad, baja al Subway y permite que la velocidad lo desintegre para volverlo a presentar. El tiempo pasa y con él el poema, que va dejando en el recorrido los hitos de lo que ya no es. “Nunca se ve la misma cara dos veces/En el río del subway”. (E. Lihn)

Mateo espera que llegue el otoño. Comienzan a caerse las hojas de los árboles y ahora cada dos o tres días me ofrece en el parque una nueva hoja-marcalibros. La hoja del regalo eterno de tan repetido, va cambiando de color. Pasa el tiempo, pasará pronto el otoño y ya mi hijo no tiene la edad que tuvo cuando le cortaron el cabello por primera vez. Cuando vamos juntos a peluquería ya nadie pregunta si quiero guardar un mechón.

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