Una semana (perfectamente) normal, o el fin de las vacaciones en cinco fragmentos desordenados.

Mi hijo de tres años y medio amanece contento. Se para en la mitad de la sala extendiendo los brazos hacia los lados, en T, se mira a sí mismo hacia abajo y hacia los lados y me dice: Ya soy un hombre. Mírame. Ya soy un hombre. Ya no soy mediano (que es lo que venía siendo según él hasta el día anterior: mediano, no un bebé, no un niño). Ya soy un hombre.

Justo en este instante, que no es realmente el momento en que escribí el párrafo previo sino ahora, cuando lo releo para publicar, recuerdo que al acostarlo a dormir la noche antes le dije para convencerlo (y porque es cierto) que los niños tienen que dormir para crecer.

Siento vértigo ante la disposición de mi hijo a creerme.

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Abro la página digital de Cooking Light y leo que el primer error más común en la cocina es no probar lo que se prepara en la medida en que se agregan los ingredientes. Dependiendo del día, del momento, del lugar donde se compran los insumos o donde uno vive, dependiendo de las condiciones en el instante en el que se están preparando los alimentos o de los gustos de quienes escriben las recetas (hay quienes prefieren un punto más de sal, un poco más de aceite o más dulzura), el resultado puede o no complacer al cocinero.

Decide quien prueba, quien se dispone a decidir. Las recetas son mentira, son obra de los señores de lentes en Matrix. Seguirlas al pie de la letra es una gran estupidez, me digo.

Más adelante leo que otro de los errores (el tercero) es no leer las recetas hasta el final antes de comenzar a cocinar. Así que son una estupidez pero hay que conocerlas bien, algo así. Como la máxima famosa conoce las reglas para poder romperlas después. Un lugar común, de acuerdo.

Hace dos días una profesora de yoga me dijo (lo dijo a la clase pero yo me lo traje como muy mío) que hay que conocer los propios límites para luego ser capaz de traspasarlos sin lesiones, sin errores, sin sufrimientos, en el momento adecuado.

Yoga, vida. Todo lo mismo. Donde hay verdad, hay verdad.

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Abro The Guardian y hablan sobre el paradigma recién instaurado que supone que la mujer real, la saludable e incluso fértil, es voluptuosa. La reivindicación de las curvas (post Kate Moss en su versión mínima de los 90), se ha vuelto ahora contra las delgadas, contra las flacas o huesudas. Ahora éstas resultan ser menos verdaderas, unas mujeres menos honestas. Si eres flaca eres tonta e insana. ¿No tienes celulitis y abdomen generoso, caderas y muslos fuertes? Eres sospechosa.

Se discute en el artículo sobre quién decide qué es lo real. Siento alivio. No porque lea alguna novedad, esto que comento ya se sabe, ya se sabía. ¿Quién carajo dice cómo tenemos que ser las mujeres? ¿Quién es el dueño de la receta única, la verdadera y respetable?

Siento alivio. No por voluptuosa, no por huesuda.

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Salgo a la calle y llueve. El clima es asqueroso. Me pregunto por qué siento asco. Se mojan mis manos mientras empujo el coche con mis dos hijos dentro, embutidos en sus abrigos y sus cobijas térmicas, bajo un techo plástico que es un desastre y que lo moja todo, lo mojará todo (a nosotros, al piso, a las cobijitas, todo) cuando al llegar al colegio yo intente sacarlos de allí abajo. Se moja mi rostro y pienso menos mal que hoy no uso mascara para las pestañas. No llevo paraguas así que ando todo el tiempo intentando cubrir mi cabeza con la capucha del abrigo invernal, que no sé porqué no permanece en su sitio. Hay mucho viento. A ratos llevo una mano en la cabeza y la otra en la barra del coche. Estoy incómoda. No creo que vayamos al parque esta tarde.

Pero no tengo frío.

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Este post es sobre la vida, la vida es desordenada, trae de todo, como dice Maelo. Lo escribo porque se está reiniciando un sector de mi cerebro, el que dejé a conciencia en reposo durante mi viaje a Venezuela pues sabía que no habría tiempo para él (para esa porción de mí). Las vacaciones escolares en cualquier país son un trajín, eso lo sabe todo el mundo aunque no deje de asombrar el borrón que infringen los hijos sobre los padres cuando nos ocupamos de criarlos. Es así. No suena bonito pero es parte de lo que es y de lo que hay. Cuidar un bebé, convertir un bebé en un mediano y en un hombre cuando lo sea, es una carreta, como dicen los colombianos con ese dicho que yo había olvidado y que justo recordé al teclear las tres palabras: es una carreta. Acompañar a un ser humano que crece para convertirse en manifestación del bien con todo y su mal no puede ser una tontería o un trabajo que se adelante a tropezones o en los márgenes de la vida. ¿O sí?

Pero mientras escribo este post sé que se está encendiendo un espacio que andaba en modo sleep, lado derecho, lado izquierdo, qué se yo, nunca sé, será el izquierdo; aún no arranca del todo pero ya comienza a hacer ruido. Es mi tiempo. Esta semana normal, este espacio de nada y de todo es de nuevo mi tiempo, dice esa porción del cerebro que tiene tanto de mí misma (¿Que soy yo misma?). En este instante de niños que crecen de noche, que escuchan más de lo que yo creo que escuchan, en este tiempo de recelo a las recetas, de confianza controlada por las fórmulas; en este instante de diferencia, de reconocimiento a la forma única. En este tiempo de unicidad y de búsqueda de balance, de disposición al camino; en este momento de aceptación a la lluvia con su (mi) asco, y de celebración de la sonrisa agradecida por lo que hay y lo que somos acá (en Nueva) y allá (en Caracas), comienza el año.

Saludos, pues, a los visitantes de este blog que es una casa.

4 comentarios en “Una semana (perfectamente) normal, o el fin de las vacaciones en cinco fragmentos desordenados.

  1. hola que cierto es todo lo que he leido. no tenemos receta para nada en esta vida, jajaja solo vivirla,como dijo alguien. la vida es como un rio, tiene remanzos cascadas rapidos y lo importante es estar en el. me encanto lo leido. un beso
    Marco

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  2. Sabes que mi mamá jamás prueba lo que cocina. Ella olfatea como una vieja loba. Quizás probar sea falta de fe. Yo siempre pruebo. Aún. Pronto empezaremos a usar la nariz.
    Tqm
    (Sé bien lo del paraguas…no tienes tantas manos…vaya la mía imaginaria que sostenga un paraguas imaginario).

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    1. Cinzia, yo creo que tu mami no prueba lo que prepara durante el proceso porque ya sabe cuál es su propia y única receta del placer y la delicia. Ella sabe lo que le gusta y cómo complacer al otro con lo que le gusta. Así que ya no prueba. Tiene fe con motivos para tenerla, digamos. Yo todavía ando en mi búsqueda de la receta perfectamente única ;). En esa búsqueda todos los sentidos son bienvenidos! ;) Gracias por tu mano imaginaria. Hoy salimos a la calle y nevó. Veníamos corriendo, muertos de risa. Tqm. Gracias por venir ;).

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