De coyotes y búfalos. De la ficción como licencia.

De coyotes

Durante muchos años los encontré anacrónicos y moralmente incómodos. Aquella fauna impávida, sugiriendo en cada caso una muerte o en todo caso un destino finalísimo anómalos. Aquellos ojos vidriosos que desengañan y advierten más allá de su apariencia líquida que tras ellos no hay más que algodón. Los frescos color pastel, esas plantas (¿plásticas?… supongo) que hacen de hogar. Las partes y el conjunto, esa composición, la del animal embalsamado y la escenografía dispuesta para que él crea que vive, sufren de una falla masiva, sólida como una pata de venado: todo lo que hay tras el vidrio de un diorama es una de dos, falso, o cadáver.

Ahí están los coyotes rellenos, en su pose eterna, sugiriendo con ella que están a punto de comer, de saltar, de aterrizar luego de un brinco, de comerse a una lagartija.

Click. Una foto.

Pero no, no es una foto, es un animal. Mi cerebro no entiende, mi emocionalidad no se compadece del todo, no termina de creerse el espectáculo pero tampoco lo ubica en el plano pictórico o fotográfico. No es ficción, no es 3D. Es más real que 3D (¡son animales o lo fueron!) y a la vez es demasiado rígido para ser creíble.

Se trata de un paisaje que interpela mi espíritu desde la carencia, desde la falta de compasión; hasta cierto punto desde la amargura biliar. ¿Es biliar ese mal sabor que ataca en la zona ubicada entre la garganta y la lengua cuando hay algo que se anuncia desagradable pero que no terminamos de verbalizar? No son peluches, carajo.

En un caso o en el otro, por su dosis de falsedad y muerte, los dioramas siempre me parecieron fragmentos congelados de tiempo (es su intención, así que de cierta manera bien logrado tienen su objetivo) pero no lo suficientemente congelados o inorgánicos como para pactar con ellos sin conflicto. Esas vitrinas son urnas. Los coyotes son momias a quienes por cierto, o mejor dicho por fauna, nadie preguntó qué querían hacer de sí una vez muertos. Al la vez tienen algo plástico. En conclusión, sufren de inverosimilitud narrativa.

Y de búfalos

No es que importe en términos reales, los pobres animales ya pasaron a la historia (sí, a la Historia Natural del Museo), pero moralmente es inquietante: ¿dónde van a parar los búfalos disecados, esas moles, luego de que cumplen lo que les tocó vivir y lo que les tocó al morir, luego de haber sido vaciados de sí y rellenos supongo que de guata y químicos para su exhibición? Dónde van o mejor dicho dónde los llevan luego de que pierden algo de lo que justifica que estén en aquella vitrina, no en venta, en eterna pose?

Recuerdo mis visitas al Museo de Ciencias de Caracas cuando era pequeña, y mi fascinación con sus escenografías africanas. Por cosas de la antropología y la escritura luego trabajé allí, pero no volví a ver esos animales, no volví a asomarme a los dioramas, que comenzaron a tener un estigma que entonces superaba el asunto de la moralidad en nuestra relación con la fauna o la integridad postmortem de cada ser. Y que tampoco tiene que ver con esa pata coja (sí, alguna otra de las del venado) que hace que no se les termine de creer ni de querer. Durante el tiempo comenzaron a cargar con un estigma muy distinto, más relacionado con el mundo del espectáculo y la exhibición que con otra cosa: no son interactivos. En aquel momento todo tenía que ser interactivo para ser educativo e interesante. O eso pensaba yo. Así que además de inverosímiles, también aburridos me resultaban.

Al ser humano lo que le mueve y le conviene es la organicidad. Eso me decía entonces y me sigo diciendo. Estamos hechos de moléculas y de células en constante intercambio y eso necesitamos ver afuera también. No basta con los colores y la ilusión óptica de realidad. Cuando se trata del mundo natural, hace falta tibieza, latido. Eso siento.

Del viaje.

Pero hace un par de días regresé al Museum of Natural History de Nueva. Luego de un paseo astronáutico de lo más interesante, subí al piso uno por los viejos ascensores de madera y bronce que en su estética -y mecánica- antigua, advirtió lo que venía: un viaje no ya hacia la luna, ahora hacia el pasado. Podría escribir en plural: llegamos al piso uno, pero la verdad es que la experiencia fue personalísima a pesar de que iba acompañada o mejor dicho estaba llevando a mis dos hijos. Llegué frente a los dioramas y allí estuve, asombrada con los colmillos del zorro, sabiendo bien que de no ser tras el vidrio, jamás veríamos las fauces de un animal salvaje como ése, o al menos no riéndonos y pensando qué hay en la otra ventana, si un oso en dos patas o una lagartija. Con esa emoción relajada, digamos. Pupilas vibrando, ojos bien abiertos: mira bien, quédate un poco más. Mira qué enorrrme el búfalo.

Me pregunté cómo es que pasé por alto la iluminación de estos dioramas la última vez que visité este museo, que no fue hace mucho, por cierto. Me descubrí fascinada con el dibujo de fondo: la mole del Capitán con su corazón y su nariz. Yosemite. Qué detalle. Jugué con mis hijos y me divertí yo. (Al final uno siempre se divierte. Siempre. Se. Divierte. Hasta cuando está uno trasnochado encuentra aventura tras el juego infantil.) Pero era algo más. Había drama. Esos animales tomaron un carácter narrativo, se convirtieron en personajes de ficción.

Salí de aquella visita pensando que la vida (cristalizada en el Museum of Natural History, en mis hijos y mi dedicación sabatina), me había regalado una demostración más: volvió a enseñarme que lo importante no es lo que se cuenta sino cómo. Me despedí del museo recordando lo que opino de los dioramas y los animales disecados (que lo sigo pensando) pero ahora también reflexionando sobre la emoción que estuve dispuesta a sentir. Apenas ahora me doy permiso de superar “lo que opino de los dioramas”, para viajar y retozar con lo que siento cuando me cuentan una historia que quiero escuchar. Querer creer es todo un lujo. Querer creer es una llave.

Uno sólo mira el mundo cuando está dispuesto a hacerlo. Así que compré el viaje a Yosemite, a Africa, a la Selva Amazónica, y al pasado. Y me aventuro a pensar que a partir de ahora siempre veré los dioramas de los museos de ciencias desde una nueva perspectiva. Cambias tu mirada una vez, y la cambias para siempre. O tal vez no, tal vez (debe ser así) podré modificarla de nuevo en tres días o diez años. Lo único seguro es que cada vez que me encuentre ante una de esas ventanas, lo haré llevando conmigo ya no sólo la certeza de su anacronía sino también la herencia que me dejó el paseo de este fin de semana. Llámenlo deseo. Llámenlo ficción.

5 comentarios en “De coyotes y búfalos. De la ficción como licencia.

    1. Corazón, espero que pronto. No dudes que si vamos a SF serás la primera en saber. Y ustedes!, vengan a Nueva! Así salimos a jugar al parque con los niños y luego a hacer yoga y farandulear las niñas. Un beso, y gracias! Me encanta que ahora tengas blog para contarnos a todos más.

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  1. Confieso que tengo una relación ambigua con los animales en cautiverio y con los disecados que vemos en los museos de ciencias. Sí, me dan un poco de pena, me perturban, hay algo en ellos que me incomoda un montón, tal vez ese forzamiento a estar fuera de su lugar natural (tanto en la vida como en la muerte). Sin embargo, no soy capaz tampoco de renunciar a esa fascinación infantil que también siento cuando los tengo enfrente: “mira el bisonte, yo nunca soñé en ver un bisonte cara a cara. Vamos a quedarnos un minuto más para verlo bien”.
    Magnífico tu escrito, Keila, como siempre.

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    1. Cómo me alegra tenerte de visita. Gracias por la compañía, qué bueno saber que hay otros ambivalentes, otros que se debaten entre la perturbación y la curiosidad. La aventura es siempre un poco así, ¿no? tiene siempre algo de inquietud, de fuera de sitio, y también de curiosidad lúdica. Un beso, gracias. Nos vemos por allá, o por acá.

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