El agua es del color que quiera ser, de las habitaciones propias y ajenas, o Inventario de primavera número uno

A veces hace falta un inventario cable a tierra. Un recuento de miniaturas, de fragmentos, de fuga hacia el encuentro, un mapa en retroactivo. A veces es necesario recuperar un espacio/tiempo, como en un ritual que nos transporta al comienzo, porque en el comienzo habita la razón de ser de lo que hay y ha sido. Los inicios son importantes por ser el tablero donde las reglas del juego, donde las creencias y lo que importa, alguna vez fueron propuestos. Y allí se queda ese punctum infinito con su verdad, esperando visita para hablarle al oído y decirle: esto eres y a esto viniste.

Pensando en eso, y porque últimamente he estado fuera de ritmo, fuera de (mi) tempo, permitiendo que un trombón vacío, silueta grave y nula, engulla lo que digo, hoy comienzo un inventario. Una cuantificación sin cuenta de visiones que me importan y quiero conservar.

Un día primaveral de amenaza de lluvia, por ejemplo. Eso es algo que no hay que explicar ni contar. Un día primaveral de amenaza de lluvia. Al cajón del inventario. Me lo llevo.

La foto de una amiga en la que ella aparece plácida, sonriente, rodeada de agua color oscuro, flotando dentro de una enorme tripa negra de caucho (es decir que aparece ella, luego círculo negro, luego: infinito negro). Y subida al mismo salvavidas, por esas cosas misteriosas de la imagen y de la complicidad entre mujeres que viajan: Keila en las aguas amazónicas.

Un viaje al pasado: dos meses sin hielo, sin teléfono. Dos meses de baños en el Caño San Miguel, con jabón azul. Dos meses de olor a fogón adherido a la ropa, de horas navegando en curiaras, de frío pegostoso o calor intenso. Dos meses de agua color cocacola: extendía el brazo hacia fuera del bongo con un vaso en la mano y listo. Lo único que no faltó nunca durante mi estadía en el Caño San Miguel, fue el agua color cocacola. Zoom Out. La cámara gira. Zoom in. La foto de una piscina al aire libre en Islandia. ¿Pero qué hago acá? Color celestescándalo rodeado de nieve. ¿Son partículas de polvo o copos de nieve estos puntos blancos fuera de foco? ¿Qué sonido tiene esta imagen que soñé? El azul duele en la retina.

Una verdad para el inventario: el agua puede ser de cualquier color. De todos los colores. El agua es del color que ella quiera ser.

La lectura de “A room for one’s own”, de Virginia Woolfe. No puede quedar sin cajón. (Joseph Cornell, te amo). “What holds a book together is integrity. The conviction that he gives one that this is the truth.” Me gustó prepararme para la primavera pensando en mi verdad y en lo que escribo, que sin obligatoriamente ser cierto, es verdadero. Me gustó pensar en la Mujer como pobreza y periferia a lo largo de la historia y en Lo feminino como periférico incluso hoy. Me gustó senta(i)rme o reconocerme allí (aquí), que es lo mismo que decir que me gustó leer el libro mientras miraba desde la esquina (del ojo y del cuarto) a mis dos hijos saltando de la cama a la alfombra, armando rieles de tren, preguntando cuándo vamos al parque. Y tengo que añadir que estábamos en la habitación de ellos, que yo era la intrusa in a room of their own.  Alguien debería escribir sobre la literatura orgánica, sobre la experiencia orgánica de la literatura. Supongo que sería el paso siguiente al libro de Woolfe.

Una idea: más que un escritor andrógino, más que el encuentro entre los poderes y debilidades masculinos y femeninos, habría que pensar hoy en una lectoescritura que transforme la lucha de poderes en cooperación. Habría que ser no tanto andrógino, sino cooperativo. Empático. De eso, a veces me parece que no hay mucho.

Y una cita hasta la próxima: “I need not to say that what I am about to describe has not existence… lies will flow from my lips, but there may perhaps be some truth mixed up with them”. Puede que genere vértigo, pero si no es para contar algunas verdades, ¿de qué sirve escribir ficción?

Este recuento des-organizado viene por entregas, y por cosas de la cronología bloguera aparecerá en retroactivo, una mirada invertida que no está de más, pues a fin de cuentas, de eso se trata. Se trata de una recolección que me conecta con la pulsión que devino en blog. Por lo pronto, estoy en NY y hoy es miércoles. Es el día de mi clase con Antonio Muñoz Molina. Contar con su mirada es de lo mejor que me ha tocado hasta ahora. Su mirada sobre la obra del otro, es en sí misma un cajón de este inventario.

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