Finales

Y me llegó la hora.

I.

Por lo visto me llegó pues he estado reformando el espacio y dándole vueltas, mudando jarrones y cambiando el color de las paredes, escribiendo algunas cosas para postear acá y guardando las que se parecen a los poemas que vendrán. Desde hace tiempo decidí publicar menos poesía en este espacio y más bien dedicarlo a lo otro. A esto.

Me llegó la hora de regresar al blog, de escribir un poco sobre Nueva York, de despedirme de los amigos que conocí o no conocí pero vi semanalmente en el MFA en Escritura Creativa de NYU. De desplazarme en el teclado sin nadie que diga hacia dónde. Ni yo misma.

De la Maestría, en la que vimos clases con Sergio Chejfec, Mariela Dreyfus y Diamela Eltit, entre otros estupendos escritores y profesores, nos despedimos con la inauguración de la nueva edición de la Revista Temporales. Luego con una lectura colectiva en el Auditorio King Juan Carlos de NYU. Por último brindamos entre nosotros.

Habrá tiempo si es que va a haberlo para pensar y digerir mi experiencia como alumna y asistente de Antonio Muñoz Molina, un espléndido ser humano, generoso profesor y guía; valiente lector y brillante escritor. La asistencia, principalmente administrativa y muy flexible, me brindó el honor de ayudarlo en algo, de hacer una mínima parte de su vida, la que dedica a NYU durante un semestre al año, más fácil y llevadera. O eso espero, haberle servido. Además fue el primer lector de mi novela, que presenté como trabajo final. Entre un espacio y otro, entre los salones de clases, los encuentros en su oficina y las discusiones sobre mi novela, he comenzado a aprender a leer y también estoy descubriendo qué cosa me gustaría escribir. Cómo me gustaría escribir.

Aquí estoy. Mirándolo bajar en su bicicleta desde nuestro barrio, como le llama cuando hablamos sobre uno u otro restaurante, cuando nos contamos sobre los parques o sobre las bibliotecas públicas que nos quedan cerca y visitamos. Lo veo bajar desde acá hacia NYU, por Riverside.

A mí me conviene la Biblioteca de St. Agnes en Amsterdam Ave. A él, ahora que lo pienso, no sé cuál le gusta más pero debe ser una de Columbia University. Tendré que preguntarle cuando regrese de Madrid y volvamos a vernos, y ahí tal vez, después de dos años conociéndolo, me atreva a pedirle que me firme un libro. “Ventanas de Manhattan”, supongo. Antonio habla de nuestro barrio como haciendo mención a un enclave, como si el barrio fuese un lenguaje que nos hace cómplices, y así es.

II.

Quiero decir que yo no soy, ni de lejos, la persona más Neoyorquina ni la escritora más Neoyorquina ni la visitante más Neoyorquina. Es que esta ciudad es muy jugosa. Me lo dijo Lissi riéndose, “es que tu nueva york es alucinante”, luego de contarme sobre su fin de semana de museos y rumba y yo contarle sobre el mío, entre parques, patinetas y manteles para picnic.

III.

Hoy recibí un email y me quedé pensando en las cosas que uno va aprendiendo en la medida en que crece y que tienen que ver con la fragilidad y la pérdida. Cuando ya no nos quede tiempo habremos entendido muchas cosas y valdría la pena que pudiéramos quedarnos un poquito más. Digo, sería tremendo no pasarla mal por lo que no hay que pasarla mal y dormir bastante y bailar más y todas las cosas que uno sabe -uno lo sabe- que debería hacer con mayor frecuencia para ser más feliz pero que deja de hacer por culpa de una cadenita pegada al tobillo que podría llamarse ombliguismo histórico. Siempre pensamos que todo tiene que ser ya, todo lo que nos preocupa tenemos que resolverlo ya. Para después es tarde.

Uno se va a morir sabiendo bastante, creo. Ojalá que así sea, sobre todo por el bien de quienes nos rodean y aprovechan las propias bondades cuando las hay. Pero ahí ya será tarde. Supongo que el mundo está diseñado así, que la imperfección del mundo es inevitable justamente por eso: uno siempre se va antes de terminar la tarea. Es una lástima para el planeta y sus habitantes, pues los que más sabían cómo funcionaba esto de estar vivos, ya están muertos.

Supongo que ahí entra el yoga y otras disciplinas que te permiten abrir un hueco en el espacio y el tiempo y notar dónde es que estás parado y qué es lo que más importa. Me parece que parte de ese aprendizaje vital tiene que ver con la noción de impermanencia y con la humildad a la que obliga. Y como decía mi amigo en el email hoy, está enlazada, anudada, a la percepción sobre la fragilidad de los hijos y a los padres. Está ligada a la sangre en todos los sentidos posibles.

IV.
Hasta acá llega este post mientras sigo pensando en el cambio y en los restos. Ahora que lo pienso debe ser por esto mi blog no se llama ya Fugapermanente sino Keila Vall. El tiempo se sigue fugando. Yo sólo intento, a ver si lo logro, preocuparme menos por la fuga y concentrarme más en lo que queda. A ver si me contagio de quienes han ido aprendiendo cómo vivir y le dejo un regalo a mis hijos. Parece que un buen punto de partida para mirar este paisaje, el que fue y el que sigue siendo, es el que se ofrece desde las letras de mi propio nombre. Este blog es a partir de hoy un aquí y ahora con nombre propio.

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