Pa(i)sajes

Llegado el verano Turbo y Rainbow se quedaron sin casa y sin familia, o mejor dicho sin cuarto, sin room C y room D, y sin sus anfitriones habituales, unos niños que siempre andan como hormiguitas ocupadas hablando bajito y cruzando los salones de acá para allá. Les pasan al lado sin mirarlos, ya los asumen como parte del ecosistema que les enseña lo que el mundo es. Tal vez debería decir que Turbo y Rainbow viven en un colegio Montessori y que los salones de clase en esas escuelas son así: muy callados aunque cada niño esté como de su cuenta, elija sus propios proyectos de acuerdo a sus preferencias y por lo tanto durante el día haya siempre unos dedicados a “lo suyo” mientras otros van y vienen con bandejas transportando botellitas y goteros, con alfombras, rompecabezas, kits de costura y delantales, preparándose para lo próximo o depositando en estantes lo que ya se terminó de hacer.

A estas alturas esos niñitos deben estar jugando en la arena y bajo el sol o visitando a sus familias fuera de la ciudad o del país –pues si hay algo que uno aprende acá es que todo el mundo está de paso y todo el mundo tiene tíos, abuelos y amigos en cualquier lugar del mundo. Así que  en el colegio comenzaron a buscarles hospedaje hasta septiembre, a Turbo y a Rainbow, y acá decidimos brindárselos hasta que se pueda, mientras en estas vacaciones estemos en Nueva York, antes de ir no sabemos dónde, pues en esta casa, donde sea que quede esta casa, nunca hemos sabido muy bien qué planes tenemos o por cuantos días, y en especial este verano estamos nosotros mismos sin otro lugar de destino más que éste al que nos destinamos hace tres años, y que en el fondo lo contiene todo. Nosotros estamos sin casa en otro lugar que no sea éste, y si normalmente nos habríamos ido a nuestro país, esta vez no es así. Y acá están Turbo y Rainbow pues: nuestras mascotas temporales en esta hasta ahora no-vacación pues entre otras cosas, además de nuestra tendencia indecisa, la tesis sigue dando qué hacer.

Turbo es del tamaño de un melón pequeño y Rainbow mide lo que mide mi mano izquierda. Cada uno tiene su casa, la de la tortuga es una pecera con una piedra flotante y termostato, con una foto acuática detrás que la debe hacer sentir muy solitaria. Rainbow vive en un terrarium más pequeño y nos da trabajo. También tiene una foto. Hoy estrena una planta que le fascina y de a que no se quiere bajar. Hay que comprarle grillos. Hay que alimentar a los grillos y darles vitaminas de manera que ella esté bien alimentada también. A veces se mueren los grillos y hay que limpiar la tierra. A rainbow se le rocía agua dos veces al día y Turbo come diez palitos de algo que huele a pez. Mis hijos han sido buenos anfitriones.

La pecera de Turbo se va secando y comienza a sonar una bombita de agua. Cada vez que eso pasa creo que el filtro de agua de Caracas se está llenando. Le toma unos 45 minutos llenar la botella de acero inoxidable, de un litro o un poco más, porque el agua llega muy sucia. Los dos sistemas que instalamos se obstruyen en seguida así que el grifito está todo el día abierto. El agua cae gota a gota. En nuestra casa, donde sea que quede nuestra casa, se toma mucha agua. No viene directamente al caso pero ya que hablamos de animales mi tía siempre me llamó sapito y todavía le asombra que yo pueda beber un vaso de un solo trago y sin respirar. Así que el grifo con filtro tapado de mi casa en Caracas está siempre abierto lo que equivale a decir acá en Nueva York que a Turbo se le está bajando el nivel del agua. Suena la bombita así que hay que ponerle más.

Los respectivos huéspedes de terrarium de Rainbow, que compramos cada diez días en la tienda y nos dan en una bolsita que velamos con asombro en el trayecto hacia la casa en el autobús, serían como unos frijoles saltarines si no fuera porque lo que son es grillos y los grillos justamente lo que hacen es saltar. Además de cantar. Tal como los grillos de mi casa vieja, la de mis abuelos y luego de mi mamá. En las noches el jardín de esa casa era un concierto, de sapitos justamente, qué cosas, y de grillos. Un concierto del que sólo un par de veces algún extranjero, y también huésped, se quejó por no poder dormir. Cuando llueve, cantan más. En mi sala de Nueva York hospedo el jardín y la cocina de mi(s) hogar(es) en Caracas. Son dos emplazamientos para una sola casa que en el fondo es un país. Cuando rocío de agua la lagartija, los grillos cantan más. Cuando Turbo ve amenazado su acuático entorno y sólo le queda como esperanza la foto al fondo de la pecera, algo me dice, es una sensación celular, que todo está en orden. Estoy en casa, me dicen mis músculos y mis ligamentos, todo está en orden y todo está bien, sienten mis células cada vez que escucho la vida ocurrir en los hábitats que hospedamos.

Así que estos dos invitados han venido a esta (mi) casa (de) Nueva (York) para llevarme a mí a la casa de siempre, a la de antes, a la que este año, esta vez, no voy a poder ir.

 

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