Progresivamente

Hoy en la tarde sonó el teléfono y me avisaron que mis lentes nuevos estaban listos. Estoy aprendiendo que para ver la pantalla debo enfocarme en el centro, cuando estoy tecleando usar la parte inferior del lente, y cuando estoy mirando la gente o el paisaje, la parte superior. Lo que no te dicen en la óptica es que además de aprender qué parte del lente usas para ver lo que ves, tienes que considerar cuán cerca estás -o quieres estar- de lo que ves. Debes tener presente tu propia actitud ante aquello que miras, para saber desde dónde mirarlo y poderlo procesar. Ahora por ejemplo estoy viendo la pantalla diagonalmente, como de lado, como con desconfianza, y así con estos lentes todo luce rarísimo, desdibujado. Todo resulta incómodo y cuesta creerlo. Así que es una especie de juego 3D macabro en el que si mueves una parte sin tomar las medidas necesarias en la otra, todo se jode.

Estoy comenzando a celebrar la cuenta regresiva antes de mi cumpleaños y estoy recordando algo que ya sabía pero había olvidado. Y es que si voy a cumplir cuarenta y uno, es porque ya los viví, así que de cierta manera no hay nada nuevo qué contar. O lo contrario: si es celebratorio el instante que sigue al impulso y el vuelo, ese instante aéreo que precede milimétricamente al contacto con el agua y en el que todo indica que la pirueta va a salir bien, entonces tengo casi un año celebrando este cumpleaños. No pretendo dejar pasar la fecha que viene sin honrarla. Siempre me han gustado los rituales. Pero esta vez el pasaje se me antoja más fluido. Debe ser porque esta vez a conciencia llevo tarea de una página a la siguiente.

Hoy, cuando mi esposo viaja y mis hijos se fueron a dormir con sus abuelas por una noche, fui a buscar mis cristales nuevos y luego a una clase de prema-yoga en la que hice varias paradas de mano, algo que en mi universo personal merece siempre una celebración. Cada vez que entro a Adho Mukha Vriksasana vuelvo a nacer. Cada movimiento dura un instante. Aprietas los nudillos contra el piso, los doblas un poquito. Metes el ombligo y aprietas otra vez los dedos y los estiras. Alargas las piernas y sientes espacio hacerse en las caderas. Te re-constituyes en el juego que ocurre en el margen. Te reescribes desde el margen. Un milímetro más allá y lo que sigue es precipicio. Caes en puente. Entrar al precipicio con la columna flexible. También eso hay que celebrarlo.

Después de una ducha flash y de vestirme en mi casa solitaria, sin pedirle a nadie que no se peleara o que recogiera los carritos, me fui a la universidad. Estoy tomando una clase, justamente, sobre la escritura desde los márgenes. Y allí escribí un texto que nos pide el profesor a veces como gimnasia en cinco minutos. Nos pidió garabatear algo a partir de algo. Hoy yo escribí sobre el handicap que supone no poder decir lo que sientes o lo que siente tu personaje en el idioma del país en el que vives. Y daba tres ejemplos, de los cuales menciono dos. Uno, la guayaba de “Buscando guayabo”. Seguramente es un ejemplo demasiado común -pero contando con cinco minutos y en inglés, uno se agarra de lo que puede para decir lo que quiere decir. Me preguntaba cómo le explicas a alguien que no sea latino de qué va la canción, y de qué sirve en este contexto decir, por ejemplo, que la guayaba es una fruta. De ahí comentaba que acá de vez en cuando bailo salsa y que en Caracas desde hacía tanto tiempo ya no. Podría decirse que acá ejerzo mi latinidad más que allá. Dos, en el ensayo apresurado me refería a la palabra home, que existe en español pero cuyo sentido justamente quienes me enseñan son mis hijos, con su sola presencia, más angloparlante que latina. Así que aprendo el significado de la palabra hogar gracias a mis hijos, que, no se malinterprete: hablan perfectamente el español, se desmayan por un cachito de jamón uno, y un pastelito de queso el otro, y les fascina “Ratón y Vampiro”, pero que viven Nueva York como New Yorkers, y no como niuyorquinos, que es como usualmente vivo yo en esta ciudad. Vivo el hogar gracias a unos hijos que entienden que esto es home.

Los lentes se me caen. Los tengo que mandar a ajustar mañana. Hay que ver. De cerca, lo que leo e intuyo; en la pantalla, lo que leo y dejo escrito; y de lejos, lo que me permite leer al otro y verlo con empatía. Requiero los tres cristales que son mis cristales.

Hoy, cuando después de la clase sobre los márgenes llegué a mi casa de luces apagadas, entré sin quitarme el abrigo al baño, y me paré frente al espejo para mirarme los lentes -que se me caen pero me gustan, les falta sólo un toque. Ahí de pie con mi abrigo en el baño y la mirada atenta en el espejo pensé en la fragilidad de mis células al ruido. Escuché que no había nadie. Yo necesito como una medicina poder callar. En esta época no estoy viendo tan bien pero escucho perfecto, y a veces necesito escuchar silencio. El aire. La madera crujiendo por allá en la cocina. El camión que pasa abajo en Broadway.

El silencio suele ser un bien escaso en el hogar. Queda este post. Entro al agua y sé que ya todo pasó, sobreviví. Entro al pino invertido y confío en que si de allí paso al puente tendré flexibilidad y la energía para volverlo a intentar. Todo es progresivo. Enfoco y compruebo que los lentes sí me sirven. Siento guayabo. Me dedico a pensar la traducción imposible, a cuidar mis células hipersensibles. Afuera está nevando.

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