Yo sé que va a nevar, afterthought. O we are a pack en 3 movimientos.

I.
Publiqué la primera versión de este post hace tres días, y aunque su mirada era íntima lo escribí en segunda persona. Estuve leyendo “Ray”, de Barry Hannah, y en esa novela el narrador se refiere a sí mismo en primera y en tercera persona. Las diferencias entre aquella novela y este espacio son estridentes, pero el caso es que quise jugar y el ejercicio me salió mal. El post se me quebró en las manos. No me complació estéticamente, no me divirtió artesanalmente, y sobre todo no me pareció honesto, no me permitió llegar donde voy.

Tuve que des-publicarlo, volverlo privado. Esperar. Pensé eliminarlo o dejarlo como otros en mi larga lista de borradores. Me quedé pensando en la utilidad o la inutilidad del blog, en el peligro que supone tener este espacio y usarlo. Me quedé pensando en el trabajo de pulitura, en los lenguajes y en sus soportes. Al final acordé que hay un tono y una expresión para cada soporte, y que keilavall es así, especialmente imperfecta. En continuo riesgo y constante estado de revisión.

La relevancia que doy a la experiencia del yo no vuelve este espacio un diario -aunque no me molestaría si lo fuese ni necesito disclaimers. Yo suelo escribir desde el yo, tanto acá, como en ficción, como en poesía. Y así lo hago porque eso me afina la piel, me hace penetrable al personaje que soy o que puedo crear.

II.

Me ajusto las trenzas de los zapatos y la cinta de la mochila. Voy de vuelta, desde otro lugar.

Este post decía Te asomas al balcón esta noche, y con sólo respirar el aire, sentir la temperatura tibia de la noche, sabes que mañana, o en horas, va a nevar.

Y en efecto nevó. El post decía que En la medida en que conoces esta ciudad empiezas a saberle los trucos. El frío adormecedor de los últimos días te hace sensible, híper-sensible, a los cambios mínimos en temperatura. Un grado más de calor se agradece. Pero esto es distinto, hoy, te asomas al balcón a las nueve de la noche y el aire huele a nieve. Tiene la suspensión de la nieve prometida.

Y sí, fue así. Me asomé, olfateé el aire como un animal de la sabana o será del bosque, y supe que nevaría y al día siguiente nevó. Dicen que fue la última nieve del invierno, o que estos son los últimos coletazos de un frío salvaje, y que pronto viene el calor. Lamento en parte que así sea, y lo agradezco también. Agradezco que las estaciones me acerquen al final todo el tiempo. Siendo ese uno de mis temas, el de la muerte o del final experimentados en vida, el de la decadencia de todo lo que vibra, siento cierta tristeza. Aunque esté lista para las sandalias y el color amarillo.

Minutos después ves una foto de la UCV, decía el post. Y en efecto esa noche recién había visto una foto de un pasillo de la UCV, un pasillo que aparece en un poema que escribí sobre un secuestro -hace tiempo el poema, hace tiempo el secuestro- y que hoy estoy traduciendo al inglés como ejercicio universitario en Columbia. Cuando vi la foto del pasillo (no tú, segunda persona, yo!), lo que sentí fue un temblor pero no de frío. En una fracción de segundo entré al pasillo, lo sentí áspero bajo mis pies y casi esperé acercarme al cafetín donde pedir un marrón oscuro y fumar un cigarrillo entre clase y clase. Yo sentí mirando la foto el peso de una mochila cargada de libros y fotocopias, volví a evitar la fricción de la bota de unos levis gastados siempre más largos que yo, contra unas sandalias birkenstock siempre almacenando algo de tierra de La Guairita en el cuero de la suela.

Pude sentir, desde mi apartamento con vista a la calle 76 en Manhattan, el temblor al encender mi camioneta caribe blanca con rayas rojas y azules tan that eighty show, y recordar el óxido siempre amenazando, uno lo mandaba a arreglar y volvía a salir. Recordé el viaje a Roraima escuchando Maelo y otras fotos infames, no de Roraima, sino de la conductora, que en beneficio de la gramática y la entereza moral debo decir que era yo, con un sombrerito rastafari que no entiendo cómo pasó la censura de las amigas que me acompañaban.

Ese país ya no existe, decía el post. Pero yo no estoy para miedos. Ese país sí existe, y tiembla bajo mis pies como si lo recorriera a diario aún cuando esté asomada al balcón de mi apartamento y lo que intuya viene sea nieve. Tal vez la última de la estación.

III.

Ahora, a esta hora tres días después, mis hijos duermen. Como casi todas las noches, arropados por su mamá. Estoy viviendo una fuerte nostalgia por verlos crecer y reconocer que se encuentran en su propio vuelo con vientos en contra, con las dificultades que les ofrece esto que se llama vida a manera de aprendizaje, de herramienta y de oportunidad, pero que ahora, por ser mis hijos y ser tan pequeños, son también dificultades mías. Los miro crecer con miedo a perderlos, y al mismo tiempo sabiendo que las oportunidades para el reagrupamiento en pleno vuelo están abiertas. Esas oportunidades están abiertas si se cuidan bajo el ala del ángel. Gracias, Patricia Guzmán.

Hoy viajamos en tren fuera de Manhattan y cuando estábamos en Penn Station le dije a los niñitos: Niñitos, vamos todos juntos, we are a pack. We are a pack. Somos una manada, les dije. Vamos cerquita. Y ellos, que brincan y se encaraman en cualquier lado, que lo tocan todo y se distraen con cualquier goma de mascar pegada al piso, que se la pasan quedándose atrás ya sea jugando con la nieve en plena acera un día de colegio, o alucinados con las luces en los anuncios comerciales de una estación de tren, sonrieron, entendieron y acataron. Les gustó saber que we are a pack.

Hoy también recordé que cuando estudiaba la Maestría de Columbia Luca me dibujaba lejos. A veces hacía mapas, dibujaba mapas. Yo estaba lo más presente posible pero el nivel de trabajo era salvaje y no me quedaba tiempo para mucho. Muy lejos de la experiencia orgullosa ante los dibujos del hijo, yo sentía un dolor amargo cada vez que miraba una obra de Luca. En sus trabajos recientes yo siempre aparezco junto a él. Cerca de su hermano. Con su papá. Tiene cerca de un año dibujándome en su propio mapa.

Me asomo al balcón, y con todo y temblor ante la mirada a una foto que muestra un pasillo que me hizo feliz y me formó, pero que también se convirtió en símil de mi miedo, puedo decir que Soy, que Somos, en una ciudad cuyas señas comienzo a entender. El tiempo está pasando, mis hijos encuentran vientos en contra, pero yo estoy, soy la madre que los huele, los arrincona cuando hace falta y los lame cada vez que puede para que estén limpiecitos y tibios. Y eso no se puede contar en segunda persona. Que ellos abran sus brazos ante mí y me reciban de vuelta aunque yo nunca me haya ido, es el regalo precioso que agradezco en medio de tanto final continuo. Un final continuo que no entristece, que sí quita el sueño pero que no entristece.

Mirar por la ventana y saber que va a nevar puede ser atemorizante y eso está bien. La nieve es así, ella cae, se deposita, se derrite, se congela de nuevo y se corrompe hasta volverse blanca otra vez, con la siguiente nevada. Se transmuta mientras mis hijos le dan a las alas con la fuerza que yo les insuflo en cada respiro, suspiro. En cada impulso vibrante mío.

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