La contratapa de mi primer libro de cuentos dice así:

“La sutileza de su verbo; sus altos vuelos poéticos; la manera en que la madeja de lo fabuloso va desarrollándose en las formas delicadas de una estructura sugerente son algunos de los atributos de la prosa de Keila Vall de la Ville. En Ana no duerme, las realidades metafísicas de los personajes son reveladas tras una minuciosa observación de sus comportamientos. Así, el monólogo interior juega un papel preponderante a lo largo de estas páginas, la materia ficcional trasciende los espacios de lo tangible y penetra en las más íntimas problematizaciones del individuo, en una interiorización del yo recreada a través de percepciones sensoriales y viscerales.

Una botella gira desde el centro de estas historias: el pico y la base señalan la conjunción de los caminos, los encuentros y desencuentros de sus personajes: mujeres doblegadas por una realidad que se va desvelando ante ellas a través de brutales epifanías; hombres que son espíritus; espíritus que son hombres, siempre partiendo hacia algún lugar: nunca se quedan, se desplazan inaprensibles como las luces tenues: son velas que se encienden y se apagan, de súbito, en la imaginería de esta joven autora.”

(Ana no duerme,  Monte Avila Editores Latinoamericana, Colección Las formas del fuego, 1a edición, Caracas, 2007)

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