I may die tonight.

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La brillante y audaz poeta Mary Jo Bang perdió un hijo de treinta y siete años

y para curarse –aunque asegura y le creo, no entiende el arte como terapia– escribió una joya que se llama Elegy (National Book Critics Circle Award 2007),

un libro escrito desde ese dolor o para traducirlo o expurgarlo aunque evidentemente ya no se va, el dolor tras la pérdida y la certeza de que el tiempo no se devuelve no puede mitigarse con un libro ni con nada

–a pesar de que ahora inventamos

un universo paralelo que va hacia atrás,

como si la sola imagen de eso inalcanzable, tanto como revivir a quien ya se fue

nos salvara–

la imposibilidad de ser útero para el chico grande que ya no está no veo cómo podría borrarse. Yo no sé y no quisiera saber aunque me entero

me entero de un vacío y de una culpa, y de la aceptación resignada de esa culpa, porque todos lo sabemos, cuando algo se termina, no queda más que ser humildes y cobijar el hueco.

En ese libro, el poema “Landscape with the Fall of Icarus“, se refiere a un cuadro de Bruegel en el que se ve a Ícaro cayendo, medio sumergido en el agua, mientras la vida y las cosas de la vida, y la gente a su alrededor permanecen inmutables. Acá algunos de los versos de Bang. Arriba en este post, el cuadro que muestra la irrelevante muerte.

You’re forever on the platform
Seeing the pattern of the train door closing.
Then the silver streak of me leaving.
What train was it? The number six.
What day was it? Wednesday.
We had both admired the miniature mosaics
Stuck on the wall of the Met.
That car should be forever sealed in amber.
That dolorous day should be forever
Embedded in amber.
In garnet. In amber. In opal. In order
To keep going on. And how can it be
That this means nothing to anyone but me now.

.

El dolor inexpugnable y la certeza de que el tiempo no retrocede. Bang deseando que ese vagón se mantenga quieto y cerrado para siempre. Con el hijo vivo pero suspendido. Desafiando toda ley de la física con tal de no sentir aquel dolor con tal de no saber la existencia amada borrarse. Desaparece un hijo ¿y queda qué? ¿Qué hacer con la memoria uterina, con la memoria hormonal, sin contar las historias mínimas y los álbumes y el tiempo y la lucha dedicada a hacer de ese niño un hombre?

Queda un ancla liviana a un día de la semana, un hilo sin globo que lo sostenga. Queda una línea de tren incapaz de salir del túnel, y un museo cuyas obras no dicen nada que no derive. Náufraga desmoronada, sólo tu dolor hunde y mantiene a su vez el barco ahora que es demasiado tarde.

.

En este tiempo en el que todo lo respetable se ufana de un orden y una razón de ser, di a luz a dos seres humanos,

primero llegó uno,

luego el otro, en ese (orden),

y yo hice lo que suele hacerse, leí (ordenadamente) libros que te enseñan como ser mamá.

Los expertos dicen que los horarios son importantes y las rutinas son un ritual, la vida debe separase medirse cortarse en pedacitos nunca intercambiables: dar pecho tomar el sol de las nueve de la mañana poner al bebé a dormir la siesta dar pecho ponerlo a dormir otra vez  y dejarlo jugar. cuando crecen dar la merienda más pecho y el baño y el cuento y más leche. cambia el menú pero la esencia se mantiene. la arepita el colegio el almuerzo la siesta la merienda el parque el baño la cena la televisión y luego se suma la tarea. es importante que el parque siempre se mantenga y claro el baño también. las horas del sueño son fundamentales. si el hijo, el primero, o el segundo, no quiere dormirse dicen los libros que no te lo llevas cargado a la sala ni lo paseas mientras le cantas solo lo dejas en la cuna y que llore un ratito solo un ratito para que sepa que no lo abandonaste y entras al cuarto y le hablas y vuelves a salir y así hasta que el hijito, el primero o el segundo -aunque seamos francos cuando lo haces con el primero de tanto llorar tú en el pasillo mientras la cría intenta dormirse terminas decidiendo que con el segundo ni por error, al segundo no lo dejarás llorar así, o mejor dicho no los dejarás llorar así: ni tú a él tan chiquito y tan entregado a ti, ni tú a ti misma- el primer hijito se cansa de llorar y se duerme, la verdad sea dicha: rápido, frustrado, aunque sabiéndose acompañado se duerme, y el segundo hijito llorando menos se duerme igual. y así corroboras lo que siempre supiste, que los libros no siempre tienen la razón y te vas volviendo mejor mamá no tanto gracias a los libros sino a pesar de ellos.

.

Mis hijos crecen.

Y hoy vine a decir(me) (a acordarme) (a escribirme con tinta y aguja en la palma de la mano porque los post-it no me gustan o no para esto) que la rama de cualquier árbol permanece mientras sepa doblarse, acomodarse, dejarse. El tronco rígido es ya astilla,

un planeta que nos ve desde el futuro lo capta:

ese tronco ya fue usado de carbón para el alivio de una noche fría.

Lo que a usted más le importa es invisible y lo demás se termina en un pestañeo. Sólo queda la certeza del bien que ocurrió antes del final. La intuición y la bondad perseguidas mientras se puede, eso es lo que hay. El tren 6 no se suspende, de hacerlo se convertiría en una cápsula intraducible. Tal vez, sí, esa cápsula aparecería en el universo replegado. El que va hacia atrás. Ya no estamos ahí para verlo.

Tal vez Bruegel y Bang, y Williams, que también tiene un poema sobre este cuadro, tengan razón, si ellos lo dicen yo les creo y acato su mensaje: los finales de las historias pequeñas son pasados por alto.

Ahora me empecino en este mi primer tatuaje. En la palma de la mano. Como dice Sri Dharma Mittra y me recuerda el poema de Mary Jo Bang potenciado desde mi propio

(a)

(te)

mor:

I may die tonight.

Ahí están, mire allá arriba, al comienzo de este post las piernitas de Ícaro. ¿No las ha visto? Busque bien.

………

Mary Jo Bang participa en la antología “Entre el aliento y el precipicio: poéticas sobre la belleza” que comencé a pensar durante mi maestría en NYU en la clase de Forms and Techniques in Poetry dictada por Mariela Dreyfus. Cuatro años más tarde, ese proyecto ha tomado forma y será publicado en edición bilingüe por Editorial Ígneo. Cuatro años más tarde, acá estoy, leyendo poemas de Bang, agradecida en la búsqueda de un epígrafe que acompañe su sección en mi libro.

 

Un punto en ViceVersa Magazine

Durante los últimos meses he colaborado con la revista digital ViceVersa. Se trata de una propuesta editorial increíble que acerca a distintos autores hispanos -en su mayoría radicados en Nueva York, pero sobre todo viajeros, extranjeros en sus día a día donde quiera se encuentren- al rededor de temas de actualidad. En mi post más reciente me pregunto a raíz del terrorismo como amenaza constante, de los desplazados como vergüenza internacional, y del miedo y el dolor engendrado por políticas de exclusión y silenciamiento, sobre los tentáculos que estas realidades inescapables extienden hacia la vida cotidiana, y sobre lo que el yoga es y la práctica espiritual puede ofrecer. Es sobre la guerra como oportunidad para practicar, y sobre la conciencia de unidad y la permanencia en la luz como única salida -objetiva- para tender puentes. Pasen y visiten esta revista, que está muy buena. Y si desean, lean mi breve post, conciso  y sencillo como un punto.

Heridas, jack-o-lanterns y lo que una torta de chocolate dice sobre la valentía.

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Buscando algo más, llegué a esta torta.

Tengo dos calabazas que nunca convertimos en Jack-o-Lantern pues hace dos semanas haciendo carreras con Luca me caí, me hice una herida en una mano, y desde entonces no he podido sostener serrucho y cincel, como debe ser, para tallar las calabazas.

Desde que me caí he practicado ásanas por pura fe. O por pura determinación. Toda postura sobre las manos, desde adho mukha svanasana hasta adho mukha vriksasana, ha dolido a diario. La piel de las palmas se estira al contacto con el suelo y la costra se abre. Al día siguiente está mejor y luego se vuelve a abrir.

Así que cero Jack-o-Lantern. Pero algo tengo que hacer con las calabazas que mis hijos trajeron luego de un día de campo siguiendo la tradición anual con su abuela Tenana y su tía Nancy. Y buscando qué preparar pues resulta que acá todo lo que parece auyama no se comporta como una auyama así que según mi mamá el asunto hay que investigarlo, me encontré con una receta vegan de torta de chocolate preparada con cacao puro, vinagre de manzana y aceite de oliva. Sin auyama, claro, la auyama no tiene nada que ver acá. Que viva la libre navegación.

No me defino como vegetariana aunque casi lo sea, y estoy siendo vegan. Me gusta saltarme el paso, ser vegan sin pasar del todo por el vegetarianismo parece una sublevación, una contradicción, y quizás lo es. Pero si lo que me mueve es la compasión por los animales, no veo cómo tomarme la leche de una vaca hacinada y en cautiverio, o comer un huevo de un pollo al que le quebraron el pico para evitar que en un arranque de estrés asesine a su vecino, puede ser más benévolo que comerme a los progenitores en cuestión de una (¿buena?) vez. A fin de cuentas: hay muchos tipos de proteínas, unos comportan menos violencia hacia el prójimo que otros, y me parece que eso hay que considerarlo a la hora de cocinar y comer. Finalmente, estoy preparando en casa lo que creo que nos hace bien. Y nadie se queja.

Estoy siendo sobre todo vegan, estoy siendo vegetariana, y a veces no soy vegetariana. Creo en la contradicción como oportunidad. Creo en la flexibilidad, en la porosidad, en la vulnerabilidad, y en una cierta ondulación que a veces es un tal vez, y que va acercando a una costa que no, no es segura. Hacia allá vas a la espera de que una vez allá se manifieste algo diferente a lo que te parece ves desde acá. Las apariencias engañan, la realidad es un show, y quien se cree el show pierde.

Pero basta de esto. Acá estamos hablando de cacao. Aunque no. No estamos hablando de cacao. Ya lo dije. Estamos en una de libre navegación.

Comienzo a leer la receta de la torta de chocolate en el blog cuyo título me inquieta un poco: Well and Full, lo que podría traducir como A gusto y satisfecha. Aunque también: Bien y ahíta.

A mi bisabuela Margot, caraqueña artista de flores de papel e higos en almíbar, de español delicado y experta en empaquetamientos de todo tipo, de clips, de correspondencias, de sábanas, perfectamente embaladas con mecatillos o hilos en cada clóset de la casa: porque uno nunca sabe cuándo le van a hacer falta- le gustaba la palabra ahíto y detestaba la palabra full.

Me llama la atención el nombre del blog, pues sentirse full no es algo que se asume positivo, sugiere malestar, falta de conciencia, ¡y evidencia gula! Es pecado.

Y sin embargo es también lo contrario: te gusta tanto algo, y te sientes tan bien, que quieres y puedes aspirar a más. Puedes darte el lujo. Como estás en balance, puedes más. Así que es síntoma de una vida saludable: well and full. Si las dos condiciones van juntas, ¿por qué no?

Los blogs de recetas suelen comenzar con una pequeña introducción que yo muchas veces me salto, pero esta no me la salté. Caí en un párrafo que dice:

For me, cooking isn’t just a hobby or something I do to eat. It’s therapy. It’s catharsis. It nourishes my soul. And even though I can’t eat as much of the food I make as I’d like, the act of feeding others brings me unadulterated joy.

Se prende una alarma. ¿Leí bien?:

“Aún cuando no puedo comer mucho de la comida que preparo…”

Sigo:

The health issues I’ve been experiencing involve feeling nauseous nearly all the time. It never ends, and it’s exhausting. And it’s evolved into this rather nasty cycle of eating very minimally in fear that I will feel overly full and sick to my stomach, then being ravenously hungry at the end of the day.

La blogger, cocinera, y fotógrafa de alimentos, cuenta que está enferma, que experimenta constantes sensaciones de náuseas, que su condición es agotadora. Vive en un triste y angustiante círculo vicioso: come poco para no sentir náuseas, come con miedo, poco, para no sentirse full y enferma del estómago, y al final del día se siente hambrienta.

El blog le permite ir probando por bocados mínimos lo que prepara to make sure it’s delicious, y probar de nuevo a la hora de fotografiar la comida -supongo que restos caerán al cortar una tajada de torta, ella hará una pinza con los dedos de la mano derecha, y se los llevará a la boca cerrando los ojos. Ahí tienes, un bocado más, se dirá la mujer. Y no tienes náuseas. Bien. Sigue.

Well and Full le permite alimentarse, un mínimo bocado a la vez. Desde la fragilidad y el miedo, su autora genera un paisaje rico y prometedor.

Me quedo pensando en el poder tras la contradicción aparente. Me quedo pensando en la honestidad y la valentía. Y en lo inútil que es guiarse por los sentidos regulares de la percepción, en lo poco informativos que son los cinco sentidos.

Me quedo pensando en lo importante que es acercarse para entender mejor al otro. En el regalo que la navegación libre me ha entregado esta mañana al llevarme a la costa de Well and Full.

Me quedo pensando en el recorrido de la autosanación. En el recorrido que hacemos cuando queremos digerir el mundo y aún no logramos masticar o tragar la realidad a la que nos enfrentamos.

Me quedo pensando, como dice Sri Dharma Mittra, en la determinación rabiosa, en darle con todo, rugiendo. Hasta llegar al otro lado. Hasta mantenerse sobre las manos en aquel adho mukha vriksasana. Hasta lograr tragar.

Me quedo pensando en el tiempo que toma a la levadura de una torta de chocolate terminar de esponjar. Me quedo pensando en la paciencia. Me quedo pensando en aquella costa y en mis brazadas erradas y en las eficientes, en cómo se verá el paisaje cuando llegue allá, en cuál será la próxima costa.

Mi mano está mejor.

Encontré la receta para las calabazas.

Y claro, obvio, ésta otra. Para el sexto sentido.

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http://wellandfull.com/2015/10/italian-chocolate-olive-oil-cake-w-chocolate-hazelnut-buttercream/

Slacklining. De la lluvia de meteoritos y el Gurú.

This willingness continually to revise one’s own location in order to place oneself in the path of beauty is the basic impulse underlying education. One submits oneself to other minds (teachers) in order to increase the chance that one will be looking in the right direction when a comet makes its sweep through a certain patch of sky.

Elaine Scarry.

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Luang Prabang tiene dos calles principales y otras tres carreteras paralelas al río Mekong. Alberga 50 templos, según dicen, los más bellos de Asia.

Me gusta esta foto tomada en Luang Prabang,

en la imagen, una escaladora descalza trepa la roca extraplomada, desde bajo una cueva y con la vista puesta en la cumbre -una cumbre ladeada, diagonalmente orientada, desentendida de divisiones celestiales y terrestres- alineada con una imagen posible de Dios.

La imagen interpela un sentido de belleza. Frente a este pequeño templo, la roca sugiere cobijo y elevación. Sugiere un precedente y una duda. La foto es túnel, muestra el mapa entre las fuerzas telúricas y las intangibles.

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Gurú quiere decir maestro en sánscrito. Según la religión hindú, en una cadena progresiva, desde los fenómenos del mundo natural, pasando por los afectos -y los desafectos- humanos,  por los profesores e instructores de carne y hueso, por las experiencias vitales interpretadas como buenas o malas, por las imágenes sagradas que representan valores a los que arrimarse o terrores de los que alejarse, todo tiene algo que enseñarnos.

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Una gota de agua, la presión que organiza su identidad perfecta y que a la vez se deslinda de sí -deslinda a la gota de sí misma- al contacto con el mar, es una imagen poderosa de la cual aprender.

El aprendizaje que la gota me ofrece. Su estructura autocontenida, su permeabilidad generosa, su persistencia en la memoria, su ancestral tránsito hacia la posibilidad.

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Al ubicarse en la tensión entre lo precedente y lo posible, en ese balance, el ser logra aprehender lo bello. Slacklining y precipicio: buen augurio ante la posibilidad.

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Dice Elaine Scarry en On Beauty and Being Just que la belleza se ha visto siempre relacionada con lo inmortal porque permite mirar hacia atrás y conmina a buscar un precedente. La mente viaja hacia atrás indefinidamente hasta hallar algo inmortal. Puesto que lo verdadero habita en la esfera de lo inmortal, lo bello está ligado a la verdad.

Al mismo tiempo, como lo bello no deja de sorprender, su búsqueda está atada a la certeza del error. El discernimiento de lo bello tiene su precipicio: la posibilidad de pasarlo por alto, o de equivocarnos en la percepción de lo que lo bello es.

La convicción de lo eterno, y la certeza del error como posibilidad, ambos, nuestra intención de ubicarnos en el camino de la belleza, dice Scarry, permiten entender el impulso básico que justifica la educación.

La experiencia de belleza está ligada, justifica, ordena, entonces, la presencia del maestro.

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El Gurú.

Su conexión con lo sagrado o con el conocimiento y la verdad, nos acerca a lo precedente, y su corporeidad y la fragilidad nos conecta con lo presente, con la falla, con el precipicio.

Cuando se está ante su presencia humana, hay una suspensión temporal, todo se descubre en su justo sitio. Lo bello se nos acerca. La conexión intrínseca del maestro con lo que nos precede, ofrece entendimiento a la gota que es también mar. Desde lo pequeño, desde lo sencillo.

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En estas noches hubo una lluvia de meteoritos. Yo no busqué y por tanto no vi siquiera una estrella fugaz. Como alguien dijo por allí, saber que estaba ocurriendo fue suficiente. Me permitió preguntarme por ese fenómeno antiguo y a la vez transitorio, por ese espectáculo ancestral e instantáneo. Y por la búsqueda, por la disposición a encarar el paisaje preciso. Por las distintas maneras de encararlo.

Por las distintas maneras de rezar.

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El vestido y la tijera, after Dark.

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Visité la exhibición Storylines del Guggenheim en una Art After Dark. En una noche de arte después de la oscuridad que se ofreció como oportunidad para pensar en la cuerda floja de siempre.

El tránsito entre la necesidad de establecer distancia, entre la observación desconfiada

-¿atemorizada?,

siempre buscando entender, ubicar, encasillar-

y el sentido de la curiosidad, el libre juego de los sentidos

-a fin de cuentas: qué sientes cuando estás acá?-.

Tránsito. Siempre el mismo ejercicio.

Valiéndose de diversos medios plásticos y audiovisuales, los artistas reunidos en Storylines discurren sobre el género, la raza, la sexualidad, la desigualdad y la marginalidad. Más de cien obras de arte permiten en la exhibición explorar distintos discursos figurativos y abstractos que cuentan cuentos sobre la identidad y la diferencia, la periferia y la desigualdad.

El arte es una expresión cultural porque sólo puede construirse desde los códigos culturales (y también desde los íntimos) del artista y del espectador. Ambas existencias son en un nivel creadoras, y es por eso que en virtud de su propio proceso de lectura y reescritura, el espectador es también siempre un cuenta-cuentos. Que la historia que el autor quiso contar sea la que tú estás leyendo o no, es en cierto nivel irrelevante. Cada quien lee como puede, aunque siempre que se coexista temporal y espacialmente (culturalmente) se está surfeando más o menos la misma ola. Con mínimas variaciones, diferencias de paisaje y perspectiva, pero la misma ola. Las referencias que la contemporaneidad ofrece a los espectadores de una exhibición, son en cierto nivel comunes.

“La gente de aquí”,

“la gente de ahora”,

lee esto,

que es lo mismo que decir reescribe esto,

mas o menos “así”.

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Somos la tinta que da sentido a la página en blanco

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Ellos son la tinta que da sentido a la página en blanco

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¿Por qué debemos ser la tinta que da sentido a la página en blanco?

Somos la tinta que da sentido a la página en blanco. La diferencia marca y define lo homogéneo tanto como lo homogéneo define los márgenes que expulsan o que mantienen fuera a los diferentes. Historias como esta son las que pueblan Storylines y las que hacen de esta exposición una experiencia no sólo estéticamente sino moralmente relevante.

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Pero, si cada vez que se construye una obra se está contando un cuento, y si cada vez que se interpreta una obra se está reescribiendo ese cuento, y si esa escritura y lectura y reescritura están marcadas por el contexto, qué clase de recorte es ofrecido o propuesto por Storylines? 

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Si siempre estamos contando una(s) historia(s), ¿no es la experiencia ante una obra de arte siempre una forma de narración?  Por otra parte, no hay tras cualquier obra de arte, cuento, relación humana, un sustrato político referido a las condiciones de vida, a la mirada, a las intenciones, al contexto del artista (y de su espectador)?

Storylines  me invitó a preguntarme cómo recortar una exposición sobre el arte que cuenta historias desde los márgenes. Eran más de cien y podrían haber sido más de mil obras de arte.

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Treinta autores de ficción y poesía, entre ellos Komunyakaa, Lerner y Ashbery, también colaboraron con la exposición, eligiendo una obra y escribiendo sobre ella o a partir de ella. Treinta autores cuentan su propia historia en relación con la historia contada por la obra expuesta.

Pero aquello era Art After Dark. Así que además de la inquietud ante el recorte de un mapa en el que el elemento subsumido al plano me resulta demasiado parecido a la realidad, y por tanto hasta cierto punto precario para mostrarla en su diversidad y su complejidad, tijera en mano me propuse recorrerla y hacerme de mi propio mapa.

En pleno apogeo aquella noche estaba también el juego, la copa de vino en mi organismo, los espectadores enrumbados.

Y es que era de noche.

Recorrer el Guggenheim sintiendo la música y manteniendo la conciencia de un DJ en la planta baja sosteniendo su propia tijera junto al Pinocchio ahogado, es también una historia.

El tremor del bajo retumbando en los pies cada vez que te detienes a mirar, esa música que por momentos interfiere -por qué negarlo- en el diálogo que podrías haber mantenido con las obras, pero que no silencia tu relación con ellas, que la modifica, la complejiza a su manera en el contexto de aquella fiesta, es una historia posible. Todo lo que te rodea, lo que traes, lo que sientes, el ánimo con el que entras, y la información que interpretas de la obra de arte, dialoga con la obra de arte. Todo es parte de juego.

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En mi historia,

además de desconfianza

gusto

placer,

una fuente de agua dorada, las gotas de agua sobre su plato reflejadas como cristales,

se habló de tú a tú con Golden, la obra de Félix González Torres tras la que me escondí.

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Cuando estás en una fiesta activas una relación porosa, confiada, cotidiana, con el entorno. Es desde esta cotidianidad peligrosamente emparentada con el hogar, con el hospedaje, que te relacionas con las obras de arte en una fiesta nocturna en una galería, en una noche que dura lo que quieras que dure. Eres parte de la exhibición y la obra de arte de Feliz González Torres se parece peligrosamente a la persiana que divide la sala de tu propia habitación.

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Será por eso que atravesé la lluvia dorada, saqué el teléfono, me hice un autorretrato despreocupado a conciencia (no lo llamaré selfie: hay que escribir más sobre esto, los auto-retratos son cosa seria), y construí una nueva mirada marginal de cuenta cuentos. Ya lo dije, a conciencia. Una foto tomada en el borde en el margen en el espacio/vanidoso y curioso/que casi pero no llega a apenarse/que flirtea con el juego superfluo pero no cae. Y no cayó porque nació del impulso narrativo de una fotógrafa fotografiada que quiso contar una historia en la exposición sobre los cuentos.

Al bajar de nuevo a tierra ya no quedaba vino.

Entregamos dos tickets que llevábamos en el bolsillo,

nos devolvieron el dinero.

Y –cosa bien rara- subimos a un taxi.

Era bien tarde y estábamos cansados.

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Ingredientes novedosos en conserva.

Portada mermelada2 En el artículo The Persistence of Litmags publicado en The New Yorker, Stephen Burt dice que sólo en la propuesta novedosa puede encontrar justificación la fundación de una nueva revista de literatura.

Se requiere promover un nuevo gusto, un distinto estilo de escritura, compilar autores de una manera inédita hasta el momento, conjugar miradas afines y nunca antes encontradas, y en este sentido proponer una nueva forma de leer, para que la revista tenga justificación. Pues una revista de literatura supone un sacrificio económico y profesional (quieren mucho dinero y tiempo, tiempo que sus editores podrían, de así quererlo, dedicar a su propia escritura). Requiere tiempo de sus colaboradores, y además, diría yo, también de los lectores: hace falta que los lectores quieran leerla y estén dispuestos a dedicarle momentos de sus vidas a aquella propuesta. Una propuesta que de ser novedosa resulta provechosa pero que de lo contrario termina embaucando, y siendo embaucada y olvidada en el saco de los proyectos yertos.

Una revista de literatura tiene que justificar su existencia también en términos ecológicos íntimos y colectivos. En un universo atiborrado de información, sea en físico o en digital, agregar una fuente más de data es una responsabilidad.

Y me pareció muy bien, me gustó pensar en esto, me pareció interesante y un buen punto a considerar cuando alguien quiera decir algo -nuevo?-

Quedé pensando y caí en nuestros -nada nuevos a estas alturas- Jammings Poéticos, que celebramos en el Ateneo de Caracas y otros lugares del país desde el 2011, y que se convirtieron en un espacio estable y a la vez flexible para voces asentadas y nuevas por igual.

Nuestras “Mermeladas para llevar” pueden verse como un intento de revista, y hubiesen podido llegar a serlo -considerando a la luz que brinda el tiempo y que no podíamos entonces prever aunque sí la soñáramos- la persistencia del movimiento.

Y acá tengo que hacer un aparte. En un país en el que la convivencia diaria se volvió un reto a sobrellevar. Hay que ver cuánto dolor han generado las familias rotas, las peleas entre viejos amigos, los conflictos en espacios laborales, y las heridas que han dejado. Hay que ver la repartición discrecional de recursos en los ámbitos culturales, que terminó convirtiéndose en filtro que separa presentes y ausentes. Los Jammings nacieron como un espacio plural. Un espacio amplio y abierto a todos los estilos, los grados de experiencia y por supuesto, las tendencias políticas. Creo que ese es uno de los logros más importantes de los Jammings Poéticos.

No fundamos una revista, yo me fui de Caracas, los costos de papel, impresión, diseño, se hicieron mayores, y el tiempo fue pasando. Pero los Jammings continuaron celebrándose gracias a su pertinencia, y claro, gracias a los autores que continuaron acercándose y a tres entrañables amigas que los empujan mensualmente, así como al Ateneo, que continúa cobijándolos. Este proyecto, se me ocurre, evidencia una mirada alternativa de esas que según Burt merece una Litmag. 

No fundamos una revista pero tres años más tarde sí publicamos un libro,”102 poetas, Jamming”, con la editorial Oscar Todtmann.

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Quién sabe y si las “Mermeladas para llevar” renazcan más adelante. Las imagino siempre diversas. Alternativas y plurales en sus diseños, en sus formatos, en el conjunto de autores publicados. Por lo pronto son símbolo de un camino posible: del lenguaje justificado de una revista que no ha llegado -aún- a ser.

Devendra Banhart en la librería Strand. Mi mirada fragmentada.

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Esperé casi una hora para que Devendra firmara mi ejemplar. Y si me preguntaran por qué esperé tanto diría que no fue por él mismo (una hora!) y que tampoco fue por mis ganas de hablar a un desconocido (suelo encontrar tantas excusas para no pedir firmas en las presentaciones, como razones para sí hacerlo, y al final gana la postura y el ánimo vigente cuando ya estoy a punto de llegar), sino porque en la sala de libros raros de Strand uno está rodeado de túneles así:

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Así que la cosa me agarró entre entretenida y desprevenida.

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Sobre las alas.

En sus discos, en su libro, aparecen estas manitos que son también alas.

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Al final ganó “sí lo firmo”, así que lo primero fue preguntarle sobre sus manos-alas mientras él justamente dibujaba en la primera página de mi libro dos manitos receptoras, con las palmas hacia el cielo, donde una estrella aparece brillando.

– Imaginé que eras venezolana, me respondió al escuchar mi acento.

– Umjú… de Caracas.

Hablamos de las manos cómo símbolo de creación y creatividad, y de lo alado como símbolo e imagen de Dios.

It is actually an obvious relationship, dijo. What I do is actually pretty dumb. 

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Color y miedo

En público había hablado sobre la relación entre la música, el color y la forma. Dijo que si pudiese, compondría música como pinta: lo que él quiere decir es realmente lo que pinta, no lo que canta. Entonces,

habló del color como peligro

del bullicio que habita o transmite el color

y de la intimidad que lo monocromático facilita.

Habló sobre sus influencias y se refirió a Venezuela.

Habló del color tropical como símbolo de alerta

Even when the Caribbean is black and white, it is in color, dijo,

y yo pensé que qué cosas,

esta frase celebratoria en apariencia:

aún en blanco y negro, el Caribe es siempre a color;

era en aquel contexto referencia para el miedo, para el descontrol.

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Pienso en el escándalo de la selva tropical con sus animales de tantos colores y su mezcla atrevida de verdes y tipos de vegetación. En la aparente ausencia de fronteras de la selva tropical. En la clave que oculta la palabra aparente. En la violencia generada por esa aparente permeabilidad, y en la reacción natural y agresiva a esa continuidad falsa.

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Pensé en nuestra lluvia, o esto lo pienso ahora, pero acá siempre hablo de ella con respeto y con nostalgia: Si va a llover que caiga un chaparrón y que luego escampe (que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva), no esta agüita que cae poco a poco durante un día entero, digo a los neoyorquinos sabiendo que no tienen idea de lo que hablo.

O tal vez sí saben bien: leen impotencia y nostalgia en mi reclamo pluvial.

Lluvia que se respeta, cae a baldes y luego desaparece.

Lluvia que se respeta conmueve,

empapa.

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Pensé en la sinestesia,

en que es, además de una conciencia y un pasaje,

un tipo de nostalgia

y de impotencia

¿Cómo cruzar, realmente cruzar y mantener al mismo tiempo rigiendo, un sentido y el otro? ¿Como estar acá y allá simultáneamente? ¿Cómo nadar y volar a la vez?

Las aletas

no

son

alas.

Monocromía

Luego, ya en casa, vi que en la introducción del libro menciona Caracas como influencia junto a otras tan disímiles como Rufino Tamayo o Lita Albuquerque. Me parece interesante que para hablar de la influencia de otras formas y colores, se requiera esto blanquinegro.

Las palabras como anzuelo inútil

como cola de papagayo

se empeñan en mostrar.

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Despedida y luz.

Antes de dejarlo en el escritorio le dije que me entristece, aunque entiendo, su mirada al color que nos constituye. Y él me dijo que sí, que eso lo pone triste a él también. Que tantas muertes diarias son demasiada tristeza junta.

De allí, sintiendo que es un buen tipo que no entiende del todo nuestra lluvia ni nuestro(a)s cruces, me fui compungida.

Y me entretuve con luces. Tomé una copa en un restaurante de lámparas pequeñas e indirectas, de luces amarillas que se reflejaban en las burbujas pequeñas.

De aquella noche entre libros antiguos o raros, de aquella conversación con Devendra sobre el color y el control y el miedo, sobre la sinestesia y la relación entre el sonido y el color, lo que me traje a casa además de su libro y el recuerdo del encuentro, fue una nueva experiencia luminosa.

Lindo regalo e interesante síntesis de un encuentro así.

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