Yo sé que va a nevar, afterthought. O we are a pack en 3 movimientos.

I.
Publiqué la primera versión de este post hace tres días, y aunque su mirada era íntima lo escribí en segunda persona. Estuve leyendo “Ray”, de Barry Hannah, y en esa novela el narrador se refiere a sí mismo en primera y en tercera persona. Las diferencias entre aquella novela y este espacio son estridentes, pero el caso es que quise jugar y el ejercicio me salió mal. El post se me quebró en las manos. No me complació estéticamente, no me divirtió artesanalmente, y sobre todo no me pareció honesto, no me permitió llegar donde voy.

Tuve que des-publicarlo, volverlo privado. Esperar. Pensé eliminarlo o dejarlo como otros en mi larga lista de borradores. Me quedé pensando en la utilidad o la inutilidad del blog, en el peligro que supone tener este espacio y usarlo. Me quedé pensando en el trabajo de pulitura, en los lenguajes y en sus soportes. Al final acordé que hay un tono y una expresión para cada soporte, y que keilavall es así, especialmente imperfecta. En continuo riesgo y constante estado de revisión.

La relevancia que doy a la experiencia del yo no vuelve este espacio un diario -aunque no me molestaría si lo fuese ni necesito disclaimers. Yo suelo escribir desde el yo, tanto acá, como en ficción, como en poesía. Y así lo hago porque eso me afina la piel, me hace penetrable al personaje que soy o que puedo crear.

II.

Me ajusto las trenzas de los zapatos y la cinta de la mochila. Voy de vuelta, desde otro lugar.

Este post decía Te asomas al balcón esta noche, y con sólo respirar el aire, sentir la temperatura tibia de la noche, sabes que mañana, o en horas, va a nevar.

Y en efecto nevó. El post decía que En la medida en que conoces esta ciudad empiezas a saberle los trucos. El frío adormecedor de los últimos días te hace sensible, híper-sensible, a los cambios mínimos en temperatura. Un grado más de calor se agradece. Pero esto es distinto, hoy, te asomas al balcón a las nueve de la noche y el aire huele a nieve. Tiene la suspensión de la nieve prometida.

Y sí, fue así. Me asomé, olfateé el aire como un animal de la sabana o será del bosque, y supe que nevaría y al día siguiente nevó. Dicen que fue la última nieve del invierno, o que estos son los últimos coletazos de un frío salvaje, y que pronto viene el calor. Lamento en parte que así sea, y lo agradezco también. Agradezco que las estaciones me acerquen al final todo el tiempo. Siendo ese uno de mis temas, el de la muerte o del final experimentados en vida, el de la decadencia de todo lo que vibra, siento cierta tristeza. Aunque esté lista para las sandalias y el color amarillo.

Minutos después ves una foto de la UCV, decía el post. Y en efecto esa noche recién había visto una foto de un pasillo de la UCV, un pasillo que aparece en un poema que escribí sobre un secuestro -hace tiempo el poema, hace tiempo el secuestro- y que hoy estoy traduciendo al inglés como ejercicio universitario en Columbia. Cuando vi la foto del pasillo (no tú, segunda persona, yo!), lo que sentí fue un temblor pero no de frío. En una fracción de segundo entré al pasillo, lo sentí áspero bajo mis pies y casi esperé acercarme al cafetín donde pedir un marrón oscuro y fumar un cigarrillo entre clase y clase. Yo sentí mirando la foto el peso de una mochila cargada de libros y fotocopias, volví a evitar la fricción de la bota de unos levis gastados siempre más largos que yo, contra unas sandalias birkenstock siempre almacenando algo de tierra de La Guairita en el cuero de la suela.

Pude sentir, desde mi apartamento con vista a la calle 76 en Manhattan, el temblor al encender mi camioneta caribe blanca con rayas rojas y azules tan that eighty show, y recordar el óxido siempre amenazando, uno lo mandaba a arreglar y volvía a salir. Recordé el viaje a Roraima escuchando Maelo y otras fotos infames, no de Roraima, sino de la conductora, que en beneficio de la gramática y la entereza moral debo decir que era yo, con un sombrerito rastafari que no entiendo cómo pasó la censura de las amigas que me acompañaban.

Ese país ya no existe, decía el post. Pero yo no estoy para miedos. Ese país sí existe, y tiembla bajo mis pies como si lo recorriera a diario aún cuando esté asomada al balcón de mi apartamento y lo que intuya viene sea nieve. Tal vez la última de la estación.

III.

Ahora, a esta hora tres días después, mis hijos duermen. Como casi todas las noches, arropados por su mamá. Estoy viviendo una fuerte nostalgia por verlos crecer y reconocer que se encuentran en su propio vuelo con vientos en contra, con las dificultades que les ofrece esto que se llama vida a manera de aprendizaje, de herramienta y de oportunidad, pero que ahora, por ser mis hijos y ser tan pequeños, son también dificultades mías. Los miro crecer con miedo a perderlos, y al mismo tiempo sabiendo que las oportunidades para el reagrupamiento en pleno vuelo están abiertas. Esas oportunidades están abiertas si se cuidan bajo el ala del ángel. Gracias, Patricia Guzmán.

Hoy viajamos en tren fuera de Manhattan y cuando estábamos en Penn Station le dije a los niñitos: Niñitos, vamos todos juntos, we are a pack. We are a pack. Somos una manada, les dije. Vamos cerquita. Y ellos, que brincan y se encaraman en cualquier lado, que lo tocan todo y se distraen con cualquier goma de mascar pegada al piso, que se la pasan quedándose atrás ya sea jugando con la nieve en plena acera un día de colegio, o alucinados con las luces en los anuncios comerciales de una estación de tren, sonrieron, entendieron y acataron. Les gustó saber que we are a pack.

Hoy también recordé que cuando estudiaba la Maestría de Columbia Luca me dibujaba lejos. A veces hacía mapas, dibujaba mapas. Yo estaba lo más presente posible pero el nivel de trabajo era salvaje y no me quedaba tiempo para mucho. Muy lejos de la experiencia orgullosa ante los dibujos del hijo, yo sentía un dolor amargo cada vez que miraba una obra de Luca. En sus trabajos recientes yo siempre aparezco junto a él. Cerca de su hermano. Con su papá. Tiene cerca de un año dibujándome en su propio mapa.

Me asomo al balcón, y con todo y temblor ante la mirada a una foto que muestra un pasillo que me hizo feliz y me formó, pero que también se convirtió en símil de mi miedo, puedo decir que Soy, que Somos, en una ciudad cuyas señas comienzo a entender. El tiempo está pasando, mis hijos encuentran vientos en contra, pero yo estoy, soy la madre que los huele, los arrincona cuando hace falta y los lame cada vez que puede para que estén limpiecitos y tibios. Y eso no se puede contar en segunda persona. Que ellos abran sus brazos ante mí y me reciban de vuelta aunque yo nunca me haya ido, es el regalo precioso que agradezco en medio de tanto final continuo. Un final continuo que no entristece, que sí quita el sueño pero que no entristece.

Mirar por la ventana y saber que va a nevar puede ser atemorizante y eso está bien. La nieve es así, ella cae, se deposita, se derrite, se congela de nuevo y se corrompe hasta volverse blanca otra vez, con la siguiente nevada. Se transmuta mientras mis hijos le dan a las alas con la fuerza que yo les insuflo en cada respiro, suspiro. En cada impulso vibrante mío.

Progresivamente

Hoy en la tarde sonó el teléfono y me avisaron que mis lentes nuevos estaban listos. Estoy aprendiendo que para ver la pantalla debo enfocarme en el centro, cuando estoy tecleando usar la parte inferior del lente, y cuando estoy mirando la gente o el paisaje, la parte superior. Lo que no te dicen en la óptica es que además de aprender qué parte del lente usas para ver lo que ves, tienes que considerar cuán cerca estás -o quieres estar- de lo que ves. Debes tener presente tu propia actitud ante aquello que miras, para saber desde dónde mirarlo y poderlo procesar. Ahora por ejemplo estoy viendo la pantalla diagonalmente, como de lado, como con desconfianza, y así con estos lentes todo luce rarísimo, desdibujado. Todo resulta incómodo y cuesta creerlo. Así que es una especie de juego 3D macabro en el que si mueves una parte sin tomar las medidas necesarias en la otra, todo se jode.

Estoy comenzando a celebrar la cuenta regresiva antes de mi cumpleaños y estoy recordando algo que ya sabía pero había olvidado. Y es que si voy a cumplir cuarenta y uno, es porque ya los viví, así que de cierta manera no hay nada nuevo qué contar. O lo contrario: si es celebratorio el instante que sigue al impulso y el vuelo, ese instante aéreo que precede milimétricamente al contacto con el agua y en el que todo indica que la pirueta va a salir bien, entonces tengo casi un año celebrando este cumpleaños. No pretendo dejar pasar la fecha que viene sin honrarla. Siempre me han gustado los rituales. Pero esta vez el pasaje se me antoja más fluido. Debe ser porque esta vez a conciencia llevo tarea de una página a la siguiente.

Hoy, cuando mi esposo viaja y mis hijos se fueron a dormir con sus abuelas por una noche, fui a buscar mis cristales nuevos y luego a una clase de prema-yoga en la que hice varias paradas de mano, algo que en mi universo personal merece siempre una celebración. Cada vez que entro a Adho Mukha Vriksasana vuelvo a nacer. Cada movimiento dura un instante. Aprietas los nudillos contra el piso, los doblas un poquito. Metes el ombligo y aprietas otra vez los dedos y los estiras. Alargas las piernas y sientes espacio hacerse en las caderas. Te re-constituyes en el juego que ocurre en el margen. Te reescribes desde el margen. Un milímetro más allá y lo que sigue es precipicio. Caes en puente. Entrar al precipicio con la columna flexible. También eso hay que celebrarlo.

Después de una ducha flash y de vestirme en mi casa solitaria, sin pedirle a nadie que no se peleara o que recogiera los carritos, me fui a la universidad. Estoy tomando una clase, justamente, sobre la escritura desde los márgenes. Y allí escribí un texto que nos pide el profesor a veces como gimnasia en cinco minutos. Nos pidió garabatear algo a partir de algo. Hoy yo escribí sobre el handicap que supone no poder decir lo que sientes o lo que siente tu personaje en el idioma del país en el que vives. Y daba tres ejemplos, de los cuales menciono dos. Uno, la guayaba de “Buscando guayabo”. Seguramente es un ejemplo demasiado común -pero contando con cinco minutos y en inglés, uno se agarra de lo que puede para decir lo que quiere decir. Me preguntaba cómo le explicas a alguien que no sea latino de qué va la canción, y de qué sirve en este contexto decir, por ejemplo, que la guayaba es una fruta. De ahí comentaba que acá de vez en cuando bailo salsa y que en Caracas desde hacía tanto tiempo ya no. Podría decirse que acá ejerzo mi latinidad más que allá. Dos, en el ensayo apresurado me refería a la palabra home, que existe en español pero cuyo sentido justamente quienes me enseñan son mis hijos, con su sola presencia, más angloparlante que latina. Así que aprendo el significado de la palabra hogar gracias a mis hijos, que, no se malinterprete: hablan perfectamente el español, se desmayan por un cachito de jamón uno, y un pastelito de queso el otro, y les fascina “Ratón y Vampiro”, pero que viven Nueva York como New Yorkers, y no como niuyorquinos, que es como usualmente vivo yo en esta ciudad. Vivo el hogar gracias a unos hijos que entienden que esto es home.

Los lentes se me caen. Los tengo que mandar a ajustar mañana. Hay que ver. De cerca, lo que leo e intuyo; en la pantalla, lo que leo y dejo escrito; y de lejos, lo que me permite leer al otro y verlo con empatía. Requiero los tres cristales que son mis cristales.

Hoy, cuando después de la clase sobre los márgenes llegué a mi casa de luces apagadas, entré sin quitarme el abrigo al baño, y me paré frente al espejo para mirarme los lentes -que se me caen pero me gustan, les falta sólo un toque. Ahí de pie con mi abrigo en el baño y la mirada atenta en el espejo pensé en la fragilidad de mis células al ruido. Escuché que no había nadie. Yo necesito como una medicina poder callar. En esta época no estoy viendo tan bien pero escucho perfecto, y a veces necesito escuchar silencio. El aire. La madera crujiendo por allá en la cocina. El camión que pasa abajo en Broadway.

El silencio suele ser un bien escaso en el hogar. Queda este post. Entro al agua y sé que ya todo pasó, sobreviví. Entro al pino invertido y confío en que si de allí paso al puente tendré flexibilidad y la energía para volverlo a intentar. Todo es progresivo. Enfoco y compruebo que los lentes sí me sirven. Siento guayabo. Me dedico a pensar la traducción imposible, a cuidar mis células hipersensibles. Afuera está nevando.

De-ci-sio-nes (ave maría) y Afinidades electivas en el 2015

En el año 2014 terminé la Maestría en Estudios Culturales Hispánicos de Columbia University y jugué con la idea de comenzar el Doctorado. El ritmo de la vida académica es extraño: es distinto al de la ciudad pero no más lento, es extraño pues tiene sus dinámicas y sus guillotinas tan inescapables como otras más ligadas a los ritmos usualmente asociados a la producción económica, de las que lo principal a entender, aceptar y acatar, es su ferocidad. Las dinámicas de la vida académica son tan feroces como las de la vida afuera. Y sin embargo, tienen algo de subversivo. Se trata de una ferocidad alternativa, vivida con libertades y a la vez restrictiva en sus propios términos.

Muchas horas del 2014 las viví en Butler Library, la biblioteca de Columbia. Lejos de casa, donde la vida (mía) continuaba transcurriendo sin mí. Esto me recuerda a Isabel Coixet y una película preciosa que se llama así: Mi vida sin mí. Qué cosas, se trata de una película mínima, hecha de detalles, actuada magistralmente y con una estética inteligentemente sencilla y conmovedora, en la que una mujer, sabiendo que va a morir, hace todo lo posible por asegurarse que los suyos en casa seguirán viviendo una vida feliz cuando ella no esté.

El primer año de un Doctorado cerrándose ante mi con el título de Máster, me separó de mi vida y a la vez encadenó espacios, apretó riendas y aceleró el tiempo. Me encontró con autores y con miradas al paisaje hasta entonces inimaginables. Investigar da hambre y es combustible, las dos cosas a la vez, una dualidad que no puede entenderse más que en términos eróticos. Se trata de una austeridad voluptuosa la que acompaña la experiencia académica.

Hace un puñado de años entendí estudiando a los Warekenas del Amazonas Venezolano que el paisaje, los relatos sobre el pasado y la experiencia mística son inseparables, conforman un complejo significativo fundamental para la explicación sobre el origen y el Ser, arraigados y orgánicamente ligados al contexto cultural. Para entender lo que el paisaje es, hay que entender lo que el pasado, la cosmología y las percepciones sobre el Ser, son, en un contexto particular. Con sorpresa -hambre y combustible- esto mismo lo revisité el año pasado desde Martin Heidegger y María Zambrano, cuyas visiones sobre la experiencia y el significado del lugar: llámese camino, llámese horizonte, llámese centro o claro, son inseparables de su propia historia, y sobre todo, están intrínsecamente ligadas a sus particulares -pero emparentadas- visiones sobre lo que Ser es.

Columbia y mi casa allí, Butler Library, requirieron que cerrara los ojos al paisaje del mundo afuera para pensar en paisajes interiores y su participación en la construcción del pasado en términos narrativos, místicos e históricos. Se trata de un tema que me define en todo sentido.

Ahora, es otro año, otro tiempo. En esta apertura de caminos y posibilidades, en esta búsqueda continua de centro, doy sentidas y profundas gracias por los paisajes visitados desde una universidad como Columbia. Y tomo decisiones que simbólicamente represento con la edición de mi primer poemario “Viaje legado”, del cual algunos poemas han sido recién publicados por el blog literario Afinidades Electivas. Es poderoso para mí compartirlos, darle vida también a mi blog a través de ellos. Con este post emprendo la ruta de siempre, la que me lleva a mí misma. Es hora, la misma hora, la que siempre es, desde el Amazonas a las escaleras de Butler, de la mitología warekena a la filosofía y la poesía de Heidegger y Zambrano, del playground de la esquina a mi escritorio en la calle 76, al día frío de hoy en el que lo que hice además de ser mamá, hija y sobrina, fue teclear este post. Acá les dejo estos poemas.

significado del lugar

Se terminó una etapa y comienza otra, otra como suelen ser ellas, incierta, extraña aunque familiar. Lo primero, extraña, pues no se sabe nunca qué es lo que viene en esa oferta o en la búsqueda encontrada o parcialmente encontrada hasta que abres la puerta, y hoy a esta hora no la has abierto. Correr en un bosque desconocido sin tener idea de cuánto dura la subida o qué viene detrás de la curva, cuánto falta para llegar le preguntaba a mi papá cuando viajábamos a una playa que bien podía haber sido Higuerote, vaya usted a saber. Incierta como empezar una vinyasa en el lado derecho del cuerpo y no saber, no tener idea qué viene, que postura sigue, cuánto tiempo le toca al lado derecho en esta práctica de yoga de hoy. Familiar porque el cuerpo desde el que la experiencia se genera es el propio y sólo por eso cualquier cosa que se emprenda, incluso esa vinyasa misteriosa en un comienzo, es siempre factible desde acá, desde estas manos que conozco, desiguales en mi caso más de lo normal.

Y pienso en el cuerpo como lugar familiar desde el que se origina la experiencia, porque sólo puedo pensarme como continente con contenido, como forma y fondo inseparables: o si no cómo explicar que a las células y los músculos se muden los sentimientos o las experiencias pasadas, hay contracciones que no se quitan y aperturas de pecho que se cultivan y traen recuerdos, dolores del pasado que vuelven bajo la forma de una enfermedad; o si no cómo explicarse que los olores o los sonidos traigan consigo lo que traen. Las arepitas de anís con queso blanco rallado son mi abuela y su cocina de baldosas verdes y blancas y piso de granito. El clavo de olor será siempre mi bisabuela Margot.

Así que inicio una etapa incierta y familiar, con su dosis de incomodidad y placidez, pues he cerrado la previa: la Maestría en Estudios Hispánicos de Columbia University ya está. Lista. Ya habrá algún espacio para Tiempos primordiales recorridos a pie, mi tesis de grado. Híbrido entre antropología del paisaje, filosofía y literatura, que desde Heidegger y Zambrano me permitió acercar un camino y un bosque que entiendo como dos lugares únicos e intraducibles, y a la vez como un mismo lugar que es también un tiempo: el del inicio. Y como todo se enlaza, no está de más decir que fue una sorpresa terminar trabajando este tema, especialmente porque sobre antropología del paisaje fue mi Tesis en el Alto Río Guainía del Amazonas venezolano, y más nunca lo había vuelto a tocar, o no desde la academia.

Hace tres días escalé con mis hijos. Entiendo en ese episodio que espero volver narrativo –no porque pretenda contarlo sino porque espero recorrerlo, escalar pronto otra vez, me sudan las manos de sólo imaginarme de nuevo allí–, la evidencia de que ando siempre en el mismo camino, en el mismo bosque, acercándome y alejándome para volver, siempre regresar a un lugar que es tiempo de origen. Origen mío cuando comencé a escalar, origen ahora de mis hijos que por primera vez se ponen un arnés. El más pequeño jugando con las cuerdas y limpiando agarres, el más grande haciendo rutas hasta el final y deteniéndose a medio camino para decir, varias veces deteniéndose para decir contentísimo, que no me da miedo, mami. Asombrado él mismo por eso raro y familiar abierto a cada metro ascendido. Estoy contando los días para volver, para llevarlos, para sentir que nunca me he ido aunque sepa que no soy la misma y que cuando me anudo el ocho a la cintura lo hago desde otro lugar. No estoy apurada. Y ahora que lo pienso nunca lo estuve, decían que escalaba como una pereza, si fueras más rápido llegarías más arriba, me decían también. Y yo siempre preguntándome para qué llegar más alto si lo importante era estar.

 

Pa(i)sajes

Llegado el verano Turbo y Rainbow se quedaron sin casa y sin familia, o mejor dicho sin cuarto, sin room C y room D, y sin sus anfitriones habituales, unos niños que siempre andan como hormiguitas ocupadas hablando bajito y cruzando los salones de acá para allá. Les pasan al lado sin mirarlos, ya los asumen como parte del ecosistema que les enseña lo que el mundo es. Tal vez debería decir que Turbo y Rainbow viven en un colegio Montessori y que los salones de clase en esas escuelas son así: muy callados aunque cada niño esté como de su cuenta, elija sus propios proyectos de acuerdo a sus preferencias y por lo tanto durante el día haya siempre unos dedicados a “lo suyo” mientras otros van y vienen con bandejas transportando botellitas y goteros, con alfombras, rompecabezas, kits de costura y delantales, preparándose para lo próximo o depositando en estantes lo que ya se terminó de hacer.

A estas alturas esos niñitos deben estar jugando en la arena y bajo el sol o visitando a sus familias fuera de la ciudad o del país –pues si hay algo que uno aprende acá es que todo el mundo está de paso y todo el mundo tiene tíos, abuelos y amigos en cualquier lugar del mundo. Así que  en el colegio comenzaron a buscarles hospedaje hasta septiembre, a Turbo y a Rainbow, y acá decidimos brindárselos hasta que se pueda, mientras en estas vacaciones estemos en Nueva York, antes de ir no sabemos dónde, pues en esta casa, donde sea que quede esta casa, nunca hemos sabido muy bien qué planes tenemos o por cuantos días, y en especial este verano estamos nosotros mismos sin otro lugar de destino más que éste al que nos destinamos hace tres años, y que en el fondo lo contiene todo. Nosotros estamos sin casa en otro lugar que no sea éste, y si normalmente nos habríamos ido a nuestro país, esta vez no es así. Y acá están Turbo y Rainbow pues: nuestras mascotas temporales en esta hasta ahora no-vacación pues entre otras cosas, además de nuestra tendencia indecisa, la tesis sigue dando qué hacer.

Turbo es del tamaño de un melón pequeño y Rainbow mide lo que mide mi mano izquierda. Cada uno tiene su casa, la de la tortuga es una pecera con una piedra flotante y termostato, con una foto acuática detrás que la debe hacer sentir muy solitaria. Rainbow vive en un terrarium más pequeño y nos da trabajo. También tiene una foto. Hoy estrena una planta que le fascina y de a que no se quiere bajar. Hay que comprarle grillos. Hay que alimentar a los grillos y darles vitaminas de manera que ella esté bien alimentada también. A veces se mueren los grillos y hay que limpiar la tierra. A rainbow se le rocía agua dos veces al día y Turbo come diez palitos de algo que huele a pez. Mis hijos han sido buenos anfitriones.

La pecera de Turbo se va secando y comienza a sonar una bombita de agua. Cada vez que eso pasa creo que el filtro de agua de Caracas se está llenando. Le toma unos 45 minutos llenar la botella de acero inoxidable, de un litro o un poco más, porque el agua llega muy sucia. Los dos sistemas que instalamos se obstruyen en seguida así que el grifito está todo el día abierto. El agua cae gota a gota. En nuestra casa, donde sea que quede nuestra casa, se toma mucha agua. No viene directamente al caso pero ya que hablamos de animales mi tía siempre me llamó sapito y todavía le asombra que yo pueda beber un vaso de un solo trago y sin respirar. Así que el grifo con filtro tapado de mi casa en Caracas está siempre abierto lo que equivale a decir acá en Nueva York que a Turbo se le está bajando el nivel del agua. Suena la bombita así que hay que ponerle más.

Los respectivos huéspedes de terrarium de Rainbow, que compramos cada diez días en la tienda y nos dan en una bolsita que velamos con asombro en el trayecto hacia la casa en el autobús, serían como unos frijoles saltarines si no fuera porque lo que son es grillos y los grillos justamente lo que hacen es saltar. Además de cantar. Tal como los grillos de mi casa vieja, la de mis abuelos y luego de mi mamá. En las noches el jardín de esa casa era un concierto, de sapitos justamente, qué cosas, y de grillos. Un concierto del que sólo un par de veces algún extranjero, y también huésped, se quejó por no poder dormir. Cuando llueve, cantan más. En mi sala de Nueva York hospedo el jardín y la cocina de mi(s) hogar(es) en Caracas. Son dos emplazamientos para una sola casa que en el fondo es un país. Cuando rocío de agua la lagartija, los grillos cantan más. Cuando Turbo ve amenazado su acuático entorno y sólo le queda como esperanza la foto al fondo de la pecera, algo me dice, es una sensación celular, que todo está en orden. Estoy en casa, me dicen mis músculos y mis ligamentos, todo está en orden y todo está bien, sienten mis células cada vez que escucho la vida ocurrir en los hábitats que hospedamos.

Así que estos dos invitados han venido a esta (mi) casa (de) Nueva (York) para llevarme a mí a la casa de siempre, a la de antes, a la que este año, esta vez, no voy a poder ir.

 

Espectral

Otra vez las despedidas, si te pones a ver cada vez que te despides lo haces también de ti misma, de la que ya estás dejando, la que ya no volverás a ser. No se trata de la calle 116 que desde Riverside Park sube para después de Broadway difuminarse en las pisadas de los estudiantes de Columbia University bajo aquel portón de hierro que me fascina y que ya no cruzaré más. O no del mismo modo. La mujer que durante cerca de un año ha cruzado esa puerta y recorrido esa calle con pocas horas de sueño y llevando a la espalda un bolso de mensajero atiborrado de libros, una computadora que se queda siempre sin batería y bolsas de té de distintos sabores, ya no existe más. Me asomo a este cable a tierra buscando casa. Estoy terminando la Maestría, despidiéndome eso ya lo dije, y trabajando en un paper sobre Marosa di Giorgio y la metamorfosis de lo uncanny que debo entregar en pocas horas. No está listo. Ya que Marosa escribe o escribió desde un bosque, hacia donde también me llevará María Zambrano cuando retome prontísimo la tesis (next stop: Claros del bosque y Camino del campo en Zambrano y Heidegger); le pido hoy una liebre, que me trence el cabello, me deje un mensaje en la trocha de la huerta. Es tiempo de regresos. Abrazo mi estancia y mi espectro. Una de las primeras cosas que se hace al volver a casa es regar las plantas si se las tiene.

 

VII

Aquellas botellitas de perfume, aquellas botellitas color oro, color limón de oro, color perfume, aquellos porroncitos diminutos, aquél sándalo, aquella clavelina, esa violeta, pesaban coo un higo, como un solo grano de uva, rojo y rosado y color oro, como un grano de uva roja y rosada y color oro aquellas botellitas increíbles. En torno a ellas reconstruyo la casa.

¿Dónde habitarán ahora? ¿Sólo en un recuerdo, en un espejo, en la fotografía más vieja? A veces, transitan por el aire, las conozco; se dirigen allá, llegan a aquel lugar estratégico. Y mis trenzas de antaño las encuentran

Marosa di GIorgio, Historial de las violetas.

 

 

 

Viaje a casa

Mi estadía en Caracas llega a su fin
se abren Los días animales.
Estoy dándole la última lectura, la última revisión. Estoy dándome la última lectura
la última revisión en Los días animales.
Estoy terminando mi novela en una oficina prestada
mi última lectura.
La oficina tiene gatos
La oficina tiene piso de granito
La oficina tiene un clóset que fue el clóset de la oficina de alguien más
La oficina queda en una casa grande
una casa que conozco
una casa que visité
la casa donde crecí.
Es la casa de Violette
es también
la casa de mis abuelos.
Es la casa germinal
cartografía nueva de un paisaje familiar.
Entro
intento no molestar
me gusta ser invisible y allí están sus ojos delineados
allí están sus ojos para la fotografía,
allí está ella haciéndome pasar
¿gustas un té?
Yo me siento
muy callada
en la oficina de mi abuelo
gracias a mi madre
que produce y me ofrece útero
otra vez
gracias a Violette.
Me pregunto por las cajas de madera
donde él guardaba
los clips
las grapas
las ligas
las puyas
los medios
los reales
el vuelto para los conductores
de la línea de autobuses que terminó de existir con la muerte de alguien más
la línea de autobuses pequeños color celeste.
Allí entro
a la historia de mi abuelo
al estudio donde a las dos de la tarde
después de la escuela
las milanesas con arroz y plátano
después del papelón con limón
y tal vez con un manjar de parchita entre las manos
vi superman
no era un avión
no era una locomotora.
Me siento en la silla de semicuero de la oficina de mi abuelo
en esa oficina
que da a la calle
en la casa de Violette,
la de los ojos precisos y las fotos
ahora por siempre junto a mi abuelo
por esas cosas
del viaje
en la misma foto
por esas cosas del tiempo y del juego
en la misma calle
la calle del heladero
de los pastores alemanes
de la casa grande
del tiempo en que fui
la negrita.
Allí
en esa oficina
de cajas con sorpresas dentro
clips
ligas
ganchos de carpetas
allí en mi historia
inicial
releo y cierro Los días animales.
Ocupo una oficina con gatos
de ventanas Macuto hacia el jardín
hay plantas
afuera
hay cantos de pájaros.
Mi oficina en esta semana de Agosto es muy fresca
hay zancudos
y el silencio
que fui a buscar
cuando pedí
un lugar
donde terminar
antes de volver.
Antes de volver a casa en Nueva York
paso por la casa
germinal
visito el comedor amplio
piso el universo mínimo de granito con novedad
respiro los techos altos y sus molduras
me asomo tras los vidrios biselados
soy exploradora en la casa del abuelo
me siento en el silencio
de la calle ciega
familiar
de Colinas
de
Bello Monte
para abrir y cerrar Los días animales.