Viaje a casa

Mi estadía en Caracas llega a su fin
se abren Los días animales.
Estoy dándole la última lectura, la última revisión. Estoy dándome la última lectura
la última revisión en Los días animales.
Estoy terminando mi novela en una oficina prestada
mi última lectura.
La oficina tiene gatos
La oficina tiene piso de granito
La oficina tiene un clóset que fue el clóset de la oficina de alguien más
La oficina queda en una casa grande
una casa que conozco
una casa que visité
la casa donde crecí.
Es la casa de Violette
es también
la casa de mis abuelos.
Es la casa germinal
cartografía nueva de un paisaje familiar.
Entro
intento no molestar
me gusta ser invisible y allí están sus ojos delineados
allí están sus ojos para la fotografía,
allí está ella haciéndome pasar
¿gustas un té?
Yo me siento
muy callada
en la oficina de mi abuelo
gracias a mi madre
que produce y me ofrece útero
otra vez
gracias a Violette.
Me pregunto por las cajas de madera
donde él guardaba
los clips
las grapas
las ligas
las puyas
los medios
los reales
el vuelto para los conductores
de la línea de autobuses que terminó de existir con la muerte de alguien más
la línea de autobuses pequeños color celeste.
Allí entro
a la historia de mi abuelo
al estudio donde a las dos de la tarde
después de la escuela
las milanesas con arroz y plátano
después del papelón con limón
y tal vez con un manjar de parchita entre las manos
vi superman
no era un avión
no era una locomotora.
Me siento en la silla de semicuero de la oficina de mi abuelo
en esa oficina
que da a la calle
en la casa de Violette,
la de los ojos precisos y las fotos
ahora por siempre junto a mi abuelo
por esas cosas
del viaje
en la misma foto
por esas cosas del tiempo y del juego
en la misma calle
la calle del heladero
de los pastores alemanes
de la casa grande
del tiempo en que fui
la negrita.
Allí
en esa oficina
de cajas con sorpresas dentro
clips
ligas
ganchos de carpetas
allí en mi historia
inicial
releo y cierro Los días animales.
Ocupo una oficina con gatos
de ventanas Macuto hacia el jardín
hay plantas
afuera
hay cantos de pájaros.
Mi oficina en esta semana de Agosto es muy fresca
hay zancudos
y el silencio
que fui a buscar
cuando pedí
un lugar
donde terminar
antes de volver.
Antes de volver a casa en Nueva York
paso por la casa
germinal
visito el comedor amplio
piso el universo mínimo de granito con novedad
respiro los techos altos y sus molduras
me asomo tras los vidrios biselados
soy exploradora en la casa del abuelo
me siento en el silencio
de la calle ciega
familiar
de Colinas
de
Bello Monte
para abrir y cerrar Los días animales.

De uniones y subversiones

1

El tema era la practicidad.  En la conversación se evaluaba el nivel de practicidad de una persona.

2

¿Cómo se mide? En caso de que se llegue a algún resultado “verídico” -es decir “confiable”: que permita decir sin lugar a dudas que esta persona es más práctica que esta otra- toca preguntarse: ¿para qué sirve saber? En términos del día a día contemporáneo está claro a quién sirve el juego y para qué.

La categorización de cualquier cosa supone: primero, la existencia de alguien con poder para organizar, segundo, la construcción de valores o características que permita ubicar a las tendencias o las personas en un cajón o en otro. Antropológicamente hablando, hace falta un “yo” y un “otro”. Quien tiene el poder es quien decide dónde trazar la línea, cuán porosas son las cajas y qué o a quién se introduce dónde. El poder somete a la diversidad desde que el mundo es mundo.

3

El tema era cuán práctico era alguien. Y luego alguien más. Luego se hacía una comparación. Ese era el juego.

4

Después de una clase de yoga esta semana el profesor habló sobre las bandadas de pájaros en New Hampshire. ¿Sería New Hampshire? Scott habló de cómo la actuación de unos influye sobre la de los otros. Un pájaro se levanta del agua ¿del agua? Yo no estaba en el agua pero sí en savasana, saliendo de la postura del cadáver, que es como se llama la última postura de la clase, en la que uno está acostado sin moverse y dejando que la práctica surta sus efectos. Despertándome de la muerte escuché lo que me tocaba escuchar. El yoga trip existe y a mí me llevó a un lago del que salían unos pájaros volando. Ahora no dejo de preguntarme ¿cómo se apoyarían los pajaritos de New Hampshire en el agua?

Decía Scott que en este sitio puede verse cómo al levantar vuelo uno, más atrás vuelan los demás. Salen en bandada manchando de negro como una nube el cielo, hasta que alguno decide bajar a comerse un pescadito. Entonces también a los otros les provoca y bajan. Y así están. Dibujando en el aire en cambote.

5

Sentado en posición de loto dijo que en savasana cuando alguien tose nos movemos todos. Cuando alguien se toca la nariz el otro se rasca un codo.

6

Estamos conectados desde la muerte. La oscuridad antes de la luz y luego la luz, nos unen. Somos un flujo con subversiones, pienso pensando en el pájaro que decide cambiar de rumbo, en el pie que se mueve a la hora oscura y más creativa del yoga.

7

El arbitrario (¿subversivo?) fluir de este texto me lleva a “My New Sweater”. Me muevo hacia el libro infantil, me lanzo en picada hacia el pez. En la historia todos los muñequitos son idénticos y hacen las mismas cosas. Un día a uno se le ocurre tejerse un suéter. Se lo pone. Se atreve. Los demás hablan a sus espaldas y dejan de ser sus amigos. Hasta que se ponen en evidencia: quieren tener un suéter ellos también. Están celosos del valiente, por valiente y por vestido. Al final terminan todos con el mismo traje. El personaje del comienzo se encuentra con un sombrero y se lo pone. Es el único con un sombrero. Es fácil suponer lo que viene.

8

El balance entre la unión y la subversión. Me interesa el balance entre el flujo colectivo y la ruptura que imprime fuerza y traza posibilidades.

9

Hoy pensé en el protagonista de “Seize the Day”. Tommy Wilkens es un outsider. Un looser. Y desde su periferia logra ver la verdad de las cosas. Al final de un día intenso y doloroso de claridad, tiene una epifanía. Pensando en Tommy pienso que los de adentro usan el poder para categorizar y los de afuera su distancia para subvertir.

Quien pretenda saber quién está dentro y quién fuera, guiándose por la apariencias, metiendo y sacando gente de las cajas y las categorías útiles a nadie, pierde. La naturaleza es honestamente diversa y expresiva. Desde los pajaritos de New Hampshire hasta los yogis cadáveres. Todos somos potencialmente subversivos.

Finales

Y me llegó la hora.

I.

Por lo visto me llegó pues he estado reformando el espacio y dándole vueltas, mudando jarrones y cambiando el color de las paredes, escribiendo algunas cosas para postear acá y guardando las que se parecen a los poemas que vendrán. Desde hace tiempo decidí publicar menos poesía en este espacio y más bien dedicarlo a lo otro. A esto.

Me llegó la hora de regresar al blog, de escribir un poco sobre Nueva York, de despedirme de los amigos que conocí o no conocí pero vi semanalmente en el MFA en Escritura Creativa de NYU. De desplazarme en el teclado sin nadie que diga hacia dónde. Ni yo misma.

De la Maestría, en la que vimos clases con Sergio Chejfec, Mariela Dreyfus y Diamela Eltit, entre otros estupendos escritores y profesores, nos despedimos con la inauguración de la nueva edición de la Revista Temporales. Luego con una lectura colectiva en el Auditorio King Juan Carlos de NYU. Por último brindamos entre nosotros.

Habrá tiempo si es que va a haberlo para pensar y digerir mi experiencia como alumna y asistente de Antonio Muñoz Molina, un espléndido ser humano, generoso profesor y guía; valiente lector y brillante escritor. La asistencia, principalmente administrativa y muy flexible, me brindó el honor de ayudarlo en algo, de hacer una mínima parte de su vida, la que dedica a NYU durante un semestre al año, más fácil y llevadera. O eso espero, haberle servido. Además fue el primer lector de mi novela, que presenté como trabajo final. Entre un espacio y otro, entre los salones de clases, los encuentros en su oficina y las discusiones sobre mi novela, he comenzado a aprender a leer y también estoy descubriendo qué cosa me gustaría escribir. Cómo me gustaría escribir.

Aquí estoy. Mirándolo bajar en su bicicleta desde nuestro barrio, como le llama cuando hablamos sobre uno u otro restaurante, cuando nos contamos sobre los parques o sobre las bibliotecas públicas que nos quedan cerca y visitamos. Lo veo bajar desde acá hacia NYU, por Riverside.

A mí me conviene la Biblioteca de St. Agnes en Amsterdam Ave. A él, ahora que lo pienso, no sé cuál le gusta más pero debe ser una de Columbia University. Tendré que preguntarle cuando regrese de Madrid y volvamos a vernos, y ahí tal vez, después de dos años conociéndolo, me atreva a pedirle que me firme un libro. “Ventanas de Manhattan”, supongo. Antonio habla de nuestro barrio como haciendo mención a un enclave, como si el barrio fuese un lenguaje que nos hace cómplices, y así es.

II.

Quiero decir que yo no soy, ni de lejos, la persona más Neoyorquina ni la escritora más Neoyorquina ni la visitante más Neoyorquina. Es que esta ciudad es muy jugosa. Me lo dijo Lissi riéndose, “es que tu nueva york es alucinante”, luego de contarme sobre su fin de semana de museos y rumba y yo contarle sobre el mío, entre parques, patinetas y manteles para picnic.

III.

Hoy recibí un email y me quedé pensando en las cosas que uno va aprendiendo en la medida en que crece y que tienen que ver con la fragilidad y la pérdida. Cuando ya no nos quede tiempo habremos entendido muchas cosas y valdría la pena que pudiéramos quedarnos un poquito más. Digo, sería tremendo no pasarla mal por lo que no hay que pasarla mal y dormir bastante y bailar más y todas las cosas que uno sabe -uno lo sabe- que debería hacer con mayor frecuencia para ser más feliz pero que deja de hacer por culpa de una cadenita pegada al tobillo que podría llamarse ombliguismo histórico. Siempre pensamos que todo tiene que ser ya, todo lo que nos preocupa tenemos que resolverlo ya. Para después es tarde.

Uno se va a morir sabiendo bastante, creo. Ojalá que así sea, sobre todo por el bien de quienes nos rodean y aprovechan las propias bondades cuando las hay. Pero ahí ya será tarde. Supongo que el mundo está diseñado así, que la imperfección del mundo es inevitable justamente por eso: uno siempre se va antes de terminar la tarea. Es una lástima para el planeta y sus habitantes, pues los que más sabían cómo funcionaba esto de estar vivos, ya están muertos.

Supongo que ahí entra el yoga y otras disciplinas que te permiten abrir un hueco en el espacio y el tiempo y notar dónde es que estás parado y qué es lo que más importa. Me parece que parte de ese aprendizaje vital tiene que ver con la noción de impermanencia y con la humildad a la que obliga. Y como decía mi amigo en el email hoy, está enlazada, anudada, a la percepción sobre la fragilidad de los hijos y a los padres. Está ligada a la sangre en todos los sentidos posibles.

IV.
Hasta acá llega este post mientras sigo pensando en el cambio y en los restos. Ahora que lo pienso debe ser por esto mi blog no se llama ya Fugapermanente sino Keila Vall. El tiempo se sigue fugando. Yo sólo intento, a ver si lo logro, preocuparme menos por la fuga y concentrarme más en lo que queda. A ver si me contagio de quienes han ido aprendiendo cómo vivir y le dejo un regalo a mis hijos. Parece que un buen punto de partida para mirar este paisaje, el que fue y el que sigue siendo, es el que se ofrece desde las letras de mi propio nombre. Este blog es a partir de hoy un aquí y ahora con nombre propio.

Red.

Ayer en el parque a Luca lo empujaron y aterrizó de frente en el borde de un tobogán. Él no llora casi nunca, lo tomé en los brazos, lo besé, y me llamó la atención que no dejara de llorar. Todo esto en un instante. El mismo instante en que miré la mano con la que lo acercaba hacia mi pecho.

Hay momentos que descuadran, se mueve la cámara, tiembla el paisaje.

Caminé hacia la fuente de agua con él cargado y le lavé la herida, sangre caos a un ritmo y velocidad que atenué con presión. La presión soluciona. Y yo soy fuerte. Agua. Más agua más rápido. Más agua más rápido y al final la imagen temida, profunda, oscura.

La ciudad se me hizo desconocida, arisca. Me encontré pensando Taxi, pensando coche, pensando dejar el coche y de nuevo pensando taxi. Con los cables pegados, sea lo que sea que sean los cables pegados, supongo que es una expresión mecánica.

Caminé hacia una sala de emergencia cercana. Aprendí que Urgent Care no es lo mismo que Emergency Room. La ciudad en la que un hijo tuyo sangra es siempre una ciudad lejana, la ciudad en la que te desvelas por la impronta de su sangre en tu mano, es siempre ajena. Pienso en la herida de ayer y pienso en el cráter que deja a las madres perder un hijo. Lo pienso flash. Lo borro. Miedo.

No escribes un libro titulado “Ana no duerme” de gratis. Pasé la noche despierta. Pasé la noche mirándome la mano. Retrocediendo cuadro a cuadro la caída y rediseñándola. Cinco inches, que no sé cuánto son en centímetros pero estoy segura que bastarían, y así los pensé: cinco inches más acá o más allá, y Luca no termina wounded. No tendría la huella. Seguiría como nuevo. (A wide open cut? me preguntó el pediatra por teléfono antes de mandarme a get some stitches).

Así estuve. Preguntándome por qué formulaba la duda imposible en una medida que no logro imaginar, o mejor dicho, que justo aprendí a medir ayer, pues ahora que lo pienso escuché en el parque que la herida tenía aproximadamente un inch. Y eso ya no se me olvida, cuánto mide un inch ya forma parte de mi memoria afectiva. Cómo haces tuya una ciudad también se explica así, eso que parece arisco de pronto se te entrega con el lomo bajo.

La madre del niño que empujó a Luca caminó conmigo, me mostró dónde quedaba la Emergencia, a pie, y nos hizo compañía. Se quedó con nosotros. Nuestros tres hijos terminaron jugando durante el camino y también mientras esperábamos que nos atendieran.  Ella cuidó a Mateo mientras al pequeño le cosían la cabeza y llegaba la abuela Tenana. Cuando salimos del consultorio Luca me preguntó por su nuevo amigo, que ya se había ido. No te preocupes, le dije, lo veremos mañana en el parque. Ahora tenemos un amigo nuevo, pensé, celebrando la ausencia de rencor, la facilidad con la que dos almas pequeñas se encuentran y se aceptan a pesar de la violencia. Así se cura la gente, pensé. Le dije lo veremos mañana sin estar muy segura pero callando la duda.

Mientras todo esto pasaba dos veces sonó mi teléfono. En medio del momento más álgido, cuando mojaba mi mano en la fuente de agua y veía las manchas de sangre sobre la camisita amarilla, miré como hacia un horizonte cálido el fondo del parque. Miré sin ver los rostros de dos o tres adultos en aquel momento desinformados de lo que pasaba afuera pero con quienes sabía que podía contar. En medio del vaho supe que no era del todo periférica. Tengo una vida extranjera, en una ciudad enorme de la que conozco unos bolsillos apenas y en la que hablo algunos días más español que inglés. Y no me sentí periférica. La humanidad, la comunión de los hijos en una comunidad, tiene más fuerza que el miedo, que la extranjería, que la extrañeza.

Luca

mi niño intuición

lúcido desde mi carne desde siempre, desde su propio nombre,

(siempre lo supe, que me mostraría más de lo que puedo imaginar mirar),

ahora duerme.

Todo está en orden en mi geografía.

En el bulevar

En una plaza de Chacaíto postergamos los peligros
de la urbanidad caraqueña
gracias a un recuadro de papel que ofreciste como pasaje
y dividiste en dos.
Mitad para mí
el resto tuyo.

Entramos a una carpa
había tubos de pintura que gasté en un lienzo usado.
Telas y periódicos, bolsas plásticas
bastidores sin nada que tensar. Botellas de agua colapsadas.
Un gato rondando.
Mi obra pictórica: altos relieves color pardo como las sábanas del anfitrión.
Flirteé con él
al señor de la tienda de campaña improvisada
lo miré de cerca
un obsequio.
Su mujer anda acostada aquí
advirtió.

Yo sólo quería decirle
de una forma cercana, dispuesta a la resaca
del día después,
quería decirle: Norman, lo que está a la vista me es indiferente
el mundo no se acaba aún, pero siento que sí y esto me inquieta
quería decirle te estoy mirando.

Terminamos en una arepera tomando Cocacola.
Nos despedimos en la Av. Solano
estridencia sorda de tres colores discontinuos brillando
sobre el pavimento antes del amanecer.
Más nunca lo vi.

La vez siguiente un vestido largo
sintético, angostas series de limón
tan suaves a cada huella dactilar.
Un accesorio para la noche, expansivo
en la pista de una discoteca en Sabana Grande.
Las sonrisas masticables para llevar desde tu cartera
duraron hasta los primeros autobuses, los vendedores ambulantes de café,
la neblina que ofrece la ciudad como borrón y cuenta nueva
un cachito de jamón en Santa Rosa
donde no sé cómo llegué.

Cuántos santos, están Rosa, Fe, Paula y Sofía
Bernardino y Agustín. La Trinidad.
En mi ciudad lamíamos el gesto
protegidos por aquella comitiva y por el cerro, la mascota descomunal.
Al final los músculos cansados de rendir las horas
el sueño a destiempo hasta la noche
el espíritu ondulando y exacerbado como el traje sinestésico
como las pupilas de plata la noche del bulevar.

Free jazz

Frente a los rieles del tren espero
escucho, se arrastran las ruedas, acaricia el cepillo
un plato de metal.
El hijo con fiebre en casa me mira de lejos. Algo
algo debe hablarme.

El reflejo en la ventana del vagón muestra el escote hoy más pronunciado

que cubro. Abrigo el pecho niño con fiebre tren a la universidad.

Falta una pista, la pieza que engrana todo esto no está

raspo la superficie, subterránea, un poco más
¿qué estoy dejando de mirar?

Ayer dijo tenerme miedo, sentí hundimiento plexo solar

por culpa del fantasma y mis garras y esta manera de ser,

emocional.

Dijo señalando con sus deditos hacia mis pupilas Siento miedo

a estos círculos negros
en cada ojo.

Todos, respondí aliviada por la mancha que compartimos,

Todos tenemos. Yo sería incapaz

de dañarte, añadí, y era un rezo. Siento miedo yo también
pensé, la contención es el tema.

Garra niño con fiebre escote

tren a la universidad en la ciudad de Nueva York

despecho que cubro hoy.

Algo
una clave un mensaje.

Henry dijo que se llamaba el hombre con cuatro

e insistió cuatro días de hambre

cuando lo vi pasar tras mi imagen en el vidrio,
tal vez fue antes o después de cubrirme las tetas que de nuevo en el vagón
Henry pasó repitiendo gracias, gracias,

gracias
gracias.

Todo lo hace o lo dice cuatro veces Henry.

Será la inanición, estará confundido

o se repite por temor ante la precariedad

del público asistente, errante.
Insiste por si alguien le escucha al fin
el tema.

En Washington Square me duelen siempre
los hijos que en el momento no estoy cuidando

tantos coches tanto parque despelleja.

Un cinturón de seguridad protege a la anciana en silla de ruedas
de su inminente derrame en plena calle

cruza en la pizzería y se pierde.

La imagen descontrolada estalla, hago memoria inmediata, la correa de seguridad

que recién miré, hebilla de acero rectangular, cinta negra poliéster
proviene de un asiento de avión. Cuánto apocalipsis.

Lo único claro en todo esto es que estoy muriendo,
en la plaza donde espero una señal
el fluir me lleva improvisando como polen como
cable de electricidad.

Que me importe lo que importa

mantener los ojos, los oídos bien dispuestos
es lo único que pido cuando pido algo a la corriente que me ha traído hasta acá.

El brillo me atraviesa

niño enfermo ojo y miedo, fiebre tema 
plaza universidad

avión que se estrella

pecho despecho en el roce de la batería que me anestesia.

Algo
algo me anuncia que ahora mismo, no te miento,

ahora mismo lo siento desde la médula, como un desmayo compungido

en este instante mis células están muriendo

ahora mismo te aseguro
mis células, yo

estamos muriendo encandiladas.

Sentire, guardare

Cada ventana es invitación y coto. Personajes entran, salen de cuadro. La cámara se gira y el personaje soy yo. Los italianos usan sentire para escuchar, como advirtiendo que la audición estalla al presionar play. Neurotransmisores con volumen al instante. Los italianos usan guardare para mirar. Lo que guardo mientras siento, lo escribo acá.

Vasijas chinas en tres repisas, el vecino se asoma a través del marco hacia la calle, revisa los tarros, desde acá no se distingue lo que hay ni si hay algo. Se aleja, lo veo de espaldas. Sus bonsáis son muralla y protección. Mi padre hacía bonsáis, recuerdo los alambres y mi extrañeza ante el método de los árboles condenados a no crecer. Me apoyo en el brocal, movimientos en cámara lenta: en ausencia de sonido el tiempo es otro. Si el tiempo y el espacio ubican al ser, el sonido y la imagen construyen la idea. Sentire, guardare. Invento un lente, audífonos que lo cubren todo, no sé cómo suena cada tecla presionada que al juntarse con otra se vuelve palabra, se vuelve idea percusión. Sólo escucho mis latidos cuando la música para. No sé si eso es bueno.

Las ventanas hacen esto: ofrecen. Retrocedo, salgo de la habitación. Soy huésped de la historia que inventé. Con los ojos cerrados espío una película muda. Alguien entra bajo mis párpados, levanta los brazos, se recuesta en el sillón, cabeza hacia atrás. Suspira el personaje silencioso, le pesan los hombros, los resortes no ceden pero él insiste. Su tiempo no es el mío, su lugar no es mi lugar. Si el hombre cierra los ojos es como apagar la luz. Si el hombre apaga la luz es como si yo tuviera los ojos cerrados, se acaba la película. Pero no. Los párpados se acercan y la historia sigue. Todo ocurre hacia dentro.

Inspiration is always a coincidence, dijo Fanny Howe. Mis vecinos y yo coincidimos. Sólo uno de los lados está al tanto. A veces las persianas están abajo, no hay historia sino silencio. Recién lo decidí, en esta casa no quiero pausa, quiero que ellos sepan qué cenamos, a qué hora nos vamos a dormir o si no dormimos. Quiero ser la película de alguien más, aunque luego desaparezca: tres pasos hacia atrás, apago la luz y me fui.

Estoy en mi viaje y desconozco dónde es que van mis palabras, para quién las ordeno. Quisiera salirme, abrir la piel, que caigan dos o tres caracoles al suelo, recomponerme y sigamos a lo próximo. Quisiera salirme del microscopio estetoscopio pero curiosamente esta noche lo llevo puesto y me muestra los latidos en cada pausa de la música que no conocía y que ahora me presento como diciéndome acá este camino, no te pares. Hoy salí a la calle y en una vitrina vi alfombras, gruesas, finas, con formas extrañas y colores brillantes. Son importantes las alfombras, no sólo para volar, también entibian, acomodan y protegen los pies. Hoy las vi, rojas, amarillas, moradas incandescentes. De tanto poema al que el miedo se le acaba me estoy sintiendo valiente yo también, se le termina el cuarto oscuro a lo que soplé de mi oído. Como un brujo amazónico soplo y chupo. Resuelto. Al río.

Mis vecinos comienzan a despedirse, uno a la vez, se cierran los caminos. Todos duermen en mi casa, me está pasando con frecuencia, ya veré después que hacer con el sueño. Fassbinder dijo ya dormiré cuando esté muerto, eso lo aprendí a los siete años y me impresionó. Yo no quiero dormir de esa manera, prefiero dormir estando viva. Una menos, se me acaban las ventanas y mi piel porosa y sus transmisores andan con el escándalo otra vez. Ahora las palabras deben estar juntándose para hacerse compañía, pero eso no me consta, estoy sintiendo, ¿no ves los audífonos?