significado del lugar

Se terminó una etapa y comienza otra, otra como suelen ser ellas, incierta, extraña aunque familiar. Lo primero, extraña, pues no se sabe nunca qué es lo que viene en esa oferta o en la búsqueda encontrada o parcialmente encontrada hasta que abres la puerta, y hoy a esta hora no la has abierto. Correr en un bosque desconocido sin tener idea de cuánto dura la subida o qué viene detrás de la curva, cuánto falta para llegar le preguntaba a mi papá cuando viajábamos a una playa que bien podía haber sido Higuerote, vaya usted a saber. Incierta como empezar una vinyasa en el lado derecho del cuerpo y no saber, no tener idea qué viene, que postura sigue, cuánto tiempo le toca al lado derecho en esta práctica de yoga de hoy. Familiar porque el cuerpo desde el que la experiencia se genera es el propio y sólo por eso cualquier cosa que se emprenda, incluso esa vinyasa misteriosa en un comienzo, es siempre factible desde acá, desde estas manos que conozco, desiguales en mi caso más de lo normal.

Y pienso en el cuerpo como lugar familiar desde el que se origina la experiencia, porque sólo puedo pensarme como continente con contenido, como forma y fondo inseparables: o si no cómo explicar que a las células y los músculos se muden los sentimientos o las experiencias pasadas, hay contracciones que no se quitan y aperturas de pecho que se cultivan y traen recuerdos, dolores del pasado que vuelven bajo la forma de una enfermedad; o si no cómo explicarse que los olores o los sonidos traigan consigo lo que traen. Las arepitas de anís con queso blanco rallado son mi abuela y su cocina de baldosas verdes y blancas y piso de granito. El clavo de olor será siempre mi bisabuela Margot.

Así que inicio una etapa incierta y familiar, con su dosis de incomodidad y placidez, pues he cerrado la previa: la Maestría en Estudios Hispánicos de Columbia University ya está. Lista. Ya habrá algún espacio para Tiempos primordiales recorridos a pie, mi tesis de grado. Híbrido entre antropología del paisaje, filosofía y literatura, que desde Heidegger y Zambrano me permitió acercar un camino y un bosque que entiendo como dos lugares únicos e intraducibles, y a la vez como un mismo lugar que es también un tiempo: el del inicio. Y como todo se enlaza, no está de más decir que fue una sorpresa terminar trabajando este tema, especialmente porque sobre antropología del paisaje fue mi Tesis en el Alto Río Guainía del Amazonas venezolano, y más nunca lo había vuelto a tocar, o no desde la academia.

Hace tres días escalé con mis hijos. Entiendo en ese episodio que espero volver narrativo –no porque pretenda contarlo sino porque espero recorrerlo, escalar pronto otra vez, me sudan las manos de sólo imaginarme de nuevo allí–, la evidencia de que ando siempre en el mismo camino, en el mismo bosque, acercándome y alejándome para volver, siempre regresar a un lugar que es tiempo de origen. Origen mío cuando comencé a escalar, origen ahora de mis hijos que por primera vez se ponen un arnés. El más pequeño jugando con las cuerdas y limpiando agarres, el más grande haciendo rutas hasta el final y deteniéndose a medio camino para decir, varias veces deteniéndose para decir contentísimo, que no me da miedo, mami. Asombrado él mismo por eso raro y familiar abierto a cada metro ascendido. Estoy contando los días para volver, para llevarlos, para sentir que nunca me he ido aunque sepa que no soy la misma y que cuando me anudo el ocho a la cintura lo hago desde otro lugar. No estoy apurada. Y ahora que lo pienso nunca lo estuve, decían que escalaba como una pereza, si fueras más rápido llegarías más arriba, me decían también. Y yo siempre preguntándome para qué llegar más alto si lo importante era estar.

 

Pa(i)sajes

Llegado el verano Turbo y Rainbow se quedaron sin casa y sin familia, o mejor dicho sin cuarto, sin room C y room D, y sin sus anfitriones habituales, unos niños que siempre andan como hormiguitas ocupadas hablando bajito y cruzando los salones de acá para allá. Les pasan al lado sin mirarlos, ya los asumen como parte del ecosistema que les enseña lo que el mundo es. Tal vez debería decir que Turbo y Rainbow viven en un colegio Montessori y que los salones de clase en esas escuelas son así: muy callados aunque cada niño esté como de su cuenta, elija sus propios proyectos de acuerdo a sus preferencias y por lo tanto durante el día haya siempre unos dedicados a “lo suyo” mientras otros van y vienen con bandejas transportando botellitas y goteros, con alfombras, rompecabezas, kits de costura y delantales, preparándose para lo próximo o depositando en estantes lo que ya se terminó de hacer.

A estas alturas esos niñitos deben estar jugando en la arena y bajo el sol o visitando a sus familias fuera de la ciudad o del país –pues si hay algo que uno aprende acá es que todo el mundo está de paso y todo el mundo tiene tíos, abuelos y amigos en cualquier lugar del mundo. Así que  en el colegio comenzaron a buscarles hospedaje hasta septiembre, a Turbo y a Rainbow, y acá decidimos brindárselos hasta que se pueda, mientras en estas vacaciones estemos en Nueva York, antes de ir no sabemos dónde, pues en esta casa, donde sea que quede esta casa, nunca hemos sabido muy bien qué planes tenemos o por cuantos días, y en especial este verano estamos nosotros mismos sin otro lugar de destino más que éste al que nos destinamos hace tres años, y que en el fondo lo contiene todo. Nosotros estamos sin casa en otro lugar que no sea éste, y si normalmente nos habríamos ido a nuestro país, esta vez no es así. Y acá están Turbo y Rainbow pues: nuestras mascotas temporales en esta hasta ahora no-vacación pues entre otras cosas, además de nuestra tendencia indecisa, la tesis sigue dando qué hacer.

Turbo es del tamaño de un melón pequeño y Rainbow mide lo que mide mi mano izquierda. Cada uno tiene su casa, la de la tortuga es una pecera con una piedra flotante y termostato, con una foto acuática detrás que la debe hacer sentir muy solitaria. Rainbow vive en un terrarium más pequeño y nos da trabajo. También tiene una foto. Hoy estrena una planta que le fascina y de a que no se quiere bajar. Hay que comprarle grillos. Hay que alimentar a los grillos y darles vitaminas de manera que ella esté bien alimentada también. A veces se mueren los grillos y hay que limpiar la tierra. A rainbow se le rocía agua dos veces al día y Turbo come diez palitos de algo que huele a pez. Mis hijos han sido buenos anfitriones.

La pecera de Turbo se va secando y comienza a sonar una bombita de agua. Cada vez que eso pasa creo que el filtro de agua de Caracas se está llenando. Le toma unos 45 minutos llenar la botella de acero inoxidable, de un litro o un poco más, porque el agua llega muy sucia. Los dos sistemas que instalamos se obstruyen en seguida así que el grifito está todo el día abierto. El agua cae gota a gota. En nuestra casa, donde sea que quede nuestra casa, se toma mucha agua. No viene directamente al caso pero ya que hablamos de animales mi tía siempre me llamó sapito y todavía le asombra que yo pueda beber un vaso de un solo trago y sin respirar. Así que el grifo con filtro tapado de mi casa en Caracas está siempre abierto lo que equivale a decir acá en Nueva York que a Turbo se le está bajando el nivel del agua. Suena la bombita así que hay que ponerle más.

Los respectivos huéspedes de terrarium de Rainbow, que compramos cada diez días en la tienda y nos dan en una bolsita que velamos con asombro en el trayecto hacia la casa en el autobús, serían como unos frijoles saltarines si no fuera porque lo que son es grillos y los grillos justamente lo que hacen es saltar. Además de cantar. Tal como los grillos de mi casa vieja, la de mis abuelos y luego de mi mamá. En las noches el jardín de esa casa era un concierto, de sapitos justamente, qué cosas, y de grillos. Un concierto del que sólo un par de veces algún extranjero, y también huésped, se quejó por no poder dormir. Cuando llueve, cantan más. En mi sala de Nueva York hospedo el jardín y la cocina de mi(s) hogar(es) en Caracas. Son dos emplazamientos para una sola casa que en el fondo es un país. Cuando rocío de agua la lagartija, los grillos cantan más. Cuando Turbo ve amenazado su acuático entorno y sólo le queda como esperanza la foto al fondo de la pecera, algo me dice, es una sensación celular, que todo está en orden. Estoy en casa, me dicen mis músculos y mis ligamentos, todo está en orden y todo está bien, sienten mis células cada vez que escucho la vida ocurrir en los hábitats que hospedamos.

Así que estos dos invitados han venido a esta (mi) casa (de) Nueva (York) para llevarme a mí a la casa de siempre, a la de antes, a la que este año, esta vez, no voy a poder ir.

 

Espectral

Otra vez las despedidas, si te pones a ver cada vez que te despides lo haces también de ti misma, de la que ya estás dejando, la que ya no volverás a ser. No se trata de la calle 116 que desde Riverside Park sube para después de Broadway difuminarse en las pisadas de los estudiantes de Columbia University bajo aquel portón de hierro que me fascina y que ya no cruzaré más. O no del mismo modo. La mujer que durante cerca de un año ha cruzado esa puerta y recorrido esa calle con pocas horas de sueño y llevando a la espalda un bolso de mensajero atiborrado de libros, una computadora que se queda siempre sin batería y bolsas de té de distintos sabores, ya no existe más. Me asomo a este cable a tierra buscando casa. Estoy terminando la Maestría, despidiéndome eso ya lo dije, y trabajando en un paper sobre Marosa di Giorgio y la metamorfosis de lo uncanny que debo entregar en pocas horas. No está listo. Ya que Marosa escribe o escribió desde un bosque, hacia donde también me llevará María Zambrano cuando retome prontísimo la tesis (next stop: Claros del bosque y Camino del campo en Zambrano y Heidegger); le pido hoy una liebre, que me trence el cabello, me deje un mensaje en la trocha de la huerta. Es tiempo de regresos. Abrazo mi estancia y mi espectro. Una de las primeras cosas que se hace al volver a casa es regar las plantas si se las tiene.

 

VII

Aquellas botellitas de perfume, aquellas botellitas color oro, color limón de oro, color perfume, aquellos porroncitos diminutos, aquél sándalo, aquella clavelina, esa violeta, pesaban coo un higo, como un solo grano de uva, rojo y rosado y color oro, como un grano de uva roja y rosada y color oro aquellas botellitas increíbles. En torno a ellas reconstruyo la casa.

¿Dónde habitarán ahora? ¿Sólo en un recuerdo, en un espejo, en la fotografía más vieja? A veces, transitan por el aire, las conozco; se dirigen allá, llegan a aquel lugar estratégico. Y mis trenzas de antaño las encuentran

Marosa di GIorgio, Historial de las violetas.

 

 

 

Viaje a casa

Mi estadía en Caracas llega a su fin
se abren Los días animales.
Estoy dándole la última lectura, la última revisión. Estoy dándome la última lectura
la última revisión en Los días animales.
Estoy terminando mi novela en una oficina prestada
mi última lectura.
La oficina tiene gatos
La oficina tiene piso de granito
La oficina tiene un clóset que fue el clóset de la oficina de alguien más
La oficina queda en una casa grande
una casa que conozco
una casa que visité
la casa donde crecí.
Es la casa de Violette
es también
la casa de mis abuelos.
Es la casa germinal
cartografía nueva de un paisaje familiar.
Entro
intento no molestar
me gusta ser invisible y allí están sus ojos delineados
allí están sus ojos para la fotografía,
allí está ella haciéndome pasar
¿gustas un té?
Yo me siento
muy callada
en la oficina de mi abuelo
gracias a mi madre
que produce y me ofrece útero
otra vez
gracias a Violette.
Me pregunto por las cajas de madera
donde él guardaba
los clips
las grapas
las ligas
las puyas
los medios
los reales
el vuelto para los conductores
de la línea de autobuses que terminó de existir con la muerte de alguien más
la línea de autobuses pequeños color celeste.
Allí entro
a la historia de mi abuelo
al estudio donde a las dos de la tarde
después de la escuela
las milanesas con arroz y plátano
después del papelón con limón
y tal vez con un manjar de parchita entre las manos
vi superman
no era un avión
no era una locomotora.
Me siento en la silla de semicuero de la oficina de mi abuelo
en esa oficina
que da a la calle
en la casa de Violette,
la de los ojos precisos y las fotos
ahora por siempre junto a mi abuelo
por esas cosas
del viaje
en la misma foto
por esas cosas del tiempo y del juego
en la misma calle
la calle del heladero
de los pastores alemanes
de la casa grande
del tiempo en que fui
la negrita.
Allí
en esa oficina
de cajas con sorpresas dentro
clips
ligas
ganchos de carpetas
allí en mi historia
inicial
releo y cierro Los días animales.
Ocupo una oficina con gatos
de ventanas Macuto hacia el jardín
hay plantas
afuera
hay cantos de pájaros.
Mi oficina en esta semana de Agosto es muy fresca
hay zancudos
y el silencio
que fui a buscar
cuando pedí
un lugar
donde terminar
antes de volver.
Antes de volver a casa en Nueva York
paso por la casa
germinal
visito el comedor amplio
piso el universo mínimo de granito con novedad
respiro los techos altos y sus molduras
me asomo tras los vidrios biselados
soy exploradora en la casa del abuelo
me siento en el silencio
de la calle ciega
familiar
de Colinas
de
Bello Monte
para abrir y cerrar Los días animales.

De uniones y subversiones

1

El tema era la practicidad.  En la conversación se evaluaba el nivel de practicidad de una persona.

2

¿Cómo se mide? En caso de que se llegue a algún resultado “verídico” -es decir “confiable”: que permita decir sin lugar a dudas que esta persona es más práctica que esta otra- toca preguntarse: ¿para qué sirve saber? En términos del día a día contemporáneo está claro a quién sirve el juego y para qué.

La categorización de cualquier cosa supone: primero, la existencia de alguien con poder para organizar, segundo, la construcción de valores o características que permita ubicar a las tendencias o las personas en un cajón o en otro. Antropológicamente hablando, hace falta un “yo” y un “otro”. Quien tiene el poder es quien decide dónde trazar la línea, cuán porosas son las cajas y qué o a quién se introduce dónde. El poder somete a la diversidad desde que el mundo es mundo.

3

El tema era cuán práctico era alguien. Y luego alguien más. Luego se hacía una comparación. Ese era el juego.

4

Después de una clase de yoga esta semana el profesor habló sobre las bandadas de pájaros en New Hampshire. ¿Sería New Hampshire? Scott habló de cómo la actuación de unos influye sobre la de los otros. Un pájaro se levanta del agua ¿del agua? Yo no estaba en el agua pero sí en savasana, saliendo de la postura del cadáver, que es como se llama la última postura de la clase, en la que uno está acostado sin moverse y dejando que la práctica surta sus efectos. Despertándome de la muerte escuché lo que me tocaba escuchar. El yoga trip existe y a mí me llevó a un lago del que salían unos pájaros volando. Ahora no dejo de preguntarme ¿cómo se apoyarían los pajaritos de New Hampshire en el agua?

Decía Scott que en este sitio puede verse cómo al levantar vuelo uno, más atrás vuelan los demás. Salen en bandada manchando de negro como una nube el cielo, hasta que alguno decide bajar a comerse un pescadito. Entonces también a los otros les provoca y bajan. Y así están. Dibujando en el aire en cambote.

5

Sentado en posición de loto dijo que en savasana cuando alguien tose nos movemos todos. Cuando alguien se toca la nariz el otro se rasca un codo.

6

Estamos conectados desde la muerte. La oscuridad antes de la luz y luego la luz, nos unen. Somos un flujo con subversiones, pienso pensando en el pájaro que decide cambiar de rumbo, en el pie que se mueve a la hora oscura y más creativa del yoga.

7

El arbitrario (¿subversivo?) fluir de este texto me lleva a “My New Sweater”. Me muevo hacia el libro infantil, me lanzo en picada hacia el pez. En la historia todos los muñequitos son idénticos y hacen las mismas cosas. Un día a uno se le ocurre tejerse un suéter. Se lo pone. Se atreve. Los demás hablan a sus espaldas y dejan de ser sus amigos. Hasta que se ponen en evidencia: quieren tener un suéter ellos también. Están celosos del valiente, por valiente y por vestido. Al final terminan todos con el mismo traje. El personaje del comienzo se encuentra con un sombrero y se lo pone. Es el único con un sombrero. Es fácil suponer lo que viene.

8

El balance entre la unión y la subversión. Me interesa el balance entre el flujo colectivo y la ruptura que imprime fuerza y traza posibilidades.

9

Hoy pensé en el protagonista de “Seize the Day”. Tommy Wilkens es un outsider. Un looser. Y desde su periferia logra ver la verdad de las cosas. Al final de un día intenso y doloroso de claridad, tiene una epifanía. Pensando en Tommy pienso que los de adentro usan el poder para categorizar y los de afuera su distancia para subvertir.

Quien pretenda saber quién está dentro y quién fuera, guiándose por la apariencias, metiendo y sacando gente de las cajas y las categorías útiles a nadie, pierde. La naturaleza es honestamente diversa y expresiva. Desde los pajaritos de New Hampshire hasta los yogis cadáveres. Todos somos potencialmente subversivos.

Finales

Y me llegó la hora.

I.

Por lo visto me llegó pues he estado reformando el espacio y dándole vueltas, mudando jarrones y cambiando el color de las paredes, escribiendo algunas cosas para postear acá y guardando las que se parecen a los poemas que vendrán. Desde hace tiempo decidí publicar menos poesía en este espacio y más bien dedicarlo a lo otro. A esto.

Me llegó la hora de regresar al blog, de escribir un poco sobre Nueva York, de despedirme de los amigos que conocí o no conocí pero vi semanalmente en el MFA en Escritura Creativa de NYU. De desplazarme en el teclado sin nadie que diga hacia dónde. Ni yo misma.

De la Maestría, en la que vimos clases con Sergio Chejfec, Mariela Dreyfus y Diamela Eltit, entre otros estupendos escritores y profesores, nos despedimos con la inauguración de la nueva edición de la Revista Temporales. Luego con una lectura colectiva en el Auditorio King Juan Carlos de NYU. Por último brindamos entre nosotros.

Habrá tiempo si es que va a haberlo para pensar y digerir mi experiencia como alumna y asistente de Antonio Muñoz Molina, un espléndido ser humano, generoso profesor y guía; valiente lector y brillante escritor. La asistencia, principalmente administrativa y muy flexible, me brindó el honor de ayudarlo en algo, de hacer una mínima parte de su vida, la que dedica a NYU durante un semestre al año, más fácil y llevadera. O eso espero, haberle servido. Además fue el primer lector de mi novela, que presenté como trabajo final. Entre un espacio y otro, entre los salones de clases, los encuentros en su oficina y las discusiones sobre mi novela, he comenzado a aprender a leer y también estoy descubriendo qué cosa me gustaría escribir. Cómo me gustaría escribir.

Aquí estoy. Mirándolo bajar en su bicicleta desde nuestro barrio, como le llama cuando hablamos sobre uno u otro restaurante, cuando nos contamos sobre los parques o sobre las bibliotecas públicas que nos quedan cerca y visitamos. Lo veo bajar desde acá hacia NYU, por Riverside.

A mí me conviene la Biblioteca de St. Agnes en Amsterdam Ave. A él, ahora que lo pienso, no sé cuál le gusta más pero debe ser una de Columbia University. Tendré que preguntarle cuando regrese de Madrid y volvamos a vernos, y ahí tal vez, después de dos años conociéndolo, me atreva a pedirle que me firme un libro. “Ventanas de Manhattan”, supongo. Antonio habla de nuestro barrio como haciendo mención a un enclave, como si el barrio fuese un lenguaje que nos hace cómplices, y así es.

II.

Quiero decir que yo no soy, ni de lejos, la persona más Neoyorquina ni la escritora más Neoyorquina ni la visitante más Neoyorquina. Es que esta ciudad es muy jugosa. Me lo dijo Lissi riéndose, “es que tu nueva york es alucinante”, luego de contarme sobre su fin de semana de museos y rumba y yo contarle sobre el mío, entre parques, patinetas y manteles para picnic.

III.

Hoy recibí un email y me quedé pensando en las cosas que uno va aprendiendo en la medida en que crece y que tienen que ver con la fragilidad y la pérdida. Cuando ya no nos quede tiempo habremos entendido muchas cosas y valdría la pena que pudiéramos quedarnos un poquito más. Digo, sería tremendo no pasarla mal por lo que no hay que pasarla mal y dormir bastante y bailar más y todas las cosas que uno sabe -uno lo sabe- que debería hacer con mayor frecuencia para ser más feliz pero que deja de hacer por culpa de una cadenita pegada al tobillo que podría llamarse ombliguismo histórico. Siempre pensamos que todo tiene que ser ya, todo lo que nos preocupa tenemos que resolverlo ya. Para después es tarde.

Uno se va a morir sabiendo bastante, creo. Ojalá que así sea, sobre todo por el bien de quienes nos rodean y aprovechan las propias bondades cuando las hay. Pero ahí ya será tarde. Supongo que el mundo está diseñado así, que la imperfección del mundo es inevitable justamente por eso: uno siempre se va antes de terminar la tarea. Es una lástima para el planeta y sus habitantes, pues los que más sabían cómo funcionaba esto de estar vivos, ya están muertos.

Supongo que ahí entra el yoga y otras disciplinas que te permiten abrir un hueco en el espacio y el tiempo y notar dónde es que estás parado y qué es lo que más importa. Me parece que parte de ese aprendizaje vital tiene que ver con la noción de impermanencia y con la humildad a la que obliga. Y como decía mi amigo en el email hoy, está enlazada, anudada, a la percepción sobre la fragilidad de los hijos y a los padres. Está ligada a la sangre en todos los sentidos posibles.

IV.
Hasta acá llega este post mientras sigo pensando en el cambio y en los restos. Ahora que lo pienso debe ser por esto mi blog no se llama ya Fugapermanente sino Keila Vall. El tiempo se sigue fugando. Yo sólo intento, a ver si lo logro, preocuparme menos por la fuga y concentrarme más en lo que queda. A ver si me contagio de quienes han ido aprendiendo cómo vivir y le dejo un regalo a mis hijos. Parece que un buen punto de partida para mirar este paisaje, el que fue y el que sigue siendo, es el que se ofrece desde las letras de mi propio nombre. Este blog es a partir de hoy un aquí y ahora con nombre propio.

Red.

Ayer en el parque a Luca lo empujaron y aterrizó de frente en el borde de un tobogán. Él no llora casi nunca, lo tomé en los brazos, lo besé, y me llamó la atención que no dejara de llorar. Todo esto en un instante. El mismo instante en que miré la mano con la que lo acercaba hacia mi pecho.

Hay momentos que descuadran, se mueve la cámara, tiembla el paisaje.

Caminé hacia la fuente de agua con él cargado y le lavé la herida, sangre caos a un ritmo y velocidad que atenué con presión. La presión soluciona. Y yo soy fuerte. Agua. Más agua más rápido. Más agua más rápido y al final la imagen temida, profunda, oscura.

La ciudad se me hizo desconocida, arisca. Me encontré pensando Taxi, pensando coche, pensando dejar el coche y de nuevo pensando taxi. Con los cables pegados, sea lo que sea que sean los cables pegados, supongo que es una expresión mecánica.

Caminé hacia una sala de emergencia cercana. Aprendí que Urgent Care no es lo mismo que Emergency Room. La ciudad en la que un hijo tuyo sangra es siempre una ciudad lejana, la ciudad en la que te desvelas por la impronta de su sangre en tu mano, es siempre ajena. Pienso en la herida de ayer y pienso en el cráter que deja a las madres perder un hijo. Lo pienso flash. Lo borro. Miedo.

No escribes un libro titulado “Ana no duerme” de gratis. Pasé la noche despierta. Pasé la noche mirándome la mano. Retrocediendo cuadro a cuadro la caída y rediseñándola. Cinco inches, que no sé cuánto son en centímetros pero estoy segura que bastarían, y así los pensé: cinco inches más acá o más allá, y Luca no termina wounded. No tendría la huella. Seguiría como nuevo. (A wide open cut? me preguntó el pediatra por teléfono antes de mandarme a get some stitches).

Así estuve. Preguntándome por qué formulaba la duda imposible en una medida que no logro imaginar, o mejor dicho, que justo aprendí a medir ayer, pues ahora que lo pienso escuché en el parque que la herida tenía aproximadamente un inch. Y eso ya no se me olvida, cuánto mide un inch ya forma parte de mi memoria afectiva. Cómo haces tuya una ciudad también se explica así, eso que parece arisco de pronto se te entrega con el lomo bajo.

La madre del niño que empujó a Luca caminó conmigo, me mostró dónde quedaba la Emergencia, a pie, y nos hizo compañía. Se quedó con nosotros. Nuestros tres hijos terminaron jugando durante el camino y también mientras esperábamos que nos atendieran.  Ella cuidó a Mateo mientras al pequeño le cosían la cabeza y llegaba la abuela Tenana. Cuando salimos del consultorio Luca me preguntó por su nuevo amigo, que ya se había ido. No te preocupes, le dije, lo veremos mañana en el parque. Ahora tenemos un amigo nuevo, pensé, celebrando la ausencia de rencor, la facilidad con la que dos almas pequeñas se encuentran y se aceptan a pesar de la violencia. Así se cura la gente, pensé. Le dije lo veremos mañana sin estar muy segura pero callando la duda.

Mientras todo esto pasaba dos veces sonó mi teléfono. En medio del momento más álgido, cuando mojaba mi mano en la fuente de agua y veía las manchas de sangre sobre la camisita amarilla, miré como hacia un horizonte cálido el fondo del parque. Miré sin ver los rostros de dos o tres adultos en aquel momento desinformados de lo que pasaba afuera pero con quienes sabía que podía contar. En medio del vaho supe que no era del todo periférica. Tengo una vida extranjera, en una ciudad enorme de la que conozco unos bolsillos apenas y en la que hablo algunos días más español que inglés. Y no me sentí periférica. La humanidad, la comunión de los hijos en una comunidad, tiene más fuerza que el miedo, que la extranjería, que la extrañeza.

Luca

mi niño intuición

lúcido desde mi carne desde siempre, desde su propio nombre,

(siempre lo supe, que me mostraría más de lo que puedo imaginar mirar),

ahora duerme.

Todo está en orden en mi geografía.